Los momentos (des)vinculantes del ahora

El coleccionista de arte y escritor holandés (pero afincado en Barcelona) Han Nefkens sufrió en diciembre de 2001 una encefalitis que le provocó la imposibilidad de recordar, por causa de una afasia temporal. Tal experiencia (y su recuperación), que le duró varios años, la cuenta en su libro Tiempo prestado, noticias de un país lejano (Alfabia, 2011). El libro es a un mismo tiempo un cuaderno de resistencia y un extravío. Y su diseño es el de capítulos breves, con voluntad dietarista, y está trazado en base a una escritura veloz (“escribir es correr sentado”, nos dice Nefkens), metonímica y con querencia por los símiles. Es decir, una escritura que prefiere la fuerza de la imagen a la descripción, el ritmo o la sugerencia. El mismo Nefkens nos dice que, para él, en este estado afásico, similar al de un niño de doce meses, “las imágenes son menos complicadas que las palabras. No son tan fáciles de perder y a veces son más claras”.

El periodo que refiere Nefkens se caracteriza por lo que él siente como un alejamiento de sí mismo, la experiencia de ser otro, y que viene aderezada con incontables enfados y malhumores (“lo mío es el enfado, siempre estoy enfadado”, dice en un momento), temblores y olvidos. Así, nos cuenta desde su primer temblor, en octubre de 2001, sentado en una terraza de Plaza Catalunya, hasta el momento en el que -por fin- consigue mantenerse “firme en el suelo sobre ambas piernas”, sin riesgo de caída, ni tambaleos, ni posibles ataques de pánico. Es decir, hasta el momento en el que, de nuevo, consigue gobernar su vida. Entre medias hay dolores, espantos, hospitales, frustraciones, engaños y una inagotable sensación de angustia por pensar que está perdiendo el tiempo, un tiempo valiosísimo. Pero, eso sí, todo ello contado con la ternura de quien se sabe (y se quiere) ganador de una partida en la que, desafortunadamente, las cartas le han venido mal dadas. De todos modos, es privilegiada la situación de Nefkens, quede eso claro, con la entrega total –y a veces desesperada- durante largos meses de su novio Felipe, cuidándole y mimándole y, por supuesto, sin los pedestres problemas que le hubiese conllevado el sufrir una falta de liquidez monetaria. Por ello, se trata de un libro emotivo, pues se concentra en el yo, en un yo que ya no está porque es un yo nuevo. Así, en muchos momentos Nefkens reconoce que se echa a sí mismo de menos; aunque, eso sí, sin saber exactamente qué es lo que echa de menos, pues no acaba de acordarse de lo anterior.

Ese tiempo en el que manda la afasia es un tiempo insertado en el puro presente, en el que no cuenta más que el ahora. Nos dice Hefkens: “me resulta complicado entender a continuación y tampoco entiendo muy bien entonces. Lo único que comprendo es ahora”. Por ello, dice, “no quiero analizar, no quiero entender, solo quiero vivir”. Y Tiempo prestado es así no un libro de enfermedad, dolor o penas, sino un tierno despertar a la vida, de nuevo. Pues, al haber perdido la memoria, todo es como si lo hiciera por primera vez, y ello le produce regocijo, a Nefkens. Así, escribe: “¿Quién tiene en la vida la oportunidad de experimentar por segunda vez algo por primera vez?”.

Tiempo prestado es consecuentemente un libro que se pretende dulce y suave, que permanece más sobre la piel que adentro de la inteligencia del lector, igual que ese emotivo susurro de la belleza que podemos comprobar en las artes visuales (que Nefkens adora) y que sin darnos apenas cuenta, nos eriza el vello, produciéndonos un excitante, aunque leve, escalofrío en la columna vertebral.

Han Nefkens. Tiempo prestado, noticias de un país lejano (Alfabia, 2011)

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*la fotografía superior es un detalle de la obra Little children (1988) de Jeff Wall, la primera obra que Nefkens compró para su colección después de haber sufrido la encefalitis.

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