Promesas

Reza Azinian, "Untitled"; from the Download series (2009)

1.

Veo estos días El sol del Membrillo de Víctor Erice (1992), basada en una idea de Antonio López, quien es, además, protagonista de la cinta. Bueno, o quizá no. Quiero decir que tal vez el verdadero protagonista sea ese breve lapso de unas pocas horas en las que el sol refulgente e huidizo se deja caer sobre el árbol de membrillos del chalet de Antonio López (y que este trata de reflejar infructuosamente en el cuadro en el que trabaja, primero al óleo y luego a carboncillo). La belleza, de naturaleza efímera, y la incapacidad humana no de aprehenderla, pero sí de apresarla.

El instante fugaz.

Me sorprende haber visto la película entera (en diferentes días, eso sí, a saltos), pues ya dejé escrita mi aversión al cine –aquí-. Será porque me gusta que la película le deje al espectador huecos para pensar, me digo, que haya en ella silencio; que Erice no se esfuerce por narrar, sino que sencillamente muestre el devenir del tiempo real de la vida y que la metáfora aparezca exclusivamente con el montaje final de la pieza y con la reflexión evocativa última de Antonio López. La vida que no cesa, que se perpetúa, que siempre ensaya una prueba más –a expensas de sus múltiples peligros. Y así el mejor arte (acechado éste también por la conspiración de todas las otras cosas): un fluir continuo que –a veces mejor, a veces peor- es siempre una promesa futurible.

Me gusta además la extravagancia del habla de López, ese modo vetusto de existir en consonancia con lo natural (a pesar de hallarse viviendo en Madrid); su idiolecto de Tomelloso, tan exótico, tan puro, tan (hiper)real. Esto me hace pensar en que ahí anida la razón del triunfo (relativo, claro) de productos como La hora chanante y Muchachada Nui. No hacen gracia, en realidad, sus chistes, ni la pretendida comicidad de sus parodias. Lo único es que su proceder es auténtico y proviene de una visión de puro secano que llama la atención de los espectadores no expuestos a tal modo de existir. Lo relevante es entonces que amplían el espacio de significación del humor incorporando el verismo de su propia individualidad.  Materialidad lozana y plástica es la suya. Y no tiene mayor virtud que la de ser fiel a sí misma, la de no dejarse contaminar. De ahí que cuando se ha trasladado a Museo Coconut suene tan falsa y recursiva (y soporífera) como el arte contemporáneo actual con el que pretende mimetizarse. Y de ahí, también, su fracaso.

Dicho en otras palabras: la genialidad de ese humor tiene unos límites breves, bien precisos; es un talento magnífico, pero que rápidamente se agota si trata de servir a otros propósitos que le son ajenos.

2.

Leo Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer (Ed. Periférica, 2011), del boliviano Maximiliano Barrientos (Santa Cruz de la Sierra, 1979). Se trata de la (re)acomodación y (re)escritura de dos novelas cortas primerizas del autor: Los daños (2006) y Hoteles (2007). El resultado son cinco cuentos, los dos últimos son el uno continuación del otro. El resto funcionan de manera independiente. Es un libro que se comienza a leer pensando en Alejandro Zambra, se continúa leyendo pensando en Lolita Bosch y lo termina uno acordándose de Javier G. Cozzolino.

