Llegar tarde

Siempre he tenido la sensación de llegar tarde a los sitios, no cuando todo se ha terminado, pero sí cuando las cuestiones de verdadera importancia ya han sido resueltas y no queda sino más que el baile, la danza, el regodeo en lo fútil, por así decir.

Por decisión, nunca he acudido puntual a una cita, y si acaso por un mal cálculo llegaba antes, hacía lo indecible por echar a perder unos minutos y acabar así llegando tarde, llamando además la atención sobre mi voluntariosa presencia demorada en cualquier lugar.

Pensaba (no estoy seguro de si lo sigo pensando) que acudir a un llamado claro, fuera este del tipo que fuese, evidenciaba algún tipo de sometimiento a la voluntad de los otros, que era, por qué no decirlo, un síntoma de debilidad o cobardía o conformidad a las reglas.

El caso es que ahora, por contra, cuando acudo a algún tipo de encuentro, me fastidia si no comienza a su hora. Si la gente se demora o acaso noto cierta indolencia en el desarrollo del mismo. Me fastidia, sí, por qué no decirlo, la parsimonia y ese sentimiento generalizado de “tanto da”. No sé si esto tiene alguna relación con el hecho de volverse adulto, o acaso es una suerte de envejecimiento prematuro (en el sentido de que la constatación de la finitud llama la atención sobre el tiempo mismo que nos queda, limitado, por definición).

Y es que -me he dado cuenta- de que en esos momentos en los que uno aguarda sin decisión clara, motivo o propósito, se siente un vértigo raro, ya que la convicción y el deber de quedarnos clavados en un punto nos lleva a que se nos potencie la conciencia (y, por entre todas, la espacial), y así una fulgurante lucidez se adueña de nuestros pensamientos al darnos cuenta de cómo el resto del mundo gira inagotable, sigue girando impertérrito, mientras nosotros nos mantenemos clavados, en una silla invisible que no podemos abandonar.

Y lo que sucede es que nos abruma otra vez la misma sensación de llegar tarde, de estar perdiéndonos algo (que no sabemos exactamente lo que es) mientras aguardamos sin remedio; pero esta vez, la sensación es más culposa, pues ni siquiera hemos sido nosotros los responsables de este desfase.

Y, así, tal sentimiento incierto de desajuste nos golpea doblemente.

Y es peor, claro, mucho peor.

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