The sensualist

El judío adolescente que protagoniza la novela The sensualist (Nouvella, 2012) de Daniel Torday –ambientada en el Baltimore de los años noventa- está teniendo un breve flirt (que él piensa ya erróneamente en términos de noviazgo) con Yelizabeta, la hermana de su amigo del instituto, Dmitri Zilbert, un tipo serio –y ruso- que gusta de imitar los personajes de Dostoyevski, teniendo por norma no ocultar sus sentimientos y que se define a sí mismo como “sensualista”. Dmitri, declara en un determinado momento “no me importa lo que la gente diga de mí. Digo lo que siento, cuando lo siento y hago lo que me gusta cuando así lo prefiero”.  Y añade sobre su hermana que “es como yo, en algunas cosas”. Esta actitud sensualista es noble y justa en Dmitri, a ojos del narrador. Sin embargo, la misma actitud, vista en la hermana, Yelizabeta, acabará siendo considerada pérfida y ladina y será la causante final del desenlace funesto con el que la novela finaliza (y que no desvelaremos aquí).

Lo que me interesa, sin embargo, es lo que sustenta la relación entre Yelizabeta y el narrador: F. S. Fitzgerald. Yelizabeta, que está en su primer año en un instituto de Baltimore y que tiene problemas con el inglés (su lengua nativa es el ruso), le pide al narrador que le ayude con su paper sobre El gran Gatsby, conminándole –además- a que trabajen en el mismo en la casa del propio narrador, con la excusa de que su máquina de escribir no tiene rollo de tinta. Un jueves por la noche en el que los padres del narrador no están en casa, se produce la escritura del trabajo, tras una breve discusión entre ellos al respecto de ciertos comportamientos de los personajes de la novela y, finalmente, con el texto revisado y (re)escrito, la reunión de trabajo desemboca en el primer encuentro sexual entre el protagonista y Yelizabeta, en una deliciosa, elusiva y suave escena que finaliza con la fresca fragancia del invierno –que se introduce en la habitación gracias a la venta abierta- cubriendo la piel desnuda de la adolescente rusa.

La referencia no es gratuita, pues durante los cinco años que Fitzgerald vivió en Baltimore escribió Tender is the night (y su esposa Zelda Save me the waltz).

La profesora de Yelizabeta queda tan contenta del paper que le entrega ésta que le pide que para el trabajo de final de curso se concentre en otro aspecto diferente de la novela, así que ésta le vuelve a pedir ayuda al narrador protagonista.

Yelizabeta ha decidido para este trabajo final escribir sobre Zelda (nótese la identificación Zelda=Daisy), así que el narrador le lleva al St. Joseph´s Medical Center, donde antaño hubo una mansión llamada La Paix, la mansión donde vivió durante algo más de un año Fitzgerald con su hijo Scottie, mientras Zelda recibía tratamiento psiquiátrico. En los años sesenta (en 1961, concretamente), cuando el hospital se expandió, la echaron abajo y ahora lo único que ambos pueden ver desde la carretera es una planta generadora de electricidad. El protagonista recuerda la primera vez que supo de la existencia de la mansión derruida, gracias a su padre, que le hubo de llevar al hospital después de haberse roto dos huesos del brazo izquierdo jugando a baseball, y cómo en las cuatro semanas que siguieron a su primer examen de rayos-x, su padre se dedicó a hacerle un tour literario por Baltimore. Contemplaron fotos antiguas del entorno bucólico de La Paix, donde se veían espaciosas terrazas, le dice el narrador a Yelizabeta, “ideales para Daisy y Tom Buchanan” (nótese, de nuevo, no solo la identificación Daisy=Zelda / Scott=Tom, sino la ironía, pues la novela fue publicada en 1925 y Fitzgerald se mudó ahí en los años treinta). Además, visitó el narrador con su padre, le cuenta a Yelizabeta, los lugares donde vivió HL Mencken y el hospital (Church Home Hospital) donde murió Edgar Allan Poe.

