Un bromista nada solemne

Al parecer eran legendarias -y constantes- las bromas de Roberto Bolaño.

Cuenta Rodrigo Fresán en el documental La batalla futura cómo una vez que llevaban de vuelta a Roberto a Blanes, en coche, y yendo Bolaño en la parte trasera, se hizo el muerto durante un rato y cómo casi llegaron a creerle (el susto, al menos, no se lo quitó nadie).

La última de sus bromas, o la última que conocemos, la refiere Mónica Carmona -aquí-, quien fue editora de Bianca para el sello Grijalbo. Cuenta Carmona que Roberto la llamó por teléfono (y apenas hacía unos meses que ésta venía trabajando en la editorial) haciéndose pasar por Gabriel García Márquez y que, de primeras, Carmona le creyó y actuó como si, en verdad, Bolaño fuese Gabo.

Ese juego del otro, del que no está, esa presencia de una ausencia, por decirlo en términos de teoría de la imagen, es lo que se percibe ahora cuando uno escucha o lee tales comportamientos del escritor chileno; al modo pictórico, pues.

Y pienso en esto al calor de ese aire de nostalgia que se percibe en el ambiente en estos últimos meses, y que proviene de ese intento de recuperación de ciertas tendencias de los años 90, especialmente en lo referido a la solemnidad de un nihilismo, por momentos, melancólico (como si quisieran obligarnos a ahondar aún más en nuestras miserias contemporáneas).

Porque contra eso, mejor quedarnos (o así lo prefiero yo) con el eco risueño y embriagador de las múltiples bromas de Bolaño, así: acordarnos de él como irrenunciable antídoto contra la gravedad de un presente que no promete ni prosperidad ni socorro ni solaz alguno.

Pensar, como Bolaño, que ante las adversidades, sean éstas cuales sean, siempre quedará la felicidad de saberse vivo, teniendo la certeza -además- de que en la madrugada nos queda(rá)n unos minutos sueltos para venir aquí a escribir unas breves reflexiones.

Y dar gracias por ello; con alegría, huyendo de todo protocolo.

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