La literatura: un arte espectral

En las últimas semanas he venido leyendo el libro Un arte espectral: Reflexiones sobre la escritura (BackList, 2011) del escritor norteamericano Normal Mailer (1923-2007). Un poco a salto de mata, pues no hay otro modo de leer a Mailer. Y no solo por mi propia voluntad, ni tampoco obligado por la ortopédica traducción de 2008 de Elvio Gandolfo, sino porque así es como parece obstinarse en operar la mente de Mailer. Cosa que podría –quizá y solo quizá- habérsele pasado por alto a los lectores de sus novelas y crónicas, pero que les resultará meridiana para quienes se hayan visto en la obligación de desbrozar la jungla que es otro libro suyo de características similares: Advertisements for myself.

Un arte espectral agrupa textos que comprenden un amplísimo periodo de 40 años (1963-2003, grosso modo). Michael Lennon (dueño del archivo de donde se extrajo el material) nos dice que para el volumen se hizo una  primera criba de 800 artículos, de los cuales Mailer eligió 150 y a los que sumó 50 más, escritos para la ocasión. O sea, que en principio, habría 200 artículos con los que han conseguido llenar 425 páginas.  En Un arte espectral hay de todo: prefacios a libros, simposios, extractos de entrevistas, artículos de prensa, conferencias,  extractos de los borradores de sus antiguas novelas, etc amalgamados en un imposible patchwork que viene impreso con escasísimas indicaciones de su procedencia. No en vano ya se disculpa el propio Mailer en el prólogo, diciéndonos que el libro no tiene unidad estilística.

El hecho de considerar a la escritura como un arte espectral proviene, para Mailer, de la idea de que lo único que tiene el escritor es la página en blanco cada mañana, “y nunca sabes de dónde vienen tus palabras” (p. 111), nos dice; una profesión esta de la escritura, para la que el escritor debe tener una “filosofía personal”, según Mailer. Sobre los destinatarios ideales del libro se nos dice que serían

“hombres y mujeres que ya han descubierto cierta vocación para escribir en la universidad o en la escuela de postgrado, que quizá han tomado cursos sobre la técnica de la novela, y son incluso estudiantes avanzados que han empezado a enfrentarse con los peligros y obstáculos de la vida de escritor”.

El volumen es más que nada un libro de experiencias y opiniones, más relevantes las primeras (por ser únicas) que las segundas. Y es que el libro trae un sesgo primordial: las opiniones de Mailer son las de un dinosaurio, las de un varón americano ya anciano (el libro se publicó originariamente en 2003, contando Mailer entonces con 80 años), naïf, simplón y creyente en la batalla casi de cómic entre el Bien y el Mal. Tal sesgo de beatería, culpa, contrición y fracaso, es también el de uno de aquellos muchachos que estuvo en la segunda gran guerra y no puede (des)acatar ese tufillo al aroma de la moralina, pero que, sin embargo, “no [es] capaz de creer en [su] propio pesimismo demasiado a fondo” (p. 424).

Un arte espectral consta de dos partes. En la primera se nos habla del negocio editorial, del oficio de escritor, de psicología y filosofía. La segunda parte está subdivida en “Género literario” (donde habla de televisión, cine y periodismo) y “Gigantes” (donde se incluyen eso que él llama “franqueza meditada y/o rápida de algunos de mis contemporáneos”; o sea, opiniones sobre otros escritores más bien veleidosas y poco elaboradas). Con mucho, la primera parte es la más interesante del volumen. Especialmente lo que tiene que ver con el negocio editorial y el oficio del escritor profesional norteamericano (las páginas 21-164).

En esta primera parte nos cuenta Mailer que comenzó a escribir su primera novela a los siete años (sic), cómo comenzó a aprender escribir “escribiendo”, en Harvard, acudiendo a los talleres de escritura (y nos habla de sus virtudes y peligros) y que lo hizo gracias, también a la lectura de Tolstoi; así relata lo afortunado que se sentía al “descubrir la pasión de su vida antes de cumplir los veinte años. Quería ser escritor” (p. 29) y de cómo en los años cuarenta los novelistas eran realmente importantes. También nos habla de los escritores jóvenes de hoy (los salidos de las escuelas de Humanidades) que tienen, en su opinión, un defecto: la hipersensibilidad.

