Por amor a los libros

Nico Vassilakis

 

“Pertenecer a una estirpe que vivía sólo para y por los libros era un idea que me alegraba  y también me envanecía” (p. 104), medita el protagonista de Severina (Alfaguara, 2011), última narración corta del escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa. A Bolaño le encantaba Rey Rosa. Y leída esta novela breve (que, por otra parte, Bolaño nunca pudo leer), se entiende.
Al respecto de Bolaño, en una conversación vía mail entre Barbara Epler (de la editorial New Directions) y Willing Davidson (editor de ficción del New Yorker) dice la primera que, de entre las cualidades de Bolaño que más le gustan, está el coraje. Pero, sobre todo, además, su amor por la literatura [1].
Severina es también un libro que va esencialmente sobre estas dos cosas: el coraje y el amor por la literatura y los libros. El protagonista innominado mantiene junto a varios amigos una librería que lleva por nombre La Entretenida. Una librería que:

“no era muy grande, pero había sitio, en el fondo del local, para acomodar mesas y sillas para estos actos, que oscilaban entre la mera lectura, la performance y el burlesque” (p. 13).

Nuestro protagonista se nos define así: “me había convertido en un ejemplar más de esa melancólica especie: el librero aspirante a escritor” (p. 20). Pero entonces Ana Severina, una ladrona de libros, entra en la librería, y en su vida. Y así el librero aspirante a escritor, a pesar de saber que Ana Severina le está robando, la deja hacer, intrigado por sus métodos (por cómo consigue burlar las alarmas) y su indolente desparpajo. El protagonista se dedica entonces a anotar en un cuaderno los libros que ésta le roba (Las mil y una noches –volúmenes uno dos y tres-, cuatro libritos rusos, Las palmeras salvajes), como el testimonio de la deuda que con él está contrayendo.
El motor para dejarla hacer, nos dice el protagonista, no era solo que “se deja[ba] llevar por un impulso libresco” (p. 32), como ya le había ocurrido con anterioridad, sino que ahora había algo más: quería vivir de veras una aventura sentimental. Y aquí viene la bravura: “Por primera vez en mi vida –nos dice-, estaba dispuesto a poner todo de mi parte para hacer que una historia sentimental siguiera su curso” (p. 68).
La novela breve Severina es el relato de las peripecias de esa historia sentimental `entre libros´. Primero los desencuentros y, al cabo de los meses en los que Ana Severina y su abuelo retornan a la ciudad, los encuentros. La peripecia (en la que Otto Blanco –el abuelo- queda en estado comatoso por causa de un derrame cerebral y éste y Ana Severina se mudan a casa del protagonista, más un hecho posterior que merece guardarse en el suspenso para no destripar la novelita) le sirve a Rey Rosa para varias cosas.

En primer lugar para cuestionar el fundamento decadentista del amor.

Nos dice el protagonista:

“Una serie de figuras inconexas me llevaron a pensar en que la idea del amor recibida de los románticos, que lo asocian con la muerte y a veces con el diablo-, es demasiado sombría para ser, hoy, creíble y, menos aún, deseable. El nuevo amor, el amor peculiar del siglo veintiuno, tenía que ser distinto”.

Y, en segundo lugar, para ensayar una visión idílica -y onírica- de la vida –como en nebulosa- de los amantes de los libros. No en vano se mencionan varias veces los aforismos de Schnitzler y el librero escritor reconoce que su historia con Ana Severina le parece “un desvarío de mi propia imaginación” (p. 93).

Al respecto de los libros, Otto Blanco y Ana Severina son de esas personas que “lo único que hacemos es servirnos de los libros en general para vivir” (p. 57),

“Nosotros, y ahora quiero decir ella [Ana Severina] y yo [Otto Blanco], navegamos aun hoy día en las mareas, las corrientes de los libros” (p. 58).

El amor que propone Rey Rosa es, pues, un amor que tiene su fuente en los libros y que igualmente se alimenta de la lectura y la imaginación literaria. La novela, como no podía ser de otra forma, finaliza con un engaño libresco y que tiene que ver con un ejemplar del Corán sustraído en 1999 de la biblioteca de Borges, con anotaciones manuscritas que serían el comienzo del cuento “El espejo y la máscara”, un texto cuyo narrador poeta simboliza a todos los poetas. Así sucede en esta suerte de fábula contemporánea que es Severina, con un librero aspirante a escritor que, innominado, simboliza -por extensión- a todos los amantes de los libros deseosos por encontrar en su amada ese amor profundo y criminal por los libros.

Y hablando de Borges, decía este en su ensayo “El primer Wells” (incluído en Otras disquisiciones) que:

“La obra que perdura  […]  es un espejo que declara los rasgos del lector y es también un mapa del mundo”

Esto es, pues, Severina: un mapa (soñado) de un mundo esencialmente libresco.

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[1] The book bench / This week in fiction: the true Bolaño. The New Yorker. 16-01-2012.

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