El azar y el deseo

Amin Nourani "Haiku nº 2" (2007)

Leo unos versos de la poetisa noruega Astrid Tollefsen que me sacan de mi aturdimiento (post)navideño. Dicen: “Algunas palabras / florecen tarde […] No esperes, canta / a la lluvia y a la hierba, / a las huellas invisibles / antes que el viento las borre” [1].

Y ahora pienso en estos versos porque me acuerdo de un texto temprano escrito por Marcel Proust en su juventud y que lleva por nombre “Vacaciones de Pascua” [2]. En él se nos dice que: “Extraordinaria cosa es un nombre, muy diferente de una palabra”. Y continúa: “Durante largo tiempo los nombres nos inducen a error; las palabras nos presentan de las cosas una imagen clara y usual […] cosas concebidas como iguales a todas las de su misma clase”. Para Proust la cuestión es que los nombres siempre marcan un abismo entre las cosas designadas, nos muestran su tremenda desigualdad, en tanto que las palabras nos sirven para representar la similitud de las cosas diferentes. Y ello, en última instancia, provoca que necesariamente la imagen que se nos da del concepto que representa la cosa esté forzosamente simplificada, pues su gran valor –por así decir- es su marca distintiva, su rasgo particularizador y que convierte a la cosa en instancia única y original.

Esa imagen simple que proviene de los conceptos emana de ellos mismos, de su sonoridad, brillantez o sombría, nos dice Proust. Sin duda, añade, una de las tareas del talento “consiste en dar a los sentimientos […] su alcance natural y verídico”. En otros casos, continua Proust, la tarea de la literatura puede ser “sustituir una expresión más exacta a las manifestaciones demasiado oscuras que nosotros nos damos de sentimientos que nos poseen sin que podamos ver con claridad”. Es decir, que la literatura (la creación y el juego con las palabras, no con los conceptos) sirve o bien para clarificar lo sórdido, o bien para revelar lo que de verdadero hay en la convención.

Y sigue Proust: “nuestra atención está en todos  los momentos de nuestra vida mucho más fija en lo que deseamos que en lo que vemos efectivamente”. “Be careful of words […] be gentle to them” decía Anne Sexton en su poema titulado Words, pues una palabra, nos confiaba la poetisa norteamericana, es igual que un huevo, debe ser tratada con cuidado, ya que una vez rotos, tantos los huevos como las palabras, son cosas imposibles de reparar. Esto no pasa obviamente con los conceptos.

Y aquí yace la razón de la prevalencia contemporánea del concepto por sobre la palabra, debido a su robustez.

Dice Proust que los sueños que uno pone adentro del concepto, del nombre, permanecen intactos siempre que sean resguardados herméticamente (hermetismo que preservan los eslóganes).  A esto Juan José Millás le corregiría que: “Todos los sueños se cumplen. Quizá no en quien los ha soñado, pero sí en otros” [3]. Así, es el azar quien se ocupa de que todos los sueños queden cumplidos (y ya se sabe que los sueños son siempre “conceptuales”).

Esta es la razón por la que hoy en día triunfan dos cosas: la lotería (los juegos de azar, en general) y la publicidad (el deseo). Ambos se fundamentan en conceptos herméticos, caracterizados por la lejanía respecto al sujeto a quien afectan / o afectarán . Todos tenemos un pensamiento o deseo vinculado a estos dos nombres, que por su propia constitución sugieren la posibilidad de una emotividad desbordada, sin límites. Y es que toda pasión está  fundamentada siempre en palabras envasadas al vacío, emociones e ilusiones que mantienen intactas para quien no las realiza, pero piensa en que algún día su realización será posible. Y, de hecho, lo es, pues siempre sucede que los objetos de la publicidad de lujo son disfrutados por alguien e inexcusablemente, como dicen los voceros de los mercadillos, la lotería “siempre toca”.

De todo ello se deduce que es más perentorio que nunca ponerse a regar en nuestra imaginación las palabras válidas, y no esperar sentados a que florezcan solas. O sea, decir, decir y decir; con cuidado y esmero y tacto, eso sí, pero también sin permitir que el riesgo a equivocarnos nos bloquee.  Es mejor equivocarse a tiempo que acertar cuando ya no importa.

 

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[1] Astrid Tollefsen,”Nombres como casas”, traducción de Margrethe Johannessen Kiil,  Incluido en  Les Cressons Bleus: Voces femeninas de la lírica noruega. Suplemento de la revista Cuadernos del matemático, nº 47. Getafe. Diciembre de 2011.

[2] Marcel Proust. “Vacaciones de Pascua”, incluido en Los salones y la vida de París. Ed. Espuela de Plata, Salamanca, 2011. [págs. 113-124]

[3] Juan José Millas. “Deseos”, incluido en Articuentos Completos. Ed. Seix Barral. Barcelona. 2011. [pág 68]

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