El sonido fundamental (del amor)

“gentileza, empezaré por esta palabra […] y después… ansiedad, muchísima ansiedad, infinita”. Así comienza el afinador de habitaciones (Libros del silencio, 2010) del escritor gallego celso castro. Y aquí se halla, en suma, no solo la definición de su estilo sino el motto central del libro: el descubrimiento de la experiencia adolescente, y no como una mejora o un aprendizaje prospectivo, sino como una liberación del yugo de esa memoria involuntaria que es lo que llamaríamos la “personalidad adquirida”, o el constructo social que es uno sobrevenido por unas circunstancias particulares. Y, ello, a través de la dicotomía: sentir / pensar.
El libro está protagonizado por un joven innominado de diecisiete años que nos dice: “lo que yo quería era ser distinto, diferente, diferente de los demás, y sobre todo, y si era posible, diferente de mí, de mi” (pág 79). Y esa voluntad halla su vehículo a través de la escritura: “así que me propuse, por medio de la escritura, hacer de mí un hombre nuevo, distinto” (pág 78) confiesa el protagonista central de el afinador de habitaciones. Sin embargo, cabría aquí un matiz. Lo leído no se corresponde con lo escrito, sino que lo leído procede del pensamiento del personaje, y que es una suerte de escritura mental. Es en ese sentido, una narración de referencias modernistas, joyceanas, pues. La base que motivaría la narración se halla en la insatisfacción del personaje, aquí: “nunca me he conformado con la verdad” (pág 151). Y su paciencia se justificaría no por el abatimiento, la pereza o el sinsentido beckettiano, sino más bien por “la falta de fuerzas” (pág 149).
Así, en su intento de buscar lo que él mismo llama “una literatura pura”, se diría que castro se alía fundamentalmente con dos autores: con Danilo Kîs y con Gesualdo Buffalino. El primero en cuanto a la búsqueda de un mitema, por así decir, contemporáneo (la afinación musical) y el segundo en cuanto al recurso del monólogo de la voz desesperada que canta y cuenta las pérdidas.
Porque son estas dos vertientes las que vertebran el discurso narrativo de castro; la dicotomía: sentir / pensar. De un lado, tenemos la imaginación, donde anidaría una felicidad hipotética –deseada-; un sentir de fuerte carga poética, y de aliento neo-expresionista, plástico. Tal estructura es utilizada por el personaje para relatarnos dos meses en los que es capaz de sentir “el universo entero y vivo fluyendo por mis venas” y de “sentirme aparte” (pág 141), gracias al enamoramiento de esther, su pequeña asíntota, una chica que era “como un arcángel” (pág 102). Esto viene aderezado por diferentes cuitas amorosas, la previa (con Rosalía, la camarera del bar donde va a beber cognac) y otra simultánea al romance con esther y que se da con la amiga de ésta, iris.

De otro lado, el pensamiento reflexivo provendría de la idea de la afinación. Expresada de la siguiente forma: hay un sonido fundamental (que no siempre es audible para el hombre, pero se sabe ahí, es insoslayable su presencia –aun pasando desapercibido-) y que, en principio, es el que determina al resto de sonidos, parciales, y cuyo conjunto determina(rá) el tipo de acorde escuchado. En el afinador de habitaciones se nos cuenta que tales sonidos afectan a nuestro sentir. Y cada habitación de una casa estaría dominada por esa nota predominante y cada ser humano sería también una caja de resonancia. esther estaría prometida con otro personaje llamado príncipe illich y a quien finalmente irá a buscar a san pertersburgo. El trabajo de tal príncipe sería el de averiguar el sonido fundamental de una habitación y para qué sirve y así modificarlo para beneficio de su habitante. No es baladí que castro recurra a la música, y sobre todo al sonido fundamental, dado que el musical es el más abstracto de los lenguajes. Así, en un momento dado – y no sin cierta sorna- escribe: “he oído decir que lo importante no es lo que sientes, que lo verdaderamente importante es lo que piensas” (pág 141).
La síntesis de ambas cosas (sentir / pensar) la encontraríamos en algo que dejó escrito Salvador Elizondo en sus diarios, pues que: “todos los elementos del universo contribuyen a la nostalgia de nuestra disolución”. En castro tal disolución es el amor, así se da cuenta el protagonista de que “en realidad, éramos nosotros [esther y él] los que estábamos afinados” (pág 108); un amor de aliento ingenuo, pero de esa ingenuidad nueva, del siglo XXI, y que Javier Gomá  llama “ingenuidad aprendida”.
La angustia existencial en el afinador de habitaciones es -más bien- liviana desesperación. O dicho en otros términos, se trata de un rasgo patológico de la personalidad del narrador y no sirve de la manera universal a la que nos tenía acostumbrados la literatura del agotamiento. Así, podríamos decir que ese pensar del narrador en “la absoluta inutilidad de todo” (pág 141) no es un constructo filosófico que se ratifique a través de la narración o acaso pueda designar un estado de cosas, sino que más bien depende del modo de vivir –y mirar- del personaje (y que es un modo eminentemente litearario), de lo que podríamos llamar su estilo de vida. Lejos queda la náusea sartreana aquí. Pues justamente, el personaje contra lo que guerrea es contra el hecho de que “mi vida no me necesitaba, que se vivía sola, independiente” (pág 117). Así, le sirve a castro el amor para (de)mostrarnos que su impulso no es solo capaz de armonizar los contrarios, sino de sublimar la angustia, volviéndola gentil, y –hasta- elegante.
Estructuralmente se nos demuestra esta idea en el encuentro que mantiene el protagonista con Ricky el cojo (págs. 118-131), un personaje que, dicho sea de paso, aparece en el relato corto que precede a la novela y que lleva por título “la cuervo”. Tal encuentro sucede en la habitación de un hostal y en él ambos personajes se dedican a fumar grifa. En un estado cuasi-catatónico, vemos cómo la conciencia del personaje protagonista crece y, de alguna manera, se nos revela tal cual es, pues se hace evidente la imposibilidad de que tal conciencia sea la de un chico de diecisiete años; se constata pues ese aprendizaje de la ingenuidad que referíamos antes. Al mismo tiempo, esta suerte de (hiper)conciencia sirve como amplificador musical de la tonalidad previa (el sonido fundamental), y castro potencia así estilísticamente la disonancia del (des)amor, ya que este encuentro sirve como preludio para la despedida final de los amantes y para el entretenimiento frugal –y ulterior-, por así decir, del personaje con la amiga de su amada huida, iris, en lo que él llama su “afelio de mi existencia” (pág 151).

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celso castro. el afinador de habitaciones, precedido de la cuervo (Libros del silencio, 2010). Barcelona.  157 páginas.

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