Unas breves palabras sobre el malestar

Escribía Ana María Matute en un viejo artículo de 1961 titulado Otra nostalgia que: “Y creo que la tristeza es necesaria a los hombres, incluso a los niños […] No podríamos vivir, a buen seguro, sin esos instantes de necesaria melancolía, sin la nostalgia” [1].

Pues en esa melancolía racheada he venido regondeándome estos días postreros. Y por solazarme con gusto he venido leyendo Cultura Mainstream (cómo nacen los fenómenos de masas), del periodista francés Frédéric Martel, en la edición de bolsillo que acaba de sacar Punto de Lectura.

Escribe Martel: “el papel del crítico cultural cambia […] el nuevo árbitro tiene la misión de evaluar la cultura, no ya sólo en función de su calidad -un valor subjetivo-, sino también de su popularidad -un valor más cuantificable-. Ya no juzga, entra en conversación con su público” (p. 167).

Pienso que quizá tenga razón Martel, pero que, en cualquier caso, mi único público de estos días he sido yo mismo, lo que implica que todo lo que haya pensado éste -o sea: yo- de la crítica cultural que he venido juzgando mentalmente, en el silencio explosivo de las jaquecas y los dolores brutales de cabeza de estos días, vendrá a resultar improcedente y banal.

Habla Martel de un nuevo capitalismo cultural al que llama capitalismo hip, y asegura que hoy el crítico es un consumer critic (ay, y cómo le gustan a Martel los barbarismos); en su opinión, el crítico le dice al consumidor “cómo gastar bien su dinero en la cultura, mientras que ayer el crítico […] estaba al servicio del arte” (p. 174).

Y añade: “antes era un gatekeeper [el crítico], un guardián de la frontera entre el arte y el entertainment, y un tastemaker, el que definía el gusto. Ahora es un mediador del entertainment o un trendsetter, el que decide la moda y el buzz, acompañando los gustos del público. Al nuevo crítico le importa sobre todo lo cool y, precisamente, lo cool detesta las distinciones culturales” (p. 174).

Pues bien, en estos días últimos de inaudible ruido, mi público (o sea yo) y yo mismo hemos llegado al convecimiento y al acuerdo de que la única instancia de lo cool válida para nosotros hoy -nosotros que seguimos creyendo en el arte- es precisamente estar tristes y melancólicos, y que el mejor modo de comunicar tal infecta situación de desánimo y malestar contra ese capitalismo hip es tirar piedras, en silencio, contra todo y contra nadie, igual que en esa pieza de Jorge R. Nuñez “Canto rodado” (2011).

Quede dicho.

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[1] Del libro “A la mitad del camino”, incluído en La puerta de la luna (Cuentos Completos), Ed. Destino, Barcelona, 2010, (pp. 690-691)

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Y si a Vd. se le ocurre otro modo de canalizar su crítica, especialmente en lo que se refiere a aunar crítica y negatividad, sepa que el gobierno colombiano ofrece un premio de 1.400.000 pesos colombianos libres de impuestos como premio a aquellas “miradas que trabajen por develar el mecanismo de las cosas; que busquen el revés de cada situación o fenómeno para exponer sus costuras”.

+ info: aquí.

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