Crítica y halago

1.

Todo el mundo sabe, o debería saber, que el mejor modo de acabar con el previsible crecimiento y la prospreridad del talento ajeno es a través del elogio desmedido. Las palabras, así, funcionan como gusanos: hacen morada en la mente del agasajado y desovan. Fin del talento. Aparece la (auto)complacencia y la falta de rigor.

No ocurre, sin embargo, lo mismo cuando se utiliza la crítica despiadada; sobre todo en los casos en los que se personaliza. Cuando la pasión destructora es tan feroz que invita a pensar en algo para-textual, sea eso animadversión al individuo, envidia, rencor, odio, desprecio; tanto da. Aquí suele suceder que la crítica hiere -puesto que justamente hiede-, y le destroza a uno momentáneamente el alma, porque la emponzoña. Pero todos hemos aprendido a tener un desatascador a mano para vaciar las aguas estancadas, y más pronto que tarde lo utilizamos. Entonces, no es que el injuriado se sienta más fuerte, según el dictum nietzscheano, sino que se activa su psicopatía y el desprecio, la animadversión, la envidia, el rencor, el odio reculan milagrosamente y explotan en la cara del insultador.

Lo que revela esto, así de primeras, son dos cosas: que aquellos que nos agasajan se creen más listos que nosotros, y aquellos que nos atacan despiadadamente, no nos temen, sino que temen que pongamos en evidencia su minusvalía. En cualquier caso, el objeto de las críticas es siempre, invariablemente, un espejo deforme de aquel quien se mira, y que alarmado por lo que ve, vitupera o grita, según sea la naturaleza bondadosa o mezquina de éste.

De ahí que se hagan necesarias las figuras públicas controvertidas; y no por sí mismas, sino por lo que de manantial de verdad tienen, ya que permiten descubrir las bajezas y taras de una sociedad en particular.

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2.

Decía ayer J. A. Masoliver Ródenas a propósito de la última novela de David Monteagudo:

“Desde la publicación de su primera novela, Fin, David Monteagudo (Viveiro, Lugo, 1962) ha despertado tanto entusiasmo como rechazo, sin que de ello haya surgido una estimulante polémica literaria. Unos se han limitado a ver una recuperación positiva de tradiciones perdidas y otros una regresión a la literatura rural”. [1]

[1] J.A. Masoliver Ródenas. El dominio del lobo. Cultura/s de la Vanguardia. nº 499. 11-Enero-2012.

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3.

En su última columna para El Culturalaquí-, el crítico barcelonés Ignacio Echevarría situaba el debate no en torno a los críticos literarios, sino más bien en el ámbito de los comentaristas de Internet. Echevarría, partiendo de la misma dicotomía mencionada con anterioridad, llama a cada una de las dos posturas trolls y mimosines, respectivamente.

De los trolls nos da una definición que recoge de la wikipedia y que dice así:

“persona que sólo busca provocar intencionadamente a los usuarios o lectores, creando controversia, provocar reacciones predecibles, especialmente por parte de usuarios novatos, con fines diversos, desde el simple divertimento hasta interrumpir o desviar los temas de las discusiones, o bien provocar flamewars (‘guerras de mensajes hostiles’), enfadando a sus participantes y enfrentándolos entre sí”.

Sobre los segundos, los mimosines, nos ofrece Echevarría una definición propia que es una variación de la que de los trolls ofrece la Wikipedia y que dice:

“[un mimosin es] la persona que sólo busca halagar su propia estima, generando complicidad y buena onda, y provocando de este modo reacciones predecibles, con fines diversos, desde la simple ostentación de buenos sentimientos hasta la fervorosa exaltación de una suerte de ecumenismo cuyo efecto más corriente es el empantanamiento de toda posibilidad de debate en una sopa boba compuesta a partes iguales de asentimiento indiscriminado, de cursilería moral y de autosatisfecha beatería”.

La conclusión de Echevarría es, a grandes rasgos, que los autores deben huir de “la zalamería” y “los lametones” de los mimosines, dice, para no perder su sentido de la (auto)crítica.
Sobre los trolls no acaba de pronunciarse, y apenas dice que quizá cerrando los foros y los comentarios de las webs se solucionaría el problema.

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4.

Pero dejémonos de abstracciones y demorémonos en un ejemplo concreto.

En una entrevista de Borja Criado al escritor gallego Celso Castro (A Coruña, 1957) para la revista Dylarama –aquí-, decía éste ante la referencia que le hace Criado sobre su abandono de la poesía a los 22 años  que:

“Estuve años sin escribir. Luego empecé a pensar en escribir una novela, pero no sabía cómo hacerlas.”

Y lo culmina de la siguiente manera::

“Al principio intenté una prosa elevadísima, con lenguaje de filigrana. Al tercer intento escribí la cuervo. (cuento que aparece al comienzo de el afinador de habitaciones)”.

Pero bien, todavía en su primera novela, Dos noches (Opera Prima, 2001) la influencia de la poesía es notabilísima. A este respecto dice Castro:

“Llevo mucho tiempo trabajando ciertas señas del estilo […] Conseguir naturalidad en la escritura es muy difícil”.

Desconozco si la novela Dos noches (la primera que Castro publicó con su propio nombre) tuvo poca, mucha o ninguna repercusión en la prensa, en el momento de su publicación; además, la editorial que la publicó hace años que cerró. En cualquier caso, se trata de la recepción de una obra en un periodo anterior a la eclosión de la crítica literaria de internet, y por ello nos va a resultar útil, puesto que no se da esa dicotomía que hemos mencionado, ni la del troll/mimosín, ni la del crítico destructor/crítico zalamero; no, al menos, en los términos actuales.

En fin, que el pequeño ejercicio que les propongo es el siguiente: a tenor de las manifestaciones de Castro y de todo lo referido con anterioridad, comparemos los dos inicios de las novelas Dos noches y la más reciente el afinador de habitaciones y tratemos de formularnos dos preguntas.

a)

———————Dos noches (Opera Prima, 2001) [pág 9]——————–

b)

———el afinador de habitaciones (Libros del Silencio, 2010) [pág 39]———

Bien, y ahora piensen si, de haber mediado cualquiera de los dos actitudes anteriores, tanto la de la crítica literaria del masaje y/o el ataque furibundo, combinado con la intermediación de los comentaristas de internet, tanto los halagadores como los trolls, se hubiera producido tal evolución en la narrativa de celso castro.

La respuesta queda para Vds.

Yo ya tengo la mía.

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