La palabra pintada vs. El videoclip escrito [Cuarta parte]

Por situar de inmediato el trabajo de Matías Escalera Cordero (Madrid, 1956) con apenas un par de coordenadas, para que así el lector acote el terreno en el que nos movemos, diré que hay en la narrativa de Escalera Cordero algo de happening, en su intento de que el resultado de su arte sea tangible. Así, siguiendo lejanamente la idea del grupo japonés Gutai, especialmente del artista Shozo Shinamoto, Escalera Cordero tomaría el motivo de mostrar “directa y concretamente” los sentimientos, y no de manera indirecta o abstractamente.

De otro lado, el aliento que golpea sus textos provendría, en mi opinión, de Fichte, de aquella famosa idea de que el hombre, más que un actor, es acción continua, y que para alcanzar su pico debe generar y crear constantemente [1]. Con ello, es un trabajo incesante, el de Escalera Cordero, de constitución algo fabril (consecuencia del homo faber), si se quiere, en un puro sentido mecanicista y rotativo (pues se mueven sus observaciones a un ritmo histérico e inagotable –desesperanzador, a veces- bien parecido al de la vida moderna).

Así, su narrativa corta (Escalera Cordero es también autor de la novela Un mar invisible, publicada en 2009, y de varios poemarios) tendría un afán de lo que en las performances del subgénero del arte postal se refiere como “turismo”, y que tiene que ver con la experiencia relacional del arte en alianza social con la vida, en un intento de transformar las sensibilidades de la gente, sacando a la superficie lo que se halla latente. Esto en Historias de este mundo tomaría la forma del foco de la cámara que se va moviendo por diferentes lugares de la ciudad (y de diferentes ciudades, no siempre explicitadas) y “escucha” lo que dicen esas gentes que va encontrando a su paso, de una manera más o menos azarosa.  Cada uno de esos “decires” de la gente (o relatos) sería un mensaje, que igual que hacían los artistas postales al mandar cartas a un desconocido, promoviendo así la ampliación de la Eternal Network, aquí se lanzan las misivas a las calles y avenidas del mundo, en idéntico intento de reunir milagrosamente las contradicciones del mundo.

Así, Historias de este mundo refiere una serie sucesiva (pero inconexa) de imágenes fragmentadas (erráticas, no-significativas, pero sí significadas: cargadas de ideología y discurso –de diferentes ideologías y discursos-), vistas a través de una lente rota, como si mirásemos desde una vieja cámara defectuosa. Son, por ello, jirones dispersos y vagos del mundo y tienen, por esta razón, un aroma (a)literario, como de (post)literatura, pues no se gobiernan los textos –exclusivamente- por las leyes de la estética, sino que se (con)funden con la vida misma de los personajes que hablan y actúan en los relatos.

Porque los 32 textos que componen Historias de este mundo (Baile del Sol, 2011) son un compendio de voces, una amalgama imposible (como imposible es la vida) de desgracias, llantos, gritos y demandas y variopintos yugos y sometimientos, pero también de algunas alegrías mezquinas e incluso de jocosas parodias. Y lo que empuja al escritor (pero también a sus personajes actantes) es un intento de nombrar las cosas de la vida, pero las cosas que afectan personalmente a sus gentes. Y esta matización es importante, pues en algún sentido, operan los textos tratando de evadirse del sistema mercantilista del capitalismo ficcional (no dejando que las cosas estén más que a título nominal), y así trama Escalera Cordero una literatura sin personajes ni peripecias ni más corporeidad que su propio aliento: una literatura de meras voces.

Unas voces que no pueden pertenecer a una novela coral pues ellas mismas niegan el (posible) acomodo social de sus tonos, se resisten al civismo. Así, todas las voces que pueblan los textos o bien reniegan o conspiran contra los demás –o contra sí mismos-. Ello produce en el lector la sensación de estar escuchando “voces en la oscuridad”, como si las gentes de la narrativa de Escalera Cordero hubiesen sido devueltos a la primitiva cueva de donde la civilización les había permitido salir y en su hablar, más que buscar el futuro, recordasen -de una extraña y peligrosa manera- un presente en constante fuga.

Estructuralmente, los textos proceden de manera preferencial al modo del giro sorpresivo en los últimos tramos. No sorpresivo en el sentido del efecto dramático o la información inédita o nueva que se nos ofrece, sino revelándonos la condición individual del carácter de un personaje o la tragedia (muchas veces prevista) de una situación en particular. Y es aquí donde se halla la mano del escritor, en este presentar de entre todas las cosas el detalle perturbador, que (re)significa lo dicho por la voz, en cada caso, pero también en la “dosificación proyectiva” de la información que nos es dada. En otras ocasiones, la mano del escritor se presenta también sirviéndose de un registro plural, un nosotros que afirma la convención, la tradición o el latir del sentido común y que funciona tanto de muro de carga sobre el que yacer, como de instancia censuradora y/o represiva contra la que luchar.

Según nos dice el propio escritor en la introducción, hay en su praxis literaria una “pulsión narrativa: desentrañar los discursos mentirosos con los que se ha construido –por amontonamiento histórico- la realidad [nuestra realidad]”. Y su arma es el mostrar. Estilísticamente, y también en opinión del autor, se relacionarían los textos con Juan Ruíz, con el Lazarillo y Cervantes, Latréamont, Kafka, Céline, con Karel Capek, Córtazar y Borges e incluso con Juan Perucho. Lo cual es cierto, pero no es toda la verdad. Porque puede que el aliento de éstos sobrevuele los textos, esto es innegable, pero no es menos cierto que, finalmente, los textos poco tienen que ver con sus modelos y las poéticas de sus autores.

Siendo que el afán de Escalera Cordero es el de dejar abiertos los textos, perdidos, vagando sobre un trapecio dialéctico, estos se emancipan de sus influencias y toman rumbo incierto. Además, también se detecta cierto aroma bernhardiano e incluso (y creo que a su pesar) del primer Foster Wallace y de la así llamada por James Wood “narrativa histérica”.

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Matías Escalera Cordero. Historias de este mundo. Ed. Baile del Sol, Tequeste (Tenerife), 2011, 212 págs.

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[1] Isaiah Berlin. Las raíces del romanticismo. Madrid. Taurus. 2000. [p. 125]

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FURTHER READING:

La palabra pintada vs. El videoclip escrito [Tercera parte] (19-Junio.2011)

La palabra pintada vs. El videoclip escrito [Segunda parte] (21-Febrero-2011)

La palabra pintada vs. El videoclip escrito [Primera parte] (20-Febrero-2011)

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