La chispa adecuada

Ajá, acabo de entenderlo.

Llevo semanas y semanas en las que ese ruido me tiene frito y no sé (no sabía) a qué se debe (a qué se debía).

En los pisos del Raval, sobre todo en estos edificios que datan de mediados del siglo XIX (y a diferencia del Eixample, por ejemplo), los patios de luces están hechos de una manera tal que apenas median breves pasadizos de luz y aire entre los diferentes edificios contiguos. Ello implica que apenas le llegan a uno las voces (sobre todo en la madrugada) de gentes que no se pueden ubicar, pues no se sabe exactamente de qué ventanas o balcones proceden las voces de esas gentes, ni de qué edificio exactamente, pues andan todos los edificios de una misma manzana mezclados en una jubilosa arquitectura asardinada.

En fin, que llevaba, como digo, largas semanas escuchando un clic-clic constante desde mi cocina (que es donde yo trabajo), un clic-clic como de grillos metálicos y que yo por momentos he achacado al funcionamiento renqueante de algún electrodoméstico avejentado (y en ocasiones peores a la pura alucinación).

Las voces que a veces escucho cercanas a ese clic-clic metálico (y tampoco mucho, pues gran parte de la madrugada no se escuchan) hablan en árabe, a veces en francés y muy muy esporádicamente ensayan mínimos vocablos en español.

Yo siempre pensé que miraban alguna pantalla conectada al satélite (aunque nunca se me ocurrió barruntar el porqué del silencio de tal televisor, pero en fin) y que las interferencias producirían ese ruidillo, o dios sabe con qué precaria instalación electrónica contarán, me decía; tal vez, el punzante sonido eléctrico de alguna vetusta lámpara de techo o pared, qué se yo… no sabía, todo eran cábalas marcianas.

Y ahora, y a falta de un minuto para las cuatro de la madrugada (supongo que algún significado tendrá esto), ¡zas!, me he dado cuenta de mi idiocia; así, como un puro relámpago, con una chispita ínfima de lucidez como solo a estas horas se puede producir, me ha venido la explicación iluminada: son los cubiletes donde hacen rodar el dado del parchís lo que hace ese clic-clic metálico, rutilante y nocturno.

Mis vecinos conspiran partidas interminables de parchís en la madrugada, en un silencio casi completo, apenas punteado por algunas palabras en francés, alguna frase suelta en árabe y acaso algún sustantivo en español.

Pero, por supuesto, con los malditos cubiletes incesantes en su percutir metálico: clic-clic-clic-clic.

¿Parchís?

Hay que joderse.

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