Remolino(s) [en un estanque soñado]

1.

El pasado, al menos aquel pasado que queremos olvidar (o que acaso ya hemos olvidado), suele tener siempre el rostro de un pedigüeño enfermo y el alma de una guitarra desafinada, normalmente acústica, sin amplificación.

Pensaba en esta brava –y quizá algo pueril- metáfora el otro día, mientras en las playas de Barcelona se formaba una tormenta de arena, un pequeño tornado y, al tiempo, a media tarde, nos vimos sorprendidos en el medio de Plaza Catalunya por un severo remolino de aire que se encarnizó con nosotros, los transeúntes, echándonos las hojas sucias de los árboles contra los rostros, provocando el revoloteo pringoso de una tarrina de helado mal abandonada en una papelera y fumigando de vuelta las cáscaras vacías de insectos porta-enfermedades contra nuestros ojos, nuestras bocas y nuestros oídos.

En eso pensaba el otro día, ya digo, cuando al llegar a casa encontré unas líneas que vinieron a poner coto a mi reflexión. Decían así: “porque no siempre quieres saber ciertas cosas debido a que lo que sabes se convierte en algo de tu propiedad, y hay ciertas cosas que tú no quisieras poseer nunca” [1].

El pasado (el pasado malo, el gravoso y el que aparece como una hipoteca imprevista), visto por un autor argentino que vive en España, como el solar de una casa que se derrumba y sobre el que ya han caído probablemente los rastros de la degradación más putrefacta, esa que viene con el olvido vituperante del transcurrir de los años silenciosos, y así: polvo, polillas, polen, polímeros industriales cargados de mala electricidad puede que algo peligrosa y quizá incluso (filo)plancton pútrido, se han cebado ya con él.

2.

Leo el último número de la revista Ínsula, dedicado a Javier Marías.

Incluye éste un texto del propio Javier Marías que presumo inédito. Lleva por título “Para empezar por el principio”. En él dice, “Cada vez que oigo o leo eso [Basado en hechos reales], lejos de sentirme tranquilizado, o atraído, o intrigado; lejos de pensar que no se me van a contar disparates y arbitrariedades, baraturas y caprichos y coincidencias increíbles; lejos de considerar que se ha añadido prestigio o verosimilitud a lo que me dispongo a contemplar o a leer, me invade una sensación de pereza y de aburrimiento previo, de desconfianza y rechazo, de suspicacia y hasta de escepticismo”.

Y más adelante, prosigue: “Soy de los que opinan […] que la única manera de contar algo verdadero es bajo el elegante y pudoroso disfraz de una invención, precisamente porque el que inventa o fabula […] nunca va a plegarse a las groseras  rocambolescas imposiciones de la realidad” [2].

3.

Pues bien, el último libro de José Antonio Moreno Jurado (Sevilla, 1946), Últimas mareas (Vaso Roto, 2012), explora justamente –pero a su modo, claro- los dos niveles de interpretación apuntados en los apartes uno y dos.

4.

Últimas mareas surge como un milagro después de Las elegías del Monte Atos, de 1997, cuya consumación hubo de sugerir a su autor que su pasión por la poesía se le había terminado.

Sin embargo, diez años después, la poesía volvió a brotar, en forma de breves –pero esperanzadoras- mareas, que vinieron de ese mar “que nunca se pregunta”.

5.

El volumen se concibe como un homenaje sincero al poeta griego Odysseas Elytis (cuya obra ha traducido Moreno Jurado). Y así, en los poemas más largos, se utilizan –igual que Elytis- los asteriscos que separan las diferentes partes del verso, al igual que los espacios versales, éstos para los poemas menos extensos (que vienen numerados). Igualmente, se distribuyen los poemas más breves en parejas, para que queden completos, al modo pictórico, frente al lector.

6.

De un lado, impone Últimas mareas una realidad con su cara más asténica, pero furibunda, pues como se repite en los versos finales de los poemas largos, todo va “hacia la muerte”. Y es por ello que una de estas dos líneas funciona no específicamente como un testamento, pero sí como un recuento de severas dolencias (del alma, se entiende), y que podrían ser expresadas de la siguiente manera: “sentir la atracción impronunciable de la plenitud y, al mismo tiempo, la perplejidad de la renuncia”. Son también estos poemas largos un estudio de la muerte.

