La tregua del presente ampliado

Leer es el modo más personal de negar la actualidad.

Y esto es lo que he estado haciendo en los últimos días: leer, pero al azar, caprichosamente, dejando que los montones de volúmenes que se acumulan sobre el escritorio, las banquetas y el suelo, vayan levantando la mano para pedir la vez, y dar así la voz, su voz.

Oponer la voz de las palabras a la semiótica y el ruido de las noticias, pero de un modo absolutamente veleidoso y frugal. Leyendo un poco de aquí, un poco de allá, “cortando” unas lecturas con otras, abortándolas a veces, abandonándolas muchas veces más a su suerte contra el polvo y el silencio y otras, más venturosas, permitiéndoles su laica resurrección (o resucitándome ellas –las lecturas- a mí, que nunca se sabe).

Porque pienso que no se le puede –ni debe- dar un orden programático a las emociones y menos a las ideas, que ya saben en qué momento deben ejecutar su número circense y aparecérsenos, para que las agasajemos y, quizá, (re)vistamos con la sombra de nuestra mirada.

Dice Umberto Eco en su libro Confesiones de un joven novelista (Lumen, 2012) que una novela no es solamente un fenómeno lingüístico, sino que se trata esencialmente de un asunto cosmológico. Que es “el universo que ha construido el autor lo que dicta el ritmo, el estilo e incluso la elección de las palabras”.

También, como es fácil suponer, es la lectura un asunto de cosmologías (aunque también, en cierto sentido, de cosmogonías) que exige su ritmo y estilo, pero, por sobre todo, su medio. Y el mío, mi medio de lectura quiero decir, sigue siendo principalmente analógico, pero aún más fetichista. Es decir, dominado por ese objeto memorable y total, autónomo, que es el libro impreso.

Y en él, en el papel impreso, me vienen sorprendiendo los gritos de rebelión hacia los flujos binarios de datos, tan precarios y visibles, y evidentes. Quizá, por ello, venga prefiriendo últimamente la promesa de experiencia de lo sublime que, por regla general, suelo encontrar en bastantes libros impresos. Esa claridad y confusión del arte puro que no acabo de encontrar en la (hiper)velocidad de la pantalla, ese interfaz que no alcanzo a sentir como una prolongación de mí, pues ahí no acabo de intuir ni la posibilidad ni la latencia y, por ello, no consigo identificar más que una superposición incesante de la materialidad carnal (y no una sedimentación, como debería ser).

En fin, que lo que quiero decir es que la evidencia empírica (me) arroja unos datos bastante clarificadores: Gutenberg sigue siendo capaz no solo de ampliar(me) el presente, sino también el espacio próximo; todo lo contrario que la interfaz que, a fuerza de comprimir el tiempo, atenta contra la salud de mi higiene mental, pues (me) deja pocos huecos en el cerebro para la improvisación y el libre albedrío.

Y ya saben lo caro que se nos está poniendo la cosa esta de la salud, como para ir jugando encima.

Sirva esta pequeña nota, pues, para declarar mi negativa a dejarme avasallar por la tiranía de la actualidad veloz y su terrible verborrea y funcione, al tiempo, como loa imprevista al viejo libro impreso, ese de toda la vida. Ese que, aunque pasen mil años, seguirá funcionando, pues su única fuente de alimentación imprescindible son unos ojos atentos que echen un poco de asombro en su oscuridad iluminadora.

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