La demasiada lucidez

Cuenta Natalia Ginzburg que a Pavese le ponían nervioso los imprevistos, que no soportaba que le pillaran por sorpresa. Y, así, asegura que éste cometió sus peores errores por culpa de la lucidez, la inteligencia, la prudencia y el cálculo y no –como se podría pensar- por lo contrario: la impulsividad, la euforia o acaso la pasión.

Pensando en esto, me encuentro en el último libro (autobiográfico) de Caballero Bonald -y que lleva por título Entreguerras (Seix-Barral, 2012)- el siguiente versículo: “y el hermetismo no es más que el resultado de la demasiada lucidez”.

Sin embargo, la realidad hoy es más bien hermética y ello no significa que sea lúcida (sino más bien al contrario diría yo). No hay en ella (o en quienes la retratan –los periodistas- o lidian con ella desde las altas esferas –políticos, empresarios y brokers-) esa inteligencia práctica que sabe resolver igual las menudencias que una crisis del crédito. Lo que hay es terquedad, bisoñez e imprecisión. Pero, sin embargo, la realidad se nos presenta igualmente hermética, incomprensible; se nos presenta en forma de escritura cirílica para cuyo código no conseguimos encontrar las pertinentes correspondencias.

Se podría decir, en pocas palabras, que el mundo (tal como nos lo presentan los políticos y los periodistas) se ha vuelto sumamente descortés, y así desoye sistemáticamente nuestro ruego para que se avenga el protocolo que le venimos (le vienen) proponiendo (exigiendo) últimamente.

La comunicación entre ambos falla, claramente.

No estará de más el recordar que esa actitud contemporánea de surfear las olas y equilibrarse cual trapecista ante la eventualidad de las sacudidas (lo que vienen haciendo periodistas y políticos) no es, como se piensa, un signo de valentía, arrojo, solvencia o carácter, sino más bien al contrario, evidencia que no saben servirse de ningún método válido como respuesta a la imprevisibilidad del mundo actual.

Y ello porque, obviamente, no lo tienen.

Pero la consecuencia sigue siendo la misma: no hay entre la realidad y el hombre una clara correlación protocolaria y recíproca, que sea respetada por ambos. Es decir, se produce entre el hombre y la naturaleza lo que comúnmente se conoce como un “diálogo de besugos”.

La pregunta que merece la pena que nos planteemos entonces sería, ¿Quién detenta la lucidez mayúscula hoy: el hombre que desoye el caos de la naturaleza social y económica que nos rodea –y subyuga- o acaso es el mundo el más sabio, en su negativa a hablarnos en términos que podamos entender, creyéndonos –quizá- innobles de su trato?

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