Cerrajeros de guardia

Ayer a la noche escuchamos en casa un ruido atronador, primero leve, cada vez más intenso y, llegado un cierto momento, un percutir repetitivo que hacía temblar los cimientos del edificio (es un edificio viejo de la zona histórica de Bcn). Asombrado, no supe muy bien qué hacer y le pregunté a Ángela, incrédulo, ¿tú lo oyes, también?, pues no acababa de dar pábulo a ese run-rún de golpes que disparaba una vibración sonora contra las paredes de la casa igual que ráfagas de una ametralladora. Sí, también lo oía, me dijo. Y lo escuchamos juntos durante un rato, como si fuese uno de esos ruidos cifrados, o emitidos en frecuencias raras, un ruido –en cualquier caso- que solamente los oídos compenetrados de una pareja consiguiese descifrar. Pero, al final, perplejos, pues no cesaba de repetirse el ruido, pero sin venir acompañado de voces humanas (y no hay nada más amenazante que un ruido seco, continuado y severo que no parece estar siendo causado por ninguna persona), ya apareció la sospecha de que igual era un ruido real. Así, con una mezcla de pavor y curiosidad (y es que llevaba el ruido ya lo menos media hora o cuarenta y cinco minutos) le dije a Ángela: voy a averiguar.

Al salir a la escalera e ir bajando varios pisos constaté, más con consternación que con alivio, la existencia pacífica de unas herramientas esparcidas en el descansillo. Y enseguida me acordé de una anécdota que cuenta Manuel Jabois en una de sus crónicas más viejas (y creo que está incluida en su libro Irse a Madrid, de la editorial Pepitas de Calabaza). Parece que uno de los días de navidad, y habiéndose cambiado justamente por esos días de casa, nuestro querido Manuel dejó que la alegría beoda se llevase con su río despreocupado de la noche sus llaves y se encontró en la puerta de su casa y con un cerrajero –de esos así llamados de guardia- que comenzó a dar mamporrazos a su puerta, a altas horas de la madrugada. Cuenta Jabois que su carta de presentación vecinal fue ésta: encontrarse saludando por primera vez a su vecino que salió en bata, con el propósito de reprender al melón que provocaba tal estrépito a esas horas tan poco elegantes. Y Jabois allí, desamparado y sin saber cómo disculparse, adelantando pobres excusas.

El cerrajero que trataba de abrir una de las puertas de nuestro edificio se demoró hasta las doce largas. Y era una situación nefasta, porque no dejaba yo de sentirme molesto por esos ruidos indecentes, ya habiéndose ido Ángela a la cama, en tanto que yo trataba de aprovechar esas horas de normal silenciosas para escribir; pero, al mismo tiempo, pensaba en el pobre inquilino de la puerta bloqueada, ahí sin cenar, con ganas de entrar en su casa, ponerse el pijama, qué se yo. Y es que resulta que el chico que llevaba más de dos horas en el descansillo, en silencio (misteriosamente ni él ni el cerrajero intercambiaban palabra alguna), es precisamente gallego, igual que Jabois. Me lo dijo Ángela, que de repente había unido cabos. Claro, me dijo: antes, hace un rato, lo he visto en el descansillo, sin chaqueta, con el móvil en la oreja, hablando con alguien (vive mucha gente en mi edificio, y no sé exactamente cada quién en qué puerta, Ángela es más certera con eso que yo).

En fin, que así pensando en el asunto me fui olvidando (o acostumbrándome al incierto comienzo y cese del ruido, y ya no me sobresalté más). Pero no podía dejar de pensar en el pobre Jabois, también con ganas de ponerse el pijama –supongo- y allí esperando a que el cerrajero de la maza volviese a intentar echar abajo la puerta con su sacudida estridente de golpes. Y para cuando quise darme cuenta eran ya como las dos largas y salí a comprobar al descansillo, y estaba todo despejado (ninguna herramienta esparcida en el descansillo) y la noche, como siempre, seguía con su habitual murmullo plácido.

Sin embargo, mientras yo mismo (algunas horas más tarde) me iba para la cama, después de haber conseguido –al fin- escribir algunas líneas válidas, no podía dejar de pensar en un asunto en ningún caso trivial: ¿Cómo es posible que quien fuerza una puerta a porrazo limpio reciba el nombre de cerrajero?, pensé, y me dije en alto, y esto hizo que Ángela se despertase –a medias, creo- y abriese un ojo y me mirase con cierta desconsideración. Aprovechando la atención de su mirada que caía en mí como un golpe de mazo, observé: descerrajador, más bien, ¿no?, sería este el nombre que debíamos darles. ¿Qué te parece, eh, Ángela?

Pero Ángela, más certera que yo, cerró el único ojo que había abierto y permitió que el habitual murmullo plácido de la noche no sufriese la menor alteración humana y todo siguiese con su melodiosa música tranquila. Entretanto, yo no hacía sino mirar al techo, y no paraba de preguntarme cuánto dinero le habría cobrado al cerrajero a Manuel Jabois. Trescientos euros, lo menos, especulé. Mañana cuando me despierte habré de comprobarlo, pues no recuerdo si alcanza a decir alguna cifra en esa crónica suya, que creo que está en el libro Irse a Madrid y otras crónicas, como ya dije. Pero, en fin, que allí me quedé, desvelado, mirando el techo y, pronto, dando vueltas por el pasillo. Y cuando ya no pude más con mi ansiedad, me vine a la cocina a fumar un cigarrillo y bebí un vaso de agua, y después dos, y hasta casi tres y entonces pensé que ahora iba a ser yo quien iba a necesitar un cerrajero de guardia, que echase abajo la puerta del sueño y me dejase a entrar. Pero, pensándolo bien, me dije, de dónde voy a sacar yo el número, a estas horas; a quién le podría preguntar. Y allí me quedé, en la cocina, fumando el segundo cigarrillo insomne y escribiendo mentalmente un relato sobre un cerrajero de guardia especializado en reventar las puertas de los sueños.

Esta mañana Ángela me ha recriminado que di una ingente cantidad de vueltas en la cama anoche. Así que supongo que el cerrajero de guardia de los sueños, tras horas de embiste brutal de su maza, hubo de conseguir su objetivo. Ahora veremos cuánto quiere cobrarme. Trescientos euros, lo menos, me temo.

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