Elogio (a medias) del amateurismo

Xavier Antin, "Just in Time, or A Short History of Production" (2010)

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1.

Decía hace poco el director de cine Jonás Trueba:

“Espero no dejar de ser nunca un amateur, me encanta esa palabra y la reivindico con todas sus connotaciones etimológicas, pues viene del francés, y quiere decir, ‘el que ama’. Pero el amateurismo no debería ser un valor intelectual sino un sentimiento que ayude a seguir adelante a pesar de los pesares. Este es un medio extremadamente posibilista y materialista y tendremos que aprender y descubrir nuevas formas de hacerlo. Yo siempre he tenido la sensación de llegar tarde a muchas cosas, especialmente al cine tal y como lo había mamado. Y creo que ese es otro sentimiento generacional que tenemos que revertir. Los que hemos vivido el final de una época y nos adentramos en esta otra con energía y excitación tenemos una responsabilidad mayor. Somos una generación puente, y me gusta la idea de convertirnos en pasadores, transmisores entre un cine y otro” [1].

[1] Luis Alemany. ¿Artistas? ¡Que trabajen! El Mundo. es. 13-02-2012.

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2.

El 18 de Febrero de 1994, Charles Bukowski se instaló en su casa un fax. Con él, le envió un poema a su editor en Black Sparrow Press, John Martin.

18 días después Bukowski moría de leucemia. Tenía 73 años.

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3.

L.D. Groban (1947-2011) fue un artista autodidacta de Chicago de intensa producción, cuyo máximo hit es el poema épico “A cure for Insomnia”, un poema de casi 5.000 paginas. Un poema que nunca ha sido leído en público ni tampoco publicado. Sin embargo existe una película, considerada la más larga de la historia del cine, grabada en 1987 y dirigida por John Henry Timmis IV en la que el propio Groban recita su poema durante 87 horas; o sea, tres días y quince horas.

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4.

Pienso en qué significa ser aficionado de algo; y en sus repercusiones. Y no me parece mal: esa pasión que pone aquel que hace las cosas por gusto, esa valentía bienintencionada del psicópata que se guía por el instinto, el gusto y el avaricioso azar; el buen accidente y los rotos imprevistos. Sin embargo, tampoco me parece bien, o no bien del todo. Me refiero al hecho de ser imprudente, desmemoriado, a hacer ostentación de la impericia o la megalomanía y a fantasear con la benevolente fuerza de la ignorancia.

La figura del amateur, en origen, no es desdeñable, desde luego. Yo mismo la defiendo y podría decir que, hasta cierto punto, soy ejemplo bravo de ella. Claro que solo en los términos que se refieren a la pasión y al desinterés. Y es que perpetrar atentados contra la norma del lucro y la frialdad no es solo muestra de buen gusto, sino también una necesidad ética. Pero ello no debería permitir la total impunidad en el campo del mal arte, de la precariedad ni la falta no ya de talentos, sino de objetivos, propósitos y búsquedas.

Lo que sucede, pues, es que bajo la etiqueta del amateur, acaba englobado todo el detritus del pensamiento y la acción artística contemporánea; con especial énfasis a los productos surgidos de la Internet y/o del arte outsider.

Sin embargo, no es mucho mejor la parte contraria.

Y es que resulta detestable la cobardía de quien se aferra a la rutina del oficio, de quien siempre trata de sacar todo tipo de tornillos con el mismo óptimo destornillador. La técnica al servicio de la convención, de la idea de moda o del lugar común. Eso es, en gran parte de casos, lo que esconde la profesionalidad del arte.

La profesionalidad habría de garantizar un mínimo de calidad, rigor, disciplina, conocimiento del oficio y buenas maneras. Pero sin el empuje del entusiasmo amateur, la profesionalidad acaba siendo una línea de producción que ofrece mercancías similares. Y, del otro lado, sin profesionalidad no es el amateurismo sino una canallada, un vómito, un esputo, un histriónico grito. Encontrar el punto en el que ambos extremos se tocan es la ley que debería guiar todo emprendimiento artístico. Ese lugar limítrofe en el que la cosa es y, al mismo tiempo, conspira por no querer ser, es decir, por no dejarse apresar. A ello habría de aspirar el arte en cuanto a su significado y el artista, en tanto que vive siempre de espaldas a su propio decir, que –como una mala sombra-, le adorna en su caricia esquiva, siempre a punto de desvanecerse.

Dicho en otras palabras: todo buen artista trae consigo una sombra que le sigue, y le (per)sigue. Y toda pérfida sombra desestabilizadora corre arrastrada tras el látigo de un diestro autor que ha aprendido a domesticarla y a que ofrezca lo mejor de sí, lo más auténtico, lo más puro e incontaminado.

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