A pesar de que he dicho que los tres primeros cuentos tienen una vida autosuficiente, no es menos cierto que parecen jugar al (auto)plagio. Y no sólo de motivos recurrentes, sino de ideas repetidas tal cual (la vida de uno vivida como un turista, la fascinación por lo alemán, la querencia por dejarlo todo e irse a trabajar de mesero a algún lugar desierto, etc), como si Barrientos quisiese evidenciar los mecanismos de su ficción. A este respecto es muy ilustrativo el cuarto cuento, que lleva por título Los adioses. En él, el escritor del relato (que no se identifica con el autor, sino que es otro personaje) juega con las notas a pie de página para reflexionar sobre su trabajo de narración con el propio cuento. De este modo para-textual se diría que Barrientos considerase el conflicto de que la ficción se utilice como remedo de la vida, de que el trabajo literario no biográfico acabe mejorando lo vivido. Al tiempo, Esteban Olivares (pues este es el nombre del supuesto escritor del relato) se pregunta el porqué de que una narración deba “dar la impresión de que los personajes son reales”. Dice, en otro momento Esteban Olivares: “la ficción como una casa poco sólida, una casa que cualquier viento puede derrumbar”, pero, sin embargo, también la escritura “como forma de conservación, como museo”. “Registrar […] registrar”, se propone, para confesarnos finalmente que escribe la vida de Sebastián (uno de los protagonistas del cuento) “que de hecho es borrosa y difusa y una burda parodia de la mía”. El recurso utilizado por Barrientos sirve ni más ni menos que para refrendar la veracidad de la escritura del texto y no así para la verosimilitud de la trama ni de los personajes.

Un modo ciertamente inteligente de dinamitar el tiempo mismo del relato para así expandirlo.

En el libro resulta llamativa la evolución en la focalización narrativa. De la omnisciencia de la tercera persona del plural que se utiliza en el primer cuento (“Primeras canciones”), de esos protagonistas afanados por saber qué fue mal (cómo se fue todo al mierda, dicen ellos), sumidos en un forzoso avanzar del tiempo, en el que los cambios que serán se intuyen, pero todavía no han sido, pasa a la tercera persona del singular en “Suerte”, con personajes que son “niños que no crecen. Que se quedan en una edad indeterminada”. De ahí muda al narrador testigo (“Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer”), también en tercera y, de ahí, a una suerte de manifiesto indirecto a través de los recursos meta-ficcionales (al modo de las notas a pie de página) y la tercera persona intra-diegética que narra alternándose con una selectiva, también en tercera, pero hetero-diegética (en “Los adioses”). El volumen finaliza con el último relato (titulado “Las horas”) narrado en primera persona del singular, intradiegético esta vez, y con un personaje que hermosea la vida, pero fijándose en la literatura, pues la protagonista (Raquel) está leyendo Las Horas. En otras palabras, que la amplitud primera de la adolescencia va acotando sus discursos hasta dejarlos exangües en una pautada línea recta. A este respecto es evidente la constatación del personaje de Raquel en el último relato cuando dice que “Acelero […] Si alguien en este momento me dijera podés cambiar tu vida por cualquier otra, podés retroceder seis años […] podés tomar otras decisiones, yo seguiría conduciendo. Mantendría este nivel de velocidad”.

En el libro vemos una prosa que tiene –a veces- como flatos, y así parece que le falte aire y le falle la respiración. Y vacila; destellos y briznas de talento, empero, nos deslumbran en momentos puntuales y sirven para que el minimalismo sintáctico que domina el estilo de Barrientos no nos acabe de ahogar del todo. No obstante, parece que la cosa no acaba de concretarse pulcramente (igual que en las mil horas muertas de la vida, en ese ir y venir errante de las insignificancias). Alentado por la intuitiva sensación de ampliación del espacio de lectura que dijimos antes, uno continúa, sin demasiada dificultad, también es cierto. Y lee y lee y se desliza suavemente por las 127 páginas del libro. Llegado el final uno debe de reconocer que la recompensa perfectamente amerita la espera. Y es que hay una imagen última que pone al lector en pie y con el vello de punta de pura emoción (esa emoción verdadera –inobjetable- que se nos ha esquilmado en gran parte de las 126 páginas anteriores).

Si abrimos el ejemplar con una tenue sensación de sospecha e incertidumbre y por momentos estamos tentados de dejarlo, lo cerramos con una gratificante sensación prometedora, la de confiar en un escritor que, con el ritmo de la vida, con ese otro nuevo intento que se renueva año a año (con tenacidad y constancia) nos habrá de dar más de sí de lo que ya nos ha dado hasta este momento.

Anuncios

Comentarios desactivados en Promesas

Archivado bajo Crítica literaria, Vida personal

Los comentarios están cerrados.