Mailer nos habla de la composición de Los desnudos y los muertos (el libro de un joven ingenuo, dice él; y también: “un best seller que fue la obra de un amateur”). Igualmente no elude el fracaso de su primera novela o sus rutinas de escritura (5 horas = 7 páginas con Los desnudos y los muertos / 3 páginas x día con Costa Bárbara, su segunda novela / 4 o´5 páginas por día con El parque de los ciervos / 2 páginas x día de un diario que escribió después de El parque de los ciervos). En esta primera parte hay mucho de pelea: Mailer da cuenta de la necesidad que tiene el escritor de no tomarse demasiado en serio para poder aceptar las críticas, sobre su lucha con la escritura, sus pugnas con los editores y no le llueven prendas incluso en copiarnos un informe privado para la editorial Simon and Schuster (sic) en el que el legendario Jack Goodman le califica de “una especie de F. Scott Fitzgerald post Kinsey” (sic, sic). Además, nos da su versión sobre el modo en el que ha de lidiar el escritor la batalla entre lo consciente y lo inconsciente mientras escribe, entre otras muchas cosas.

Pero le redime la ingenuidad casi bobalicona que demuestra al hablar sinceramente de su impericia como escritor, al considerarse como un autor bueno, pero no grande (por quedarse demasiado cerca de la seguridad del “oficio” y por no arriesgarse a tener un estilo inimitable, yendo así de un estilo y un tono a otro), de las bofetadas que le dieron desde la industria editorial, de su enganche al éxito, de la pérdida de su status como escritor, de que fumaba dos paquetes de tabaco al día, de la mescalina que le dio las últimas líneas de su libro El parque de los ciervos (publicada a los 33 años) o sobre cómo operaban las drogas en su rutina de escritura:

“trabajaba mediante trucos, fumando marihuana la noche antes y después drogándome para dormir con una sobrecarga de Seconal […] Lo que deseaba y lo que las drogas me daban era la carne rápida de las asociaciones” (p. 67).

O cuando declara:

“debo reconocer que sucumbí y pasé unos cuantos años trabajando en el borde del periodismo porque era mucho más fácil [que la literatura]” (p. 261)

También tiene Mailer apreciaciones valiosas sobre el estilo, que nos dice que es el propio carácter de uno, reflejo de la identidad y que se puede construir tanto partiendo de la(s) debilidad(es) como de las fortalezas y que “es la mitad de una novela” (p. 103). Su opinión de que el escritor necesita escribir cuentos para ejercitarse, del “vigor elástico de una frase”, y que quiere decir que “todos los componentes están trabajando juntos […] no puedes cambiar una sola palabra” (p. 124) o sobre la pertinencia de abandonar la lectura de literatura contemporánea; “aparece un punto”, dice Mailer, “ donde no deseas leer demasiado […] distrae […] te mantienes apartado de la obra de los contemporáneos durante un año o dos seguidos: esto ahorra mucho tiempo de lectura” (p. 125).

Opina Mailer que es más fácil construir un personaje que desarrollarlo, que con la primera persona se gana inmediatez pero se pierde penetración -por la razón de que “el estilo está sintonizado con el hombre que está contando la historia” (p. 131)-, que los personajes han de estar vivos; nos habla también de los problemas de escribir sobre la gente real, pues según el escritor norteamericano, el material con el que trabaja el escritor (la experiencia) se vuelve valioso “cuando es existencial, con lo cual me refiero a una experiencia que no controlas” (p. 33). Habla Mailer de que uno ha de escribir como si fuera su propio personaje y afirma que se puede escribir sobre cualquier cosa menos una: sobre un novelista con más talento que tú. Y una máxima que todo aprendiz de novelista debería tatuarse en la frente:

“no te metas en los pensamientos de tus protagonistas hasta que tengas algo que decir sobre su vida íntima que sea más interesante que las suposiciones del lector” (p. 145).

