El mundo visto como hiato

Gabriel-Wormstein-“Mobilecorpse” (2011)

Decía el escritor aus­tri­aco Rudolf Kass­ner que “el camino que lleva de la intim­i­dad a la grandeza pasa por el sac­ri­fico”. Sin embargo, hoy da la sen­sación de que nos hemos saltado ese paso: el del sac­ri­fico; así, la grandeza, a lo que parece –según la proposi­ción kassneriana-, nos habría sido negada.

De ser así, esto expli­caría muchas cosas; fun­da­men­tal­mente una: la pro­vi­sion­al­i­dad del arte­facto artís­tico. Y digo bien: el artefacto.

Porque de la obra final­izada hemos pasado a la rep­re­sentación misma de la obra que, a su vez, trae la estela rui­dosa (como cola de latas pro­moviendo el fes­tivo rumor tras el coche de los recién casa­dos) a la proposi­ción de ésta, o sea: su idea. Y, hoy, casi que nos esta­mos quedando con esto último: con la frag­ili­dad de una ten­ta­tiva de idea que cada vez ve más lejana (e improb­a­ble) su hipotética mate­ri­al­ización en forma de obra pre­sentable en sociedad.

Si el arte ha sido con­ven­cional­mente un paso de lo pri­vado a lo público, una pub­li­cación de lo inves­ti­gado de man­era indi­vid­ual para ser eval­u­ado en la arena social, pero –nece­sari­a­mente– pre­sen­tado con sus mejores ropas, hoy nos hemos quedado con los meros esbo­zos de tal inves­ti­gación estilística.

A esto se refiere la idea de arte­facto; no solo a un objeto arti­fi­cioso y pre­cario, sino a algo emi­nen­te­mente frágil, debilu­cho (por su falta de razon­amiento y tra­bajo) que se pre­senta con la mayor impunidad y desvergüenza de man­era pública.

Se puede argüir que esto es causa de la frag­mentación de la vida, cuya evi­den­cia más noto­ria es la post-identidad, una iden­ti­dad hecha de peda­zos, la nues­tra: pro­vi­so­ria y sujeta al con­stante cam­bio según sus cir­cun­stan­cias y entorno. Y así, ello provo­caría –supues­ta­mente– las dis­con­tinuidades que dela­tan al mundo como algo mul­ti­forme, de esen­cia desar­ra­pada y cuyos lábiles jirones no podrían ser unidos sino con ese grito de alerta al que, sin mejor denom­i­nación a mano, lla­maré hiato.

La razón ha de bus­carse en la con­tinuidad, condi­ción no pre­cisa­mente post­mod­erna y que parece haberse vuelto inde­seable, pues val­ores como la entereza, la sen­satez, el buen juicio, pau­sado y franco, como es líc­ito suponer, andan bajo la sospecha de la ide­ología que sub­y­ac­ería a todo dis­curso –impositivo-. En otras pal­abras: las sutiles instan­cias coerci­ti­vas que el poder impone gra­cias a la suavi­dad del con­senso, empero con firmeza.

Así, ese hiato, ese grito bruto, casi ani­mal con el que se sep­a­ran las partes con­sti­tuyentes de un con­tinuo, fun­cionaría como alerta com­pren­si­ble con­tra tal lin­eal­i­dad del dominio del /los poderoso/s y que es el dip­tongo en el que se venía basando la his­to­ria del arte.

Decía Wal­ter Bejamin que “los hara­pos, los deshe­chos, esos no hay que inven­tar­los, sino dejar que alcan­cen su dere­cho de la única forma posi­ble: empleán­do­los”. Este era el pro­ced­imiento que el arte fue adquiriendo en la época primera de su (pos)autonomía comien­zos del siglo XXI: el catál­ogo, la mues­tra de los boce­tos y ten­ta­tiva de dis­curso, la propia doc­u­mentación de la preparación de la obra o la sim­ple difusión de los titubeos de la idea, se ceñían a este pro­ceder que, en su base, tiene como fun­da­mento el intento por des­ga­jar lo totémico y, en espe­cial, la per­son­al­i­dad egocén­trica del indi­viduo de la mod­ernidad y la obra enten­dida como ente cer­rado y singular.

En su recoger los jirones, se pro­dujo el esce­nario per­fecto para que de él surgiese un ren­o­vado interés estilís­tico por el frag­mento lit­er­ario. Aunque no lo parezca, y esto pueda pare­cer irónico, el frag­mento pugnaba (y pugna, aunque no lo quiera recono­cer) por la esen­cia de las cosas, en el sen­tido del arqui­tecto catalán Gaudí de no copiar las for­mas, sino la esen­cia de éstas. Pero, con una par­tic­u­lar­i­dad que tam­bién con­tem­plaba el mismo arqui­tecto, al decir que, en oca­siones, la lit­er­al­i­dad es la mayor de las infi­del­i­dades. Es decir, que se pro­cede copiando la esen­cia de un modo no literal.

Esto sig­nifica que el frag­mento actúa, de alguna forma, manip­u­lando lo esen­cial de la per­son­al­i­dad y de los hechos nar­ra­dos, que ya no nece­si­tan ser juz­ga­dos con la sev­eri­dad de lo cierto, sino que su hal­lazgo poético es el hecho de lla­mar la aten­ción sobre sí mismos.

Y aquí es donde yo creo que nos hemos equiv­o­cado, es decir, que lo hemos inter­pre­tado mal, porque la grandeza que se con­seguía antañola mirábamos a través del sac­ri­fi­cio de la culpa, un sac­ri­fi­cio judeocris­tiano; hoy, en cam­bio, deberíamos mirar la grandeza de un texto a través de la inmo­lación lit­er­aria del frag­mento, de su sui­cidio, por así decir.

