Pas un autre

Desde el minuto cero de la primera temporada quedó claro que, tanto los protagonistas del show Alaska & Mario (que se emite por MTV), como sus amigos, y la gente que les rodea y aparece episódicamente en el show, actúan. Su ser así (su personalidad) se define a través de su propia actuación, en esa suma de instantes intermitentes, mediados por tramos más convencionales. O sea, que en su cotidianidad ya son (la mayor parte del tiempo) una representación teatral. Y en ese vivir performático eran naturales. Aunque, entiéndase que tal naturalidad es la del simulacro postmoderno y kitsch. Sin embargo, se ha producido en la segunda temporada un añadido fundamental: la actuación de los personajes no ha devenido específicamente en parodia, sino que se ha convertido en una imagen especular. Así, ahora, el modo de conducirse responde a un tercera vía de (auto)representación. De manera más acusada (y puesto que es quien más minutos permanece en pantalla) se percibe esto en el protagonista masculino, Mario Vaquerizo, el cual se comporta como su yo “simulacral” piensa que los demás desearían que él se condujese con sus asuntos, mezclado con el modo en el que él mismo desearía conducirse, según su yo ideal y necesariamente reprimido –hasta ahora-. O, mejor dicho, dejando que su yo ideal no se vea en la tesitura de tener que disfrazarse de yo postmoderno, y campe a sus anchas, desbocado y en un frenesí cáustico.

Contra lo que pueda parecer, tal neurosis no significa que lo que se nos muestra sea falso (por avenirse a un ideal inexistente), o que esté a tres grados de separación de su yo auténtico –y secreto-. Para nada, probablemente estos tres metros alejado de sí mismo en los que ahora convive, sean el espacio más verdadero en el que haya habitado nunca, ya que se trata de un espacio de libertad, por mor de la suspensión de todo tipo de juicios de valor, conducta o sentido común. Un espacio semejante a un limbo de la personalidad, en la que ésta ya no se ve constreñida por margen alguno, gracias a la protección de la campana de cristal que está representada simbólicamente por la presencia constante de las cámaras. El matiz aquí es importante, ya que no se trata de una personalidad difuminada o en dispersión, esa (post)identidad tan contemporánea, qué va. El asunto es que la fatuidad del personaje se muestra con el mayor descaro en su intento de “querer ser” y asistimos cada minuto al conato de germinación de un yo que está siempre en vías de ser ese yo y, entretanto (y así será mientras dure la campana de cristal), no es más que puro e incontaminado deseo salvaje de (auto)determinación.

Al yo primero (a su personalidad normal, por decirlo en términos pedestres) no le quedaba más que ser así por causa de las circunstancias. Al yo segundo (al del simulacro) se le permitían –y exigían-  los desmanes en virtud de su disfraz frívolo y superficial y se caracterizaba por una trabajada extravagancia. El yo actual, el que exhibe en la segunda temporada del reality Alaska & Mario, es el más verdadero, el que muestra una autenticidad ladina, un yo que se ve refrendado por una identidad que no depende tanto de las atribuciones de los otros  como de su permisividad. Y esta es la razón por la que ese constructo con visos de idealismo que aparece en la pantalla y que recibe el nombre de Mario Vaquerizo es más puro y auténtico; y ello porque no se trata de persona alguna sino de una idea que estaba antes de la construcción del primer yo social y su deriva hacia la iconoclastia de vodevil, una idea que da vueltas sobre el semicírculo de la campana de cristal siempre dispuesta a (re)formularse, sabiendo que solamente puede seguir siendo ese yo mientras continúe atareado en su carrera infernal, y no se detenga y vaya dando vueltas y vueltas y vueltas alrededor de la campana de cristal, que es -a todas luces- utópica, precaria y, sin lugar a dudas, temporal.

Y esta es la razón por la que ver a esa peonza en su girar interminable se hace, por momentos, cansino, por su irrelevancia (debido a la acumulación de momentos (hiper)relevantes). Ha de decirse que el montaje de las imágenes, en el que se concatenan sin ninguna continuidad extractos de diferentes días -al modo histriónico del videoclip-, contribuye al vértigo y ayuda, en gran medida, a poner de relieve la creciente imposibilidad de ser ese ningún otro que, me temo, acabará siendo, con el tiempo, un ser nadie y, postreramente, en un no ser ya nada, nada más que la sombra herética de una extravagancia adocenada y, con toda probabilidad, algo relamida y fútil.

En resumidas cuentas: Vaquerizo en la primera temporada del docu-reality actuaba para los demás (el público inmediato y los televidentes); en la segunda temporada, sin embargo, actúa de manera exclusiva para sí mismo.

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