El mundo como Museo Coconut

Escribía hace unas semanas Xavi Ayén en el Cultura/s de La Vanguardia sobre la novela I el món gira del escritor catalán David Cirici (Columna, 2011) que:

“la novela sobre Barcelona tiene un grave problema: nadie consigue escribirla con seriedad. Todos los libros que salen con la etiqueta de novelas realistas tienen una deriva humorística, como si la realidad misma fuera una coña”.

Que la realidad (pero no solo la barcelonesa, sino la occidental) es hiperbólicamente representacional (al modo de los dramatis personae) nos lo evidencian los periódicos todos los días. Y que dicha realidad es, como afirma el crítico de arte Ángel González, propio de una época de BROMA, parece que es cosa aceptada de una manera más o menos tácita (prueba fehaciente de ello es el que la gente no se escandalice ya por los mil y un comportamientos grotescos de las diferentes personalidades de la vida pública).

Un programa que se pretende humorístico, pero que, en el fondo, vendría a ser un puro mimetismo de la realidad, podría ser El museo Coconut. Tal producto televisivo procede de uno anterior llamado Muchacha Nui y que antes se llamó La hora chanante (recalco la genealogía para que se entienda que es la tercera destilación de una misma idea). Se trata, en esencia, de una sátira paródica, que pretende evidenciar la absurda teatralidad pomposa del mundo del arte. Sin embargo, resulta (si no en un ciento por ciento sí en gran parte) un programa que parece real o posible. Es decir, que deja entrever las corruptelas y tontunas adentro del espacio acotado del museo institucional.

Decía Wittgenstein que la filosofía era una batalla contra el hechizo verbal a que está sometida la inteligencia. Sin esa especie de metáfora interactiva (por decirlo con Max Black) que nos organice la percepción (de manera verbal), no reproduciendo semejanzas ya existentes sino creándolas, sometiendo a la metáfora a una suerte de sistema de vínculos y enlaces más o menos autosuficientes, que funcionen de manera relacional, no hay ninguna posibilidad de conflicto lingüístico y, por lo tanto, queda extirpada cualquier posibilidad para el dilema filosófico. Es decir, no hay suspensión semántica, pues el tropo ha regresado a la época aristotélica y basa su efecto en la amplificación de una semejanza, y no en su intensificación.

En otras palabras: no hay ambigüedad ni polivalencia. El mensaje es diáfano, por haber sido calcado literalmente de la realidad. Y es la razón por la que toda esta marabunta de obras literarias escritas en castellano por autores más o menos jóvenes hoy (adláteres -de una u otra forma- de ese sentir coconutiano) y que se expresan en una suerte de postmodernismo en diferido, resulten ridículas (y aburridas) y peligrosas. No hacen más que copiar la realidad de un modo burdo, amplificándola, mimetizándola, sin alcanzar a comprenderla, cuestionarla, buscarle algún subterfugio o acaso superarla.

No hay inferencia en sus propuestas literarias, sino calco (re)pintado con colorines histriónicos, y baratos.

En resumen: son una réplica de las ideologías dominantes, una falsa vanguardia retráctil que nos devuelve a una caverna que pensábamos ya superada.

Y es ahí donde radica su vandálico reaccionarismo: en ese disfraz bohemio de buen rollo y modernidad.

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