Subordinación y Servidumbre

Forrest Best, "Untitled" (1946)

Íbamos el otro día en un taxi camino del dentista cuando, por ser cordial y no parecer mezquino, desatento o quizás altivo –y como suelo hacer casi siempre-, intercambié unas breves palabras con el taxista. Todo muy leve y epidérmico. Lo que viene siendo usual cuando uno no quiere resultar grosero y, tras el ordenamiento de una tarea a alguien, hace por distender la jerarquía mentando algunas frases convencionales, de puro trato cortés. Lo normal suele ser que entonces, tanto quien da la orden como quien la acata, ambos amparados por la consciencia –adulta- del trato mercantil, se ocupe con lo suyo. En el caso que nos trae aquí: el taxista concentrándose en el gps y el estado de las vías de circulación, los semáforos y el resto de vehículos y eventuales viandantes que pudieran entorpecer o poner en peligro el correcto cumplimiento de su labor y el otro, o sea nosotros, los viajeros, concentrándose en sus asuntos, en una charla no íntima, pero sí privada, o acaso sencillamente en mirar el breve paisaje que dejan ver las ventanillas de un taxi.

Pero esto, que debería ser lo habitual e incluso lo deseable, no se dio de esta manera, sino que el taxista, rompiendo las más elementales normas de cortesía, enseguida entró al asalto de la fortaleza de la privacidad y la burbuja personal que nos otorgamos entre desconocidos quedó, de inmediato, en serio peligro. Claro que no la nuestra, sino más bien la suya. En tal caso, en el supuesto de que el osado taxista (de 38 años, ya se ocupó de hacérnoslo saber, y separado –no divorciado, tal matiz también lo recalcó en varias ocasiones) hubiese pretendido inmiscuirse en nuestros asuntos, hubiera sido más sencillo, pues simplemente con no contestar, saliendo con evasivas o reconduciendo la charla hacia otro lado, tal vez se hubiese dado cuenta el taxista de que no era pertinente seguir por ahí. Ahora bien, qué hace uno cuando la persona a la que le está pagando por un servicio comercial –y solo por eso-, y amparado por la trampa de un coche cerrado del que no se puede huir,  comienza a contarle a uno –sin parar apenas para respirar- toda su vida y milagros. Y no hablamos ya de cuestiones superficiales, sino de un verdadero drama (contado con detalles escabrosos e impúdicos) y con múltiples personajes involucrados.

Me sucedió lo mismo varias semanas atrás, mientras esperaba a un amigo en una coctelería. El camarero, a sabiendas de que no me quedaba más remedio que escucharle, y habiendo sido yo, como suelo, amable y cordial de primeras, por distender aquí también el trato comercial, se lanzó a contarme igualmente su vida y milagros, con una profusión de detalles y variables que, sinceramente, me dejaron estupefacto. Y violentado, además, por verme en la obligación de tener que inmiscuirme (por razón de la mera escucha activa) en experiencias y pareceres que no lo solo me eran ajenos y, obviamente, no solicitados, sino que no sentía por ellos el menor interés. Y ello porque no se trataba de ideas o análisis sobre cosas vagas o abstractas o acaso cuestiones que atañen al ciudadano y sobre las que, tal vez, podríamos haber mantenido un coloquio. No, tanto en el caso del taxista como el del barman, su conversación se circunscribía exclusivamente a hechos personales, radicalmente subjetivos y, por tanto, basados únicamente en la opinión de los sujetos que hablan y que, con ello, mantienen bajo un yugo invisible y temporal a quienes les escuchan. Y es que poco se puede argüir o contra-argumentar en virtud de hechos que ni nos conciernen, ni mucho menos estamos capacitados para juzgar.

He estado pensando sobre ambos hechos durante las últimas semanas. Sobre todo a raíz de un documental que vi hace unos días llamado La ansiedad del statusaquí-, del filósofo y escritor suizo Alain de Botton.  En él se venía  a decir más o menos que el gran trauma contemporáneo es que la gente no sabe nunca a qué atenerse y eso crea frustración y melancolía, y ello por la causa de la –supuesta- laxitud de la escala social. El liberalismo salvaje que domina este capitalismo tardío en el que hoy vivimos nos ha hecho interiorizar la idea de que seremos capaces de movernos sin dificultad en la escala social; de que, en verdad, es nuestro derecho el poder acceder a todos los órdenes y a los diferentes status, y que todo depende exclusivamente de nuestros talentos, sacrificio, trabajo y disciplina. Pero esto, como cualquiera sabe, no es cierto en absoluto. La tesis del documental era que en la Edad Media no existían estos problemas, porque uno sabía dónde nacía y sabía dónde iba a morir, y de qué modo ganarse el pan y cuánto pan –como máximo- le estaba permitido ganar. Por lo tanto, no se hacía ilusiones vanas sobre su progreso ni mejora social, ya que la posibilidad no es que fuese remota, sino inexistente. Y tal conocimiento le libraba de su ansiedad, y le hacía vivir paradójicamente libre y feliz, adentro de unos límites perfectamente definidos. Uno sabía lo que se esperaba de él y lo que no, lo que podía hacer y lo que no.

