El lector utópico

Hay días en los que no apetece escribir demasiado, sino leer. En silencio. Son días que se acumulan uno junto a otro: uno, dos, tres, cuatro, y ya vamos camino del quinto, y yo sin darme la menor cuenta.  Embebido de páginas extrañas que han cogido asilo en mí, repartidas solidariamente por entre las horas de los días últimos, cuatro que casi llegan a ser cinco.

Unos días en los que, como mucho, te dedicas acaso a tomar algunas notas, a  ir pensando, pero no mucho, apenas nada, sin querer desgastarte, temiendo -encima- que las ideas leídas en las páginas se contaminen primero de las tuyas propias y, finalmente, estas últimas desplacen a las leídas; un temor estúpido, seguro, puesto toda página inteligente, al final, formará parte de lo mismo, de esa vida real que es la esperanza, y que cita José Angel Valente acordándose del poeta Aragon en su Diario anónimo [1].

Han sido, pues, estos unos días en los que la lectura no ha servido como forma de escritura ajena (ah, la gran falacia de los vagos), sino un soliloquio de palabras extrañas que he ido llenando -como bien he podido- de respuestas imprevistas, al buen tun tún, tratando de rellenar esos vacíos en los que el forastero (el que se dice escritor y se queda agazapado en las esquinas de las páginas que uno lee) aprovecha para respirar.

Y es que temía perderme de la utopía.

Dice Andrés Trapiello en una de esas cientos de páginas leídas:

“El escritor es aquel que se parte en dos: el que siente y el que padece. El que padece o sufre, sólo puede sufrir. Sólo el que siente es compasivo y comprensivo con el otro.” [2]

Y, así, lo mismo con el lector.

Se padecen las páginas de los otros al disfrutarlas, pues uno no quiere comprender al otro, ni ser empático; nada de eso. Aceptar libremente lo que los otros nos dicen, sin rechistar, eso es lo que yo he hecho y lo que hace el lector utópico, dando por válido todo lo dicho en las páginas, sin oponerles ninguna resistencia, sino abriéndoles todo mi corazón como el que deja que el enemigo se apropie del territorio todo, sin oponerle batalla, dejando pacer con autonomía y en libertad a sus tropas. Así, no he ido sino sobreviviendo por largas horas en esa extraña forma de sufrimiento que es, de primeras, la lectura.

Que se trata de un padecimiento y no de un disfrute (ciertos estilos de lectura) lo demuestra el hecho de que éstos se justifican muchas veces al decir que los libros nos dan eventual compañía y plácido sosiego, calor e inapreciable estima.

Le decía Carmen Martín Gaite a Juan Benet en una carta escrita en 1964:

“Siempre he pensado que la literatura tiene como una de sus más altas misiones la de fabricar utopías. Me irrita mucho que esa manada de jóvenes neopositivistas estén hurgando siempre en la pregunta de que para qué escribe uno. La primera y más hermosa utopía de quien se pone a escribir consiste precisamente en inventar a ese lector al que nunca se ha visto ni se verá la cara” [3]

Al padecer las páginas de los otros uno se convierte en un lector utópico.

De hecho, habría que decirlo mejor, reformularlo: todos somos lectores utópicos en potencia.

El que seamos capaces de ejercer como tales, no depende de nuestra voluntad en cuanto lectores, ni tampoco de ese horizonte de expectativas del que habla la estética de la recepción, sino más bien, de la voluntad de aquel que escribe, y de su determinación.

La cuestión de la negociación y/o la oposición del lector con lo leído, así como los juicios estéticos y la crítica literaria profesional, son todo cosas que suceden a posteriori.

De hecho. se podrían producir (tanto el juicio y la crítica, e igualmente la negociación y/o oposición) sin la existencia previa de esa lectura utópica.

Esto es razón suficiente como para sospechar que de lo que más se habla no es necesariamente ni lo único ni lo mejor que existe.

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[1] José Ángel Valente. Diario Anónimo (1959-2000). Edición de Andrés Sánchez Robayna. Galaxia Gutenberg. Barcelona. 2011. (p. 64).

[2] Andrés Trapiello. Salón de pasos perdidos, Vol. 10 (Las inclemencias del tiempo). Ed. Pre-textos. Valencia. 2001. (p. 287).

[3] Carmen Martín Gaite-Juan Benet. Correspondencia. Edición de José Teruel. Galaxia Gutenberg. Barcelona. 2011. (p. 38).

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