Elogio del estanquero

Cerca de mi casa hay varios estancos a los que suelo acudir, pero en especial hay tres de ellos que, por la proximidad, suelen ser los más visitados por mí.

Uno, el más cercano, lo lleva una señora de unos cincuenta años, es seca, adusta, y su cordialidad es fingida hasta la náusea; siempre da la sensación, además, de que ella no es la propietaria, de que está esperando a alguien, de que te atiende porque, bueno, ya que está allí no le cuesta nada, tampoco. La mesa desde la que despacha sigue teniendo el mismo cristal y está construido en la misma madera que desde que abrió, en algún momento incierto de los años ochenta. En el espacio ofrecido para la espera al cliente que aguarda, tiene el estanco todavía uno de esos cubiletes rotatorios que ofrecen dvd´s pornográficos y cd´s de rumba y afines.

El otro estanco queda un poquito más lejos de mi casa, a unas tres manzanas, y es nuevo, galantemente diseñado y con multitud de oferta paralela (y no solo de habanos, para los que tiene un espacio especialmente dispuesto, sino chucherías, llaveros, chicles, postales, camisetas, etc). Lo suelen atender dos o tres personas (a veces, incluso cuatro), de diferentes edades y generaciones; depende del día, la hora o las ocupaciones de los dependientes. Y es que, a lo que parece, son todos familia entre sí, por lo que se intuye cierta flexibilidad en los turnos. Aquí no son atentos, sino que, parodiando aquella canción de Astrud, se convierten en los amigos instantáneos. Son tan amables, tan educados, tan solícitos y se preocupan tanto por tus cosas, que si les fallas varios días seguidos ya comienzan a temer que hayas estado enfermo, te hayas marchado de vacaciones o pienses mudarte de barrio.

Por el contrario, el tercer estanco es un cubículo de no más de cinco metros de largo por uno y medio de ancho, uno de esos locales comerciales no ya minimal, sino de puro ínfimos que se inventaron hace años los propietarios de las fincas de pisos para rentabilizar la entrada de los portales, partiéndolas en dos. Es angosto, con poca luz, las paredes no han visto la pintura por largos años, y no hay ningún tipo de oferta añadida. Además, la oferta del propio tabaco es frugal, lo básico. Nada de excentricidades, ni caprichos ni variedad de marcas. Lo justo y necesario (y, a veces, ni eso), nada más. Sin embargo quien lo atiende (un hombre de unos cuarenta años, de complexión fuerte y perilla) es correcto, mesurado, nunca da la impresión de que le estés molestando, pero tampoco da la impresión falsa de que te estaba esperando. Es, pues, neutral. Te atiende con una sonrisa, y nunca pregunta más de la cuenta. Sí tiene, claro, sus leves complicidades al hacerte eventualmente algún comentario, (re)conociéndote la asiduidad y ese cierto afecto que procura la rutina con alguna apreciación sucinta y respetuosa, pero de ahí no pasa. Si te lo encuentras por la calle, además, te suele saludar con un gesto de cabeza, ni se esconde como la señora del primer establecimiento mencionado, ni viene con intenciones de darte un abrazo como los variados dependientes del segundo estanco al que me referí.

No puede ser baladí, ya que estamos, que el tercero de los dependientes de estancos de los que vengo hablando sea un lector. Y un lector voraz. Siempre que entras al estanco tiene un libro entre las manos (y me refiero a un libro gordo, un buen pedazo de letra impresa), abierto sobre la mínima tabla que le sirve para despachar. Y aunque sabe que tú sabes perfectamente que le estás interrumpiendo, jamás le he visto hacer ningún gesto de fastidio o disgusto. Es el único de todos ellos, además, que he visto merodeando por el mercado dominical de libros de Sant Antoni.

Y traigo hoy a colación todo esto, ya que ayer dejaba escrita mi alabanza del libro impreso, por un suceso acontecido esta misma tarde. Se da el caso de que hoy al entrar a comprarle el tabaco al estanquero lector me he encontrado que sobre la mesa tenía un e-reader. Incrédulo le he preguntado lo obvio, ¿pero, no te molesta tanto rato leer ahí, en ese cacharro? Qué va, me ha respondido, es tinta electrónica, no hay reflejos, no cansa; es ideal, me ha dicho. Me ha confesado también que lee cinco o seis libros a la semana. Con su habitual franqueza de ojos limpios, ante mi reparo frente a su e-book, me ha argumentado las consabidas razones prácticas: es que así puedo descargarme un montón de pdf´s. A lo que ha añadido el prurito incuestionable: y gratis.

Voilà: la palabra mágica.

Ah, claro, claro, he concedido yo, como si fuese la cosa más normal del mundo.

De vuelta a casa, he estado pensando en buscarme algún subterfugio para conseguir yo también el tabaco gratis, porque, digamos la verdad, los paquetes de Lucky Strike no valen lo que cuestan, de tanto impuesto con el que vienen gravados. Más o menos lo mismo que sucede con la gran mayoría de libros que se publican hoy, que llegan a tu escritorio después de haber pasado por tantas manos que su precio se ha triplicado, siendo su valor el mismo, o a veces, incluso menor.

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