Hoy las probabilidades de cambio y mejora parecen infinitas, pero son realmente limitadas; sin embargo, se sigue cultivando la ilusión de su posibilidad real. Y esto, obviamente, crea frustración, ansiedad, y una alergia insoportable a que los demás perciban nuestra subordinación y, más aún, nuestra servidumbre. La razón, a mi entender, es de naturaleza especulativa. Y es que, en diferentes momentos y por diferentes razones, ámbitos ajenos y extraños, por variados motivos se han venido tocando. En el caso de los últimos años en España esto se ve muy claramente con la hinchazón económica de la época del ladrillo, cuando obreros especializados venían conduciendo los mismos coches que personas con profesiones liberales, y largos años de sacrificios universitarios. E incluso los mismos coches que sus jefes y/o patrones o acaso muy parecidos, de similares características.

Algo que me llamó la atención de los casos del taxista y del barman es que su efusividad dialéctica se produjo en un espacio limitado condicionado por un tiempo específico (y finito). Ambos sabían que, en breve, iba a desaparecer yo de su espacio de control y ambos, con frenético delirio, se obstinaron en que me formase una opinión diferente de ellos a la que ellos temían me hubiera formado de no haberse ocupado ellos en hacerme partícipe impunemente de sus vidas (lo cual, nótese, implica la soberbia de ponerse uno mismo en un escalafón de magnífica importancia para el otro). Dos rasgos se destacaron en ambas situaciones: el ruido lingüístico (destinado a que el mensaje quedase borroso) y la urgencia. Y esto porque no estaba en su ánimo transmitirme ningún tipo de mensaje, sino más bien apenas un tono: el eco de una reverberación pasada. Y ello (y esto lo pienso ahora, sobre la marcha) en la confianza de que el eco se mantuviese en mí como amplificador -y cable eléctrico- hacia el futuro.

Lo único que querían es que yo supiera que en el pasado no estuvieron donde están hoy y que el hecho de que ahora estuviesen ahí, no obedecía sino a una cuestión meramente circunstancial y, por qué no decirlo, de mala suerte o fatalidad exógena. Resultaba meridiano, además, que la veracidad de los hechos que contaban era francamente dudosa (hechos que yacen deliberadamente en una indiscernible y premeditada nebulosa). Y es que su propósito era otro, que guardase recuerdo de algunas anécdotas (convenientemente falseadas, tanto da) que demostraban que: a) habían viajado por lugares exóticos, b) que habían vivido tórridos, dramáticos y peliculeros romances amorosos y c) que eran tipos resueltos, con ideas claras sobre la vida, con una filosofía básica, pero férrea sobre el bien y el mal. O sea, supuestos hombres libres.

Tanto el taxista como el barman quieren/querían que su interlocutor (supongo que igual que conmigo lo harán con todos aquellos que les den la oportunidad) sepa lo siguiente: “yo también tengo una vida plena, un pasado, unas vivencias, caballero, aparte de estar aquí ahora en el taxi y/o como barman de esta coctelería; la tuve, esa vida diferente, y quizá la tendré de nuevo, en algún probable futuro, que Vd. me vea ahora aquí, no teniendo más remedio que someterme al capricho de su demanda y o pedido es apenas azaroso y, por sobre todas las cosas, tenga en cuenta que es una situación reversible y que tal vez mañana sea Vd, quien reciba mis órdenes”.

Se pueden hacer, en mi opinión, dos lecturas fundamentales sobre el asunto que nos ocupa. La primera es bastante evidente, y es que la gente (o una cantidad apreciable de la gente) no siente ya que su trabajo la defina. No, al menos, si es que se hallan en puestos de clara subordinación y/o servidumbre. Pero esto es absurdo porque en mayor o menor medida, todos estamos subordinados a algo o a alguien y servimos a uno u otro fin. El hecho de sentirse subordinado es una cuestión moral (lo invisible), en mi opinión, y no tiene que ver con las circunstancias (lo visible). La segunda lectura sería que la gente (o cierta gente) sometida a una tarea subordinada tiene tendencia a hacer alegatos en favor de la libertad. Y no tanto la vivida, como la percibida o presentida o deseada y que se pretende hacer real con las palabras. En mi opinión, la libertad no se explicita (de manera visible) sino que se vive o no se vive (de manera invisible; dado que es una actitud); se experimenta, pues.

Sin embargo, lo más terrible de todo es aventurar una tercera lectura: que no quede ninguna esfera que no se halle mediada por lo económico. Así, tanto el taxista como el barman lo que estaban haciendo conmigo (y con todo aquel –supongo- que les deje) era capitalizar sus experiencias, sus deseos, su imaginación y, por qué no, incluso su delirio, utilizando todo esto como signo de estatus (el estatus del hombre auténtico, aquel que no se deja avasallar por quienes percibe que le ordenan, demandan o exigen una tarea o servicio).

Lo irónico del asunto es que tal actitud justamente demostraría una subordinación extrema no solo al dinero, sino más todavía a su desmedida ambición personal. La consecuencia es que esta tipología de ser humano (según nos demuestra su comportamiento) se sentiría –sin llegar incluso a sospecharlo- doblemente esclavizado, y lo peor es que se trataría de una esclavitud que proviene de su visión subjetiva y que, por ello, se produciría con su consentimiento y beneplácito.

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