Hartos de la modernidad

El distintivo más crucial de nuestra época es el espacio, bien por su escasez, bien por su deseo de conquista. Esto, que sería largo de explicar atendiendo a las artes y a la estética, se entiende fácilmente si se piensa en la economía del ladrillo y en las políticas inflacionistas de inmobiliarias y constructoras.

No es raro, pues, que haya quien trate de sintetizar las posturas del nihilismo y la nostalgia postmoderna, huyendo así del descrédito y de la relativización absoluta. Claro que tales posturas caen de manera procupante en la nostalgia y el escapismo. Sin embargo, su intento de huir de la liquidez de la modernidad en aras de valores más sólidos, se nos antoja aquí no solo lícito, sino casi necesario; incluso urgente.

Y es que se desayuna uno noticias cada vez más terribles según los días avanzan, y no por desastrosas o malas, sino por mezquinas y miserables. El escándalo llega a tales niveles que estamos inmunizados, se ha desvanecido nuestra capacidad de sorpresa, la indignación ya no da para más y, quizá, solo quedan dos salidas: la depresión -verbigracia: la parálisis- o la reivindicación radical de otra cosa, de algún tipo de valor más consistente, que no se nos derrita en las manos. Y no se trata de ser reaccionario, sino como se dice vulgarmente: de salvar el cuello.

De tal tendencia se hacía eco el otro día El País en su sección de moda en un artículo que llevaba por título No me llames moderno: lo último en tribus son los “New Traditionals”aquí-. En él, Brenda Otero nos pone sobre la pista de lo que ella denomina New traditionalists, una suerte de grupo de anarco-dandies hartos de la modernidad líquida, cuyas consignas serían abandonar lo retro y abrazar lo directamente anticuado y que han crecido al calor de la revista The Chapaquí– y de su gurú Gustav Temple, quien dice que:

“El mundo actual es tan desabrido que llama a gritos una recuperación de los valores clásicos del gentleman británico. Hoy es revolucionario saludar quitándose sombrero y sonreír a los transeúntes.”

Más allá de la supuesta tendencia, es cierto que se nota cierto sentir en el ambiente como de hartazgo, de cansancio. Estamos hasta las narices del cinismo. el sarcasmo, la grosería y el mal gusto institucionalizado.

En el ambiente se destaca una grave indolencia, que muestra el agotamiento humano, la decepción y que parece extenderse a todos los órdenes de la vida.

En otro orden de cosas, ayer mismo decía Diego Manrique –aquí– sobre la revista Mondo Brutto:

Mondo Brutto ayuda a desintoxicarte de Internet: no está en la Red, atascaría cualquier tableta. Mondo Brutto te revela el tinglado de las farsas televisivas. Te amplia el horizonte mental con historias fuera del mainstream. Te recuerda el tiempo en que las drogas duras se vendían en la farmacia de la esquina. Te ofrece entrevistas torrenciales, donde los protagonistas cuentan más de lo que debieran. Y sí, Mondo Brutto te puede salvar la vida.”

No soy de la opinión de que Internet sea el culpable de nada, a pesar de que debo reconocer que es tóxico y, muchas veces, una pérdida de tiempo brutal. Es su uso, como todo, lo que lo pervierte.

Sin embargo, no es menos cierto que noticias como el cierre de Megaupload nos alertan de lo frágil que es la red, de su precariedad, de lo endeble de sus cimientos. En un solo segundo, miles de datos y archivos han sido confiscados. Tenemos nuestra vida organizada en bytes que pensamos eternos, inquebrantables, seguros. Pero, sin embargo, su presencia es absolutamente inestable, pues depende su existencia de tantos factores que, en realidad, es casi un milagro que consigamos que se mantengan constantes en el tiempo.

Tal fe en lo virtual quizá sea excesiva y provenga de ahí la necesidad de aferrarse a cosas más sólidas. Y es que hemos sustituido a la religión por la tecnología.

Piénsese que si mañana mismo wordpress o bloguer deciden -por la razón que sea- cerrar el chiringuito (y esto no es tan disparatado, pues los anuncios insertados en los blogs -no en este- generan dinero en base a la apropiación de obras de terceros) todo esto se acabó, en un segundo.

Y lo peor de todo: sin que quedase lugar para la réplica, pues no se olvide que es un derecho que nos conceden gratuitamente y la misma generosidad que hoy nos convoca aquí, mañana mismo pueden virar hacia otras posiciones y dejarnos literalmente en cueros, sin que nos demos cuenta, en un segundo, igual que los bancos expropian sin miramientos las casas gravadas hoy con hipotécas insatisfechas.

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