Tu (auto)biografía es todo cuanto escribes

Luis Camnitzer: "Real Edge of the Line that Divides Reality from Fiction", (1974-75)

1.

Cae en mis manos -de puro milagro- estos días navideños el primer libro de poemas de Pedro Casariego Córdoba, publicado en 1983 por la Editora Nacional. Lleva por título MAQUILLAJE (Letanía de pómulos y pánicos). Los versos me van brincando por la mesa según pasan los días. Los primeros fueron estos: “Nada tan ajeno / como una bandada de rosas”.

Ya había leído yo la obra completa de Casariego Córdoba, en una edición que hiciese Seix Barral hace algunos años; sin embargo, no es lo mismo. Lo decía Juan Ramón Jiménez. Y lo dejó dicho también Marcel Proust hace más de un siglo, al respecto de las catedrales, pues que “sólo cuando llenan el oficio para el cual fueron primitivamente destinadas, y aunque hayan de morir lentamente en su tarea, las cosas guardan su belleza y su vida” [1].

Así sucede con este librillo azulado, en un estado de conservación excelente; casi nuevo. Apenas 103 páginas. Con los restos de viejos pedazos de celofán, eso sí, en las contracubiertas. Es un libro que, en su momento, pagó La Caixa, para su uso en bibliotecas. Ahí lo encontré yo. Y estoy más que tentado de nunca devolverlo.

2.

Sigo leyendo (días después) y dice más adelante: “Ah lector / aprenderás a mojar las aguas / con tus cejas de carcajada / o con un poco de lluvia”. Y, de nuevo, una apelación: “Lector […] Me desfiguras”. Pero sigue: “la rosa que me cegó / me hizo rico / en tiempo para sufrir”. Hay entremedias cuchilladas, la ciudad de Hanoi, un submarino de la American Rose Society y pómulos que se juntan y se separan; jadeos furtivos al calor de la noche y algo de bronca desesperación.  Y una gasolinera Hell.

De repente, el aullar trunco de frases que se quedan a medias y que dejan la historia en un vacío reversible, hasta que llegamos al punto en el que “todavía tiembla la baraja de tus tiempos”. Y el protagonista (el yo poético) grita jubiloso: “Dios me ama / Dios ama mi enloquecer”. Y se pregunta Casariego Córdoba (o su alter-ego poético), “¿Te he entregado demasiado pánico?”.

Pero, de nuevo, la falsedad: el maquillaje. Así: “Tus ojos solo imaginan”

Y todo termina, a la vez, en una letanía y en un lamento. Rescato solo un extracto de la parte final:

“Oh, quiero congregarte en mí / quiero celebrarme […] quiero cabalgar tus pánicos / solitarios como mundos / solitarios como mundos / mis terrores y sus ciclos”

3.

En su ensayo Something Given (Reflections on writing), incluido en sus Collected Essays (Faber and Faber, 2011), dice el escritor inglés Hanif Kureishi que la experiencia es lo que ya ha pasado y que ésta comienza ya en tu propio hogar. El único tema válido para un artista, según nos dice Kureishi, es el siguiente: ¿cuál es el significado del ser humano? La personalidad, para él, en la literatura, lo es todo. Dice Kureishi que a los escritores a menudo se les pregunta si su trabajo es autobiográfico, lo que –para él- es una pregunta redundante y, en cualquier caso, extraña, pues de dónde sino del yo habría de proceder el trabajo del artista. En su opinión, tal pregunta reiterativa puede provenir tal vez de ese misterio nunca satisfactoriamente resuelto que es la transformación de la experiencia en representación.

El deseo del público de ver la ficción como una forma de autobiografía disfrazada le parece raro a Kureishi. Es como si se necesitase una línea clara entre lo sucedido y lo que fue imaginado posteriormente en la construcción de la historia. La cosa sobre la autobiografía, nos dice Kureishi, se podría resumir de una forma muy sencilla: hay gente que puede hacer unas cosas y otras no. Así, si todos compartimos las mismas experiencias, cómo es posible que haya gente que de ellas haga un libro y otra no. Su respuesta, no por sencilla es menos clarificadora: tal vez suceda que solo los escritores se toman la molestia de escribir esa misma experiencia de todos. Será una cuestión de talento, pues, ésta es su conclusión, ya que no se trata de una serie de hechos descritos tal cual, sino que siempre hay un misterio añadido e irresoluble.

Este talento tendría que ver con la siguiente paradoja: se ha de tomar uno el trabajo muy en serio, como si lo fuera todo en la vida, pero sin que esto sea demasiado, pues si uno no es lo suficientemente descuidado, la imaginación no funciona. El talento, así las cosas, sería la capacidad de lidiar satisfactoriamente con tal paradoja, ser capaz de mantenerse en pie en esa cuerda mínima e inestable situada por encima de un tremendo abismo.

En otras palabras, darse cuenta de que uno no tiene que descubrir una voz, la voz ya la tienes, es tu personalidad y proviene de tu experiencia. Lo único que tienes que hacer es “tomar posesión de ti mismo”, ya que el ser humano y el escritor son la misma cosa.

“Nosotros mismos creamos nuestra creatividad e imaginamos nuestra imaginación”, nos dice Kureishi. Y, así, en última instancia, la escritura “es un modo de tomar posesión del mundo”.

4.

A este respecto, y tras la lectura de Casariego Córdoba, pienso que los libros son un poco como la arbitrariedad de tus familiares. Tú no los eliges, pero sin embargo, su existencia modifica y condiciona la tuya. No puedes ser sin ellos. O mejor dicho: eres a su pesar, pues solo en el litigio es capaz uno de dejar fluir libremente su identidad, diferente de los demás, aun a pesar de estar escrita con los mismos elementos comunes con los que se construyeron inicialmente la personalidad de tus familiares.

Pues con los libros, lo mismo; todos ellos ya estaban ahí cuando tú viniste, son la familia del escritor. Tu estilo literario (el mío, el de todo escritor) no es ni más ni menos que una reordenación voluntariosa de ese canon con el que te encontraste según viniste (vinimos, vine) al mundo y su devenir constante, sus modificaciones, las idas y venidas de nombres que entran y salen de él (pues, se reconozca o no, todo escritor “toma posesión” del canon existente y lo hace suyo, lo individualiza, pues).

Por ello nuestra (auto)biografía se compone de nuestra biografía, que es su lado privado (ir a la compra, fregar los platos, dar un paseo, fumar un cigarrillo, lo que leemos, a quien amamos) y nuestra (auto)biografía, que es su lado público: todo lo que escribimos, sea sobre nosotros o sobre los demás.

Así, biografía tiene todo el mundo. Sin embargo, la autobiografía es privativa de los escritores. La autobiografía es algo que se construye (la representación) y la biografía es lo que se hereda (la experiencia).

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[1] Marcel Proust. “La muerte de las catedrales”, incluido en Los salones y la vida de París. Traducción de Eduardo Caballero Calderón. Ediciones Espuela de Plata. Salamanca. 2011. [pág 154]

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