¡Descongélate!

A la 01:09 (hora peninsular) de ayer jueves llegó el verano a España.

Y hoy hizo ya aquí en Barcelona un calor de espanto, y no tuvimos más remedio que acomodarnos al bienestar del aire acondicionado.

Así las cosas, yo, por refrescarme, o porque acaso no quedaba opción viable, me doy ahora a la descongelación de una vieja nevera.

La pongo en el medio de la cocina, cojo unos trapos y unas toallas viejas y cubro el suelo para que el parquet no se estropee. Abro las puertas del vetusto frigorífico y me siento enfrente, a esperar, oteando esa blancura inmensa y acomodando la vista a esa pulcritud del frío que se manifiesta en las primeras humaredas.

Entretanto, fumo; cómo no.

No es tan distinto de otras actividades reguladas por la paciencia, pienso, esta de descongelar un frigorífico; actividades como la pesca (que yo practiqué a conciencia durante mi infancia y adolescencia) o la escritura (que también desde la primera adolescencia practiqué y practico), que no se basa más que en sentarse en una silla, con el computador en marcha y abierta la hoja del word, tentando ese ínfimo fleco por el que -quizá- sobrevendrá la sorpresa de una metáfora idónea. Lo mismo que divisar durante horas el vaivén del corcho que pende de la caña de pescar, en el mar casi en calma, hasta que un pez pica y siquiera lo hunde, si no más que lo ladea o sumerge casi imperceptiblemente, pero uno ya sabe que ahí bajo alguien le está tocando la carnada.

Pues lo mismo con la descongelación.
Hay que estar atento, recogiendo cada poco (primero durante minutos más largos y cada vez más breves) con una bayeta el mínimo charquito que se va formando en el fondo del congelador, y habiendo dispuesto por si acaso un cuenco al final de ese pequeño meandro que le hace de canaleta a la base del frigorífico, para algún posible afluente que se desligase del riachuelo principal.

Y, así, ese goteo continuo del agua, ese clic-clic impávido, me va marcando el ritmo de la madrugada.

Pero luego, además, está el placer de ir incrustando la punta de un cuchillo o el destornillador por los flancos libres que dejan las placas de hielo e ir perforando sutilmente, para pronto hacer palanca e ir sacando los primeros islotes.

O acaso la sorpresa de un ploc, la alegría de un gran ploc que te alerta de que un primer pequeño atolón ha sido vencido y viene a sumarse a la fiesta del charquito con forma de laguna que se viene originando en la base del frigorífico y te dice que ya queda menos para completar la tarea.

Y, después de todos esos indicios, sabiéndome aplicado en la tarea de la descongelación y habiéndome habituado con paciencia a sus ritmos, venir aquí y sentarme un breve segundo en el ordenador, haciendo apenas una pausa en mi cometido nocturno, y decirles hola a todos Vds., queridos lectores que me leen en la complicidad del sigilo, y al bendito verano salvador, con este leve post festivo.

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