En fin, que Yelizabeta, cuando llegan al lugar, se extraña porque allí no queda nada, y se pregunta por qué no le han puesto una placa o algo al lugar donde estuvo La Paix, para recordarlo (sí que la hay –una placa- en el 307 de Park Avenue, donde Fitzgerald se mudó después de La Paix, a causa de un incendio que, dicen las malas lenguas, causó Zelda). El narrador le responde con cierta indolencia, así: “supongo que no le pareció a nadie importante poner una placa cuando la mansión fue derruida”. Pero, de inmediato, ante el reproche de Yelizabeta de que han conducido un largo trecho para nada, para llegar allí y encontrarse con que no hay nada, el narrador matiza: “yo no diría que no hay nada. Aquí es donde Fitzgerald y Zelda vivieron. Todavía puedes escribir sobre ello. No hay nada oficial para conmemorarlo. Ello lo torna, en realidad, más solemne. Me parece, ¿no? “.

Pero a Yelizabeta no le parece nada en absoluto y le pide al narrador que la lleve a casa.

Conducen todo el camino en silencio.

Y ahí acaba su relación (su flirt de una noche, más bien), pues después de este día apenas hay un par de breves llamadas casuales, y después nada.

Todo esto para llegar a una reflexión final, ¿qué ocurre con los lugares cuando nosotros ya no estamos? Porque en la escena referida de la novela de Torday se producen dos actitudes: la del narrador, de índole espiritual (y literaria, personalista, pues), que piensa que la ausencia refrenda el misterio del pasado (incognoscible, por definición), y la de Yelizabeta, más práctica y materialista, si se quiere, que necesita “ver algo” para cerciorarse de la verdad.

De estas dos visiones, además, podrían (pre)decirse dos acercamientos literarios: uno que sería aquel de la memoria y otro que sería aquel de la memorabilia. La literatura derivada del primer acercamiento sería más bien de índole espiritual, vinculada a cierta idea del diálogo personalista con la tradición silenciosa (así sea un diálogo de fantasmas), y la segunda tendría más bien un sesgo culturalista y factual, en el sentido de reflejar el cliché inservible y ello la habría convertido en costumbrista (de un costumbrismo siglo XXI, claro).

Lo curioso es que, siendo la primera –en principio- menos extravagante en sus ambiciones formales, sería la más innovadora, pues propugna el acercamiento personal dentro de los estrictos marcos de la tradición. Sin embargo, la segunda, queriendo ser experimentalista y postmoderna, se queda(ría) en reaccionaria y previsible, en el sentido de ser democrática, de buscar la sobre-determinación del significado (la inscripción de un hecho lo instituye y lo vuelve de significado unívoco y plano). Así, la primera vendría a refrendar la idea de José Ovejero de la crueldad ética, pues nos obliga a seguir mirando más allá de lo soportable, allá donde no hay nada, pues pretende la lectura del mundo no desde la sospecha, sino desde la incerteza. En tanto que la segunda nos regala entretenidos mundos de claras certidumbres sospechosas de andar en alianza con la ideología hegemónica.

O dicho en otras palabras, decir lo que uno siente, cuando lo siente y hacer lo que a uno le plazca cuando así le venga en gana, ya no es un rasgo de autenticidad, sino más bien un falso hedonismo infértil (tele)dirigido por los medios de comunicación de masas, la publicidad y el sentir automatizado, gregario y endogámico de la Internet. Así, la descortesía, el analfabetismo emocional y la ignorancia supina no demuestran ningún tipo de liberación personal sino más bien conforman una cárcel de relucientes barrotes que se acepta voluntariamente, una cárcel en la que la vileza del instinto (y que se manifiesta en proclamas furiosas que no escapan a una impermutable ideología –sea esta de derecha o de izquierda-) domina a la generosidad del sentimiento.

The sensualist. Daniel Torday (Nouvella books, 2012)

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*en la foto: mansión de La Paix, en el 7601 de Osler Drive –aquí-.

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