Y otro más: por sobre todas las cosas, sigue tu instinto (aunque te traicione), no te dejes afectar por lo que digan los otros. Claro que no es capaz Mailer de no sucumbir al tópico de comparar la novela con un matrimonio o de hablar de la resistencia del escritor y de la necesidad de mantener la fe en uno mismo.

La forma de escribir de Mailer (igual que sus opiniones) es bravucona, sentenciosa, a veces incoherente, y está trufada de metáforas pugilísticas y analogías bélicas. Sin embargo, tal belicosidad no le sirve -muchas veces- sino para decir obviedades, como cuando por ejemplo afirma que  “la novela tosltoiana empieza a ser imposible” (p. 422). O esta otra: “¿es Dios lo que uno encuentra o la locura?” (p. 423). Incluso esta otra: “muchísimos artistas son narcisistas” (p. 242). Un ejemplo de su afán moralizador sería –entre muchos otros- este: “Siento que el propósito final del arte es intensificar –incluso, si es necesario, exacerbar- la conciencia moral de la gente” (p. 230). Y una de su beatería:

“Cuando leemos a Proust o Stendhal o Joyce, en realidad a cualquiera de los grandes novelistas, Tolstoi, Mann, o Faulkner, o a veces Hemingway, nos da la idea de que un aspecto especial de la mente de Dios no es extraño al estilo de la mente de ellos” (p. 232).

Es un humorista sobrevenido, Mailer, además, y eso es lo mejor, pues no lo pretende. Y así dice cosas como que “la marihuana es más afín al cine [que al teatro]” (p. 283)”. O muestra su benemérita ignorancia sin el menor recato o pudor, al decir que sí, que fue él quien dijo que “la repetición mata el alma” (p. 279) o se atribuye como propio el razonamiento de que “escribir es útil para la mente si el escritor descubre algo que no sabía que sabía en el acto mismo de escribir” (p. 258). Pero luego hace confesión de culpas, redimiéndose, y afirma –sin paliativos-, refiriéndose a su generación:

“no hemos escrito los libros que deberían haber sido escritos” (p. 233).

De entre los autores que cita (a muchos de ellos más bien de pasada) se encuentran: Proust, Joyce, Beckett,  D. H. Lawrence, La Rochefoucald, Tolstoi, Balzac, Flaubert, Chejov, Dostoievski y los americanos (Fitzgerald, Hemingway, Henry James, Bellow, Gore Vidal, Burroughs, Vonnegut, Capote, Melville, Wolfe, Henry Miller, Twain y alguno más). Esta es la única literatura que parece existir para Mailer.

Y para finalizar, cuatro ejemplos de sus opiniones literarias y artísticas:

(sobre el “borrado de De Kooning” de Rauschenberg):

“Rauschenberg estaba diciendo que el artista tiene el mismo derecho a imprimir dinero que el banquero. El dinero no es más que autoridad impresa sobre el vacío” (p. 329).

(sobre Henry Miller):

“uno tiene que hacer retroceder el inglés hasta Marlowe o Shakespeare antes de encontrar una riqueza de imaginería semejante en intensidad” (p. 369).

(sobre Burroughs):

”hay tristeza al leerlo, porque uno obtiene indicios de una mente que podría haber llegado cerca de Joyce, salvo que una  catástrofe le ha visitado, un golpe con un martillo neumático, la aguja de un adicto que dejó la brillantez cristalina hecha pedazos” (p. 402).

(sobre Franzen)

“Franzen escribe soberbiamente bien frase a frase, y sin embargo, uno no está feliz con el resultado. Está demasiado lleno de lenguaje (sic) […] es excepcionalmente inteligente […] es una máquina intelectual desenterradora […] es rara la página de Las correcciones que no podría ser cinco o diez líneas más corta […] creo que es la sensación de su potencial lo que excita a tantos […] sí, tiene el potencial de convertirse en un escritor importante a un nivel muy alto en verdad” (p. 406-408).

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Norman Mailer. Un arte espectral: Reflexiones sobre la escritura. Ed. Backlist, Barcelona, 2011. 425 páginas.

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