Un apunte sobre los e-mails

Detesto en particular los mails no contestados. Y no los mails no respondidos porque el destinatario considera que no merecen respuesta (y así lo son muchos) y cuya contestación entra en el mullido y falible terreno de lo sentimental, del ánimo privado o de la moralidad individual (y es del todo lícito que así sea). No, no. Me refiero a aquellos que albergan en su seno la obligación de la respuesta. En otras palabras, son aquellos mails que se escriben justamente para que la otra persona nos dé una respuesta clara sobre un asunto en particular, una respuesta de puro diáfana: o sí o no. Y, de entre todos esos mails, me refiero a aquellos que han sido refrendados por su destinatario, quien se ha comprometido por escrito a darnos una respuesta clara (o sí o no) y dentro, encima, de un marco temporal restringido (x días, x semanas, x meses).

Ya dejé escrito hace unos días algunas impresiones sobre mi deseo de recibir mails. Lo cual implica: a) que los reviso a conciencia y b) que reviso igualmente la carpeta de spam y, eventualmente, la papelera. Es decir, que va a ser no raro, ni rarísimo, sino de puro imposible que se me haya pasado por alto un mail. Y es que, además, como todo el mundo sabrá, los mails privados brillan de una manera especial entre todo el marasmo de mails; nos llaman, de alguna manera. Tiene un foco puesto sobre sí que acaba reclamando nuestra atención y obligándonos a que los cliqueemos.

Por eso me sorprende que, en muchos casos, y después de los largos meses de espera silente, tengas que ser tú quien le llame la atención al destinatario sobre su incumplimiento del acuerdo. En tales casos, suele suceder que el interlocutor se disculpa, te dice que pensaba que ya te había contestado y te da la respuesta ad hoc (respuesta que, obvio, siempre es un no, sea lo que sea lo que se suponía que teníais entre manos). Sin embargo me ha sucedido estos últimos días algo imprevisto. Al reclamarle a mi destinatario la respuesta acordada, me espeta éste que uy, que ya me había contestado hace mucho tiempo, muchísimo tiempo,  y que probablemente –me dice- se me habrá pasado el mail, se habrá quedado en spam o lo habré borrado (sic). Y, aunque no pida disculpas, aduce en su descargo que si es mi deseo puede (re)enviarme el mail. Le digo que sí, que por favor que me lo mande. Pero, como es de suponer, tal mail no arriba nunca a mi bandeja de entrada porque, básicamente, no existe (no, al menos, en la realidad carnal de los bits).

Lo referido hasta aquí resulta algo sintomático del presente. Y es que los mails, al no producirnos una sensación física de cansancio y movimiento, pasan silabeantes y livianos por ese flujo de datos en que se ha convertido hoy nuestra vida. Una carta, escrita a mano y en papel, nos obliga(ba) a una serie de gestos, movimientos y acciones cuya suma determina(ba) que en nuestro cerebro quedase consignado el hecho como “realizado”. La ventajosa fluidez del mail tiene un gran defecto y es que, al no obligarnos a esfuerzo de ningún tipo, sino más bien resultando ser una traslación mental rápida y que –por ello- se olvida con facilidad, no podemos estar seguros de su existencia. De su existencia mental, sí, desde luego, pero no de su carnalidad de bits. Así, la consecuencia es que alguien te asegura que te ha enviado un mail que –en efecto- no te ha enviado y, strictu sensu, no te está mintiendo, pues él piensa que sí lo ha hecho (pues así ha quedado registrado en su cerebro el movimiento mental de la escritura del mail, pero no su traslación real), pero la realidad es que ese mail –al menos hablando no en términos telepáticos, sino de interfaz- nunca ha existido, ni en la bandeja de enviados de tu interlocutor ni en la bandeja de entrada tuya.

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