Sin embargo, no se piense que es un libro de senectud.

Para nada.

7.

Pues pareja se despliega la segunda línea y que discute contra las baraturas de la realidad y las desoye, re-inventando para ellas “un gesto a la intemperie  / una cierta / utopía un algo para nada”.

Una línea (esta segunda), sin embargo, efímera.

Lo dice Moreno Jurado de la siguiente manera:

“Pienso    con frecuencia   en la vana

intención   de nuestros propios actos  her-

mosos si se quiere   pero inútiles  marchitos

de cara a lo real que nos fue dado  la fragili-

dad imperdonable    de lo perecedero.”

8.

Y una ars poética que lo resume todo:

“He cantado con insistencia * casi en prosa * más el resultado sorpresivo de la acción * que el sentimiento embustero de la lírica”.

9.

Los poemas largos, con su coda final repetitiva, acuerdan una forma de espiral (impulsada muchas veces por un recuerdo); de remolino, en tanto que los poemas más cortos funcionan de modo especular, el poeta tiene de frente al poema (y se da una tendencia a que este suceda en el presente de la escritura), al tiempo que el poema se le enfrenta.

Es por ello que se puede hablar de una estructura bimembre, con dos pilares enfrentados (prosa y poesía / realidad y ensueño / el yo ciudadano pasivo, pero enconado y el yo poeta belicoso, pero grácil), por entre los que un torbellino, a veces apenas una súbita explosión de humo ascendente, a veces un perfecto tornado airado que todo lo trastoca y hace desaparecer, atraviesan las mareas que se le acercan entorno, echando beatífica agua salada en el rostro del lector.

Así, en este libro, escrito en “las órbitas eternas de mi círculo”, “conmigo mismo * a ciegas y palpando“, se muestra “lo que cabe exactamente en el abrazo”; un abrazo hecho de las intransigentes “últimas mareas de la tarde” a las que el poeta dedica su canto jubiloso, a pesar de saber(se) incapaz de doblegar a su sombra disconforme (la incontestable acumulación del tiempo y la estupidez humana y también las injusticias del mundo).

Del resultado de tal precario acuerdo queda como prueba “una bola inmensa de ternura en las manos”, después de que las marcas identificativas del yo sean borradas periódicamente, al modo de la resurrección diaria (o de un bautismo repetido ad hoc), por las mareas, y el yo del poeta no aguarde sino en estos breves versos que nos ofrecen los poemas contenidos en Últimas mareas.

11.

Unos versos que, sin embargo, están hechos de “las palabras más hermosas   las que penetran y encienden la llama de los sueños”.

Porque, lo que se desea, nos dice Moreno Jurado, por mucho que no vaya a ser posible ya, “aún sigue siendo hermoso”.

Así este libro, del que no se puede escamotear su doble vertiente, el de ser una “dura coz * del caballo invisible * que me empuja sin alma hacia la muerte” y, al mismo tiempo, un pertinaz reclamo de la fortuna de haber vivido “como viven los libros”. Esto es: “confundiendo la realidad * con la pasión y el miedo vespertino”.

Pues no es este el libro ni de un cínico, ni de un epicúreo, ni de un cirenaico, como el mismo Moreno Jurado nos dice en el poema con el que se abre el libro y que lleva por título “Confesión personal”, sino el de un hombre idealista y torpe. Es el libro pulcro de un ser humano perdido adentro de sí mismo a quien la ventura de las buenas olas y el chispazo mejor de la poesía más clara y franca, la de los dioses antiguos surgidos de ese gran y viejo estanque helénico  del que hablaba Platón, nos trajeron de vuelta.

El libro pues de un mediterraneista convencido, en cuya garganta enferma –y sin él esperarlo- ha estallado un volcán precioso (obstinado en reavivarle las ascuas).

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[1] Patricio Pron, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, Ed. Mondadori, Barcelona, 2011 (p. 53)

[2] Javier Marías, “Para empezar por el principio”, Revista Ínsula (nº 785-786, monográfico: Javier Marías. La conciencia dilatada), Madrid, Mayo de 2012 (p. 6)

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