Y es de lo más lógico, si se piensa, pues la única sal­ida del ensimis­mamiento en el que estaba la nar­ra­tiva sería a través de la “acción física del pen­samiento”, ver­bigra­cia: el grito. Ahí es donde actu­aría el hiato, con­tra la idea lin­eal y paci­fi­cadora del dip­tongo, lo orde­nado, lo sereno y lo justo.

El frag­mento ven­dría a recu­perar la vida tex­tual a través de su (des)fragmentación, al modo del tra­bajo, por ejem­plo, del artista Gabriel Vorm­stein y, en espe­cial de su obra Mobile corpses, que parte de la idea del ensayo del arqui­tecto Adolf Loos “Orna­men­ta­tion and crime” de que la orna­mentación torna fútiles los obje­tos; y, aún más, de que les con­fiere una suerte de inmoral­i­dad degen­er­ada (aso­ci­ada nece­sari­a­mente a su con­texto que, para nosotros siem­pre será pre-moderno, pues para el artista actual todo lo que le pre­cede es prim­i­tivo y antiguo).

Lo que hace Gabriel Vorm­stein es que (de)fragmenta imá­genes icóni­cas del siglo XX y pro­duce en ellas una alter­nación his­toricista, mutando sus col­ores, despedazando las for­mas y (re)incorporándolas en espa­cios nuevos, actuales y prop­i­cios para que se genere un nuevo dis­curso (ojo, no una nueva inter­pretación, ni una praxis con­tem­poránea, sino un ver­dadero motifque sirva para hablarnos de los temas que ahora nos com­pro­m­e­ten como ciu­dadanos del siglo XXI).

Así, Vorm­stein mantiene la esen­cia de los obje­tos pasa­dos pero provo­cando un loop en la his­to­ria, pues su repli­cación del seg­mento provoca un cues­tion­amiento de los val­ores sobre la orig­i­nal­i­dad de éste, ya que, des­ga­ja­dos de su orna­mento con­tex­tual, se tor­nan puros; así el artista les devuelve la moral­i­dad per­dida y la tan cacareada dis­tin­ción entre el orig­i­nal y la copia carece de todo sen­tido porque, siendo cosas en esen­cia iguales, son for­mal­mente autónomas.

Para que esto se pro­duzca, no obstante, no es sufi­ciente con que se rompa con la con­tinuidad del texto lit­er­ario, ni tam­poco que se pro­ceda al modo del remix, pues aunque estos son pro­ced­imien­tos nece­sar­ios no son sufi­cientes para crear ese loop que hemos men­cionado antes. La nar­ra­tiva con­tem­poránea ha tratado de crear este efecto a través del recurso de la (meta) nar­ra­tivi­dad del dis­curso, pero, a mi pare­cer, los resul­ta­dos son todavía balbuceos.

Una de las instan­cias posi­bles para con­seguir esto sería tal vez el intento por ampli­ficar la fuerza cor­pórea del verbo, que, como en un grito de rabia, no sólo lla­maría la aten­ción sobre el mismo frag­mento, sino, algo más impor­tante, pro­duciría la tan nece­saria “fisi­cal­i­dad” de la que adolece la nar­ra­tiva hoy. Desplazando la orig­i­nal­i­dad del sig­nifi­cado vetusto de cada acción, sería la lit­er­atura capaz de crear una expec­ta­tiva, una espera, que daría cuenta de la sus­pen­sión móvil en la que el caos de nue­stro mundo nos arroja y, así, a fuerza de vaciar al logos orig­i­nal de su utopía, con­seguiríamos crear si no un sig­nifi­cado nuevo, sí un leve desplaza­miento que se instaurase en el pre­sente, nue­stro presente.

Ten­dría la nar­ra­tiva –igual que ocurre en la pin­tura de Vorm­stein– no que dar cuenta, pues, de unas acciones descritas al modo visual, sino tratar de que esas acciones se pro­duz­can ver­dadera­mente en el texto nuevo, no bus­cando la (re)conceptualización sino su (re)diseño espa­cial. El loop entonces con­siste no en la repeti­ción exacta del gesto de una escrit­ura pretérita (ni en la forma de la ale­goría, el calco de una estruc­tura de género o la mime­sis de prác­ti­cas aje­nas a la lit­er­atura), ya que, como dice Damian Tabarovsky el doble (la copia) es “una utopía desqui­ci­ada” [1] que se resuelve en un pare­cido siem­pre casi per­fecto, que no llega nunca a ser lo uno, sino lo otro.

Se trata de que el verbo diga lo que ya dijo, pero no como si no quisiera decirlo (y aquí yace la gran paradoja post­mod­erna) sino afir­mán­dolo con toda su ultra­jante indi­gnación; es decir, en su des­garro: su pura e ine­ludi­ble frag­mentación en la que ha de arder, como en una pira funer­aria ese “sub­lime de las cosas de nada, de la nadería, de la triv­i­al­i­dad; lo sub­lime del detalle insignif­i­cante, de las pequeñas for­mas, de la repeti­ción y la variación en la repeti­ción. Lo sub­lime repet­i­tivo, lo sub­lime de la banal­i­dad” [2], sobre lo que la nar­ra­tiva ha de aler­tarnos a través del grito, del hiato, pues, dando a enten­der que así es nue­stro mundo, un mundo pro­ducto de la ver­bor­rea incans­able de un ser humano que se ha quedado ya sin metá­foras, un mundo cuya paupér­rima lit­er­al­i­dad parece ser su única historia.

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[1] & [2] Damián Tabarovsky. Una belleza vul­gar (Caballo deTroya, 2011). [págs. 89 & 120]

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*Este texto ha sido publicado en la Revista Cultural de la Universidad Autónoma de Puebla (México) [01-Diciembre-2011] –aquí

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