Opiniones de un cínico

Algunos críticos le han venido reprochando al escritor libertino Fougeret de Monbron (1698-1760) que se equivocase con el título de su libro de memorias El cosmopolita (o el ciudadano del mundo), editado ahora por primera vez en español por Laetoli. Tal reproche, nos dice Julio Seoane (que es quien firma la traducción y el epílogo) vendría justificado por la desviación hacia un cierto cosmopolitismo de raíz cínica, y que no encontraría buen acomodo en el canónico cosmopolitismo estoico de Kant (basado en la igualdad moral de la condición humana). Y ello porque, en realidad, no era Monbron un auténtico cosmopolita, sino más bien un viajero curioso, nos dice Seoane.

Y es importante mirar esta suerte de memorias en forma de relato de viajes desde ese punto de vista: desde la de aquel cuya identidad se constituye a través del forzado movimiento fluctuante de la vida, no buscando la hermandad con los otros, sino vacilando por el mundo, como un ciudadano errático, confundido en su veleidad. En este sentido, la propuesta de Monbron, huye de aquella idea del cosmopolitismo que se tiene hoy (amplificado hiperbólicamente por la globalización) de que el mundo es nuestra casa, de que no hay diferencias fundamentales entre los hombres. Por ello, recuperar hoy la propuesta de Monbron sí puede tener una actitud política, puesto que lo late atrás de El cosmopolita es algo muy sencillo: viajar no es solo un modo de conocimiento, sino también la forma inexcusable gracias a la cual el ser humano evoluciona de individuo a ciudadano (así sea para convertirse en un ciudadano cínico, como el caso que nos ocupa).

Fougeret de Monbron es hoy un autor poco conocido o mentado; sin embargo, El Cosmopolita fue un libro bastante leído en su tiempo (alcanzó cinco ediciones en 11 años: 1750-1761) y ejerció influencia en Diderot o Voltaire. El mismo Byron declaró que era su libro preferido. Además, otro de sus escritos le hizo célebre: Margot, la remendona, por causa del cual fue acusado de pornografía y encarcelado en la Bastilla. En cualquier caso, si algo unifica todos sus textos es una idea sardónica de la vida y los seres humanos (basada en el conocimiento de sus bajezas e hipocresías), un juzgar constante al mundo al modo de la parodia y la sátira que, en los últimos años de su vida, desencantado y solo, de vuelta a su ciudad de nacimiento (Péronne), devino en amargura y moralina; convirtiéndose –como dijo Raymond Trousson- en un “moralista gruñón”.

Monbron compuso El Cosmopolita al salir de su primera estancia en la cárcel (estuvo dos veces) y basándose en una serie de viajes realizados entre 1742 y 1748 y que incluyen Constantinopla y Bizancio (hoy Estambul), Flandes, Quíos, Malta, Italia (Roma, Nápoles, Venecia, Bolonia, Florencia, Pisa, Livorno, Génova), Berlín, Dresde, Leipzig, España (Barcelona, Zaragoza, Madrid), Portugal (Lisboa) e Inglaterra (Portsmouth, Londres). En él, se nos describe Monbron como “un ser aislado en medio de los vivos”. Para Fougeret, el universo es un espectáculo continuo y son los seres humanos tirititeros que, dice, a veces le hacen reír, pero a los que “ni amo ni estimo”. Su estilo de escritura se basa “en el laconismo y la sinceridad” y está compuesto el texto a las órdenes de su “imaginación vagabunda”, incompatible con el orden metódico, nos dice. Así, las diferentes experiencias se nos van explicando con cierta ligereza, de pasada, y sin razones voluntariosas ni marcos temporales. Pues el propósito del libro, nos dice Monbron, “es plasmar en papel las reflexiones que me hago mientras paseo, tal como me las sugieren el azar y la ocasión”. Como ya se dijo antes, esto es eminentemente falso, pues el libertino francés escribe desde el futuro, o sea, con el zurrón de la memoria. Y ahí se halla la razón primordial para que Monbron desatienda la arquitectura de los lugares y se centre más en las menudencias de las relaciones sociales con la gente que va encontrándose en el camino. Esto permite, de alguna manera, que el libro se convierta en una suerte de autobiografía del espíritu, entendiendo como tal la confesión de los pecados de la mirada y el sesgo privativo del sentir individual, atendiendo a la siguiente norma básica: que da igual que sean apropiadas o no las ideas de uno, en tanto que sean justas y sensatas.  Siguiendo tal axioma (visto desde su perspectiva egotista, claro), nos confiesa el autor que “de todas las criaturas vivas soy la que más amo”, pero nos confiesa igualmente que “no valgo nada, y que la única diferencia entre los otros y yo es que tengo la valentía de desenmascararme”.

El cosmopolita podría considerarse así como unas memorias a la contra, pues el único sentido que en ellas se halla es la paradoja de que el legado que destila Monbron de su experiencia viajera es que ahora odia con la razón “lo que ya antes odiaba por instinto”. O sea, que le sirven sus viajes únicamente para constatar su prejuicio. La consecuencia de ello son sus constantes maledicencias, invectivas y pullas. No en vano, ya dice en algún momento que los franceses (a quienes detesta con toda su alma, prefiriendo –con mucho- a los ingleses) “son la gente con más prejuicios que ningún otro país del mundo”. Este libro, así, es la constatación fehaciente del pensamiento de Monbron, que “todo aquí abajo [en el mundo] es igualmente ridículo, y […] la perfección de las cosas consiste sólo en la opinión que se tiene de ellas”, comenzando por el propio Monbron quien asegura que “cada uno vive sólo para sí y sólo se ama a sí mismo”. Y esta es la razón por la que, tras leer El Cosmopolita, uno no puede dejar sino de darle la razón a Monbron, cuando al final del libro dice: “les permito que me devuelvan desprecio por desprecio. Se lo ruego, incluso”. Solo un apunte, miren lo que dice de España: “España es la más orgullosa de las naciones y la que tiene menos motivos para serlo, a menos que las cualidades monacales –a saber, la beatería, la holgazanería y la mugre- sean títulos para enorgullecerse”. Dixi.

 

Anuncios

Comentarios desactivados en Opiniones de un cínico

Archivado bajo Crítica literaria

Los comentarios están cerrados.