(Des)Posesiones [en tres actos -y una coda-]

1.

Leo la siguiente frase de la novela Opio en las nubes (Tropo Editores, 2010), de Rafael Chaparro Madiedo, y que dice así:

“Lentamente Max atravesaba el pasillo y se dirigía al baño a lavarse los dientes y llenaba su boca de espuma blanca para sacarse los malos olores de las pesadillas, para limpiar los restos de palabras oscuras que se atropellaban entre los dientes durante la noche”.

Y es que la cosa, es que no cada mañana, sino cada noche, nos acostamos llenos de palabras oscuras que, como dice Max, uno de los personajes de Opio en las nubes, se atropellan entre nuestros dientes.

Palabras que vienen desde la televisión y la radio, los periódicos y de los millones de blogs propagandísticos que en el mundo existen.

Dice Marc Fumaroli que el marketing se mueve ahora con estrategias de intimidación y no tanto ya de seducción, en casa y en la calle, en el metro y en el autobús, en un avión y en cualquier establecimiento o institución pública.

Nos persiguen, las palabras que tratan de ocultarnos las cosas, dice Fumaroli en su diario París-Nueva York-París (Acantilado, 2010).

Así: el hombre desposeído de su encuentro fortuito con las cosas, viviendo entre fantasmagorías.

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2.

Pienso en el manifiesto poppolítico –aquí– de la revista PopPol y que reza como sigue:

“PopPolítico es el espacio donde se cruzan la cultura pop y la política como acontecimiento. Puede verse como una banalización de lo político, como una desacralización del arte y la cultura o como la irrupción de los espectadores en la vida pública.”

Así: la vida pública desposeída no ya tanto del misterio de su influencia o acaso de su potencialidad exclusiva como lugar de debate y reflexión, sino aún más, viéndose sin el majestuoso vestido de su autoridad ética.

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3.

Sannah Kvist es una fotógrafa sueca que, tras haberse mudado por tercera vez en menos de seis meses, se dio cuenta de que estaba harta de mover sus pertenencias de un lado para otro, así que lanzó a la basura o regaló la mayoría de sus pertenencias hasta que sus posesiones personales quedaron reducidas a lo mínimo.

Tras esta vivencia, y habiéndose dado cuenta de que la generación de los ochenta en Suecia era la primera en crecer bajo unas condiciones sociales peores que las de sus padres, se le ocurrió poner en marcha el proyecto All I own. En él, busca jóvenes nacidos en los ochenta, jóvenes sin contrato fijo ni hipotéca, acostumbrados a empaquetar sus vidas en cajas y moverse continuamente.

Así, les pide a los participantes que recojan todo su mobiliario y que lo apilen para formar una escultura. Los participantes gozan de total libertad para diseñarla, dejando normamente más visibles las cosas que piensan que les representan mejor o de las que se sienten orgullosos, y dejando atrás, escondidos, aquellos objetos de los que se avergüenzan o piensan que no son dignos de quedar en un primer plano.

En cualquier caso el proyecto -de momento- consta de 9 participantes (Niki, Calle, Benjamin, Eva, Karl, Sannah, Simon, Andrea y Åsa) y aquí se pueden ver todas sus fotos.

Así: las pertenencias privadas desposeídas de un repositorio fijo o estable. O dicho de otra manera: la personalidad desgajada del objeto, dejada al albur de los vientos de la moda y el azar del voraz urbanismo.

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CODA:

Un párrafo que resume todo lo dicho.
Es de Rafael Chaparro Madiedo. De su novela El pájaro speed y su banda de corazones maleantes (Tropo Editores, 2012).

Dice así:

“Esa sensación de saber que cada vez que caminaban por una calle no hacían camino, porque no había camino, no existía camino, no existían los pasos, las huellas no permanecían más allá de la sombra, lo que había simplemente era la sensación de que todo era una encrucijada, una emboscada del tiempo donde las sonrisas se desdibujan en el vaho absurdo de la lluvia y lo que les quedaba en el centro del cerebro era un aturdimiento continuo, un abatimiento incesante como si en lugar de corazón llevaran campanas que anunciaban un interminable funeral y entonces los cuerpos se les llenaban de claveles blancos y se convertían en pequeños cementerios ambulantes” (pp. 94-95).

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