Un mundo sin metáforas [Divagación quinta ]

1.

La hipérbole es una figura literaria consistente en aumentar o disminuir la verdad de lo hablado o lo dicho, con el propósito (en principio, literario) de que en el lector quede una impresión díficil de olvidar, más centrada en la acción de lo hablado o dicho, que no en la cualidad intrínseca de tal acción.

Hoy, en las comunicaciones publicitarias, es moneda común la hipérbole, y así goza actualmente la hipérbole de la superioridad de crédito del que antaño gozó la metáfora.

El así llamado pomposamente “El premio increíble” –aquí-, promovido por la marca de portátiles Axus, es un buen ejemplo de lo que decimos.

Se trata de incentivar a personas de todo el mundo a que compartan sus supuestas historias excepcionales (¿?); de todas ellas, se seleccionará una por país y, de entre todos los países participantes, el ganador podrá contar con la ayuda de un equipo profesional para convertir su historia en un cortometraje.

A los seleccionados de cada país se les hará -asimismo- entrega de un portátil de la serie N de Axus (coste de mercado: entre 1200 y 1500 euros).

Lo interesante del asunto, empero, es justamente la presentación del supuesto “proyecto” y su (auto)consciencia de excepcionalidad, con su intento de provocar en los individuos participantes la sensación de ser no representativos, sino únicos en su cotidianidad.

Así, la base del proyecto querría ser solución a la dicotomía que plantea José Manuel Mora Fandos en su libro Tan cerca, tan bella (Isla de Siltolá, 2011):

“Nuestra existencia actual nos lleva a una toma de decisión, en medio de una dicotomía estética y vital: por un lado sentimos el empujón romántico a realizar experiencias estéticas que conviertan nuestra vida en algo extraordinario, haciendo valer lo nuevo, lo diferente, lo ligero […] Y, simultáneamente, sentimos el tedio y el aburrimiento de una vida cotidiana, ordinaria, repetitiva y arrastrada, que tampoco podemos ni queremos vivir” (p. 30) [el subrayado es mío]

El así llamado Premio increíble dispone a la manera de la constelación (o rizomática) los diferentes elementos que constituyen su “trama”.

Antes que nada -y como cara visible-, tenemos al bobo ejemplar, un cantante de fuego de campamento hiperbólicamente convertido  en un filántropo, Jason Mraz, y que sirve de gurú y guía.

Para amplificar la idea de la supuesta “artisticidad” del proyecto, contamos con “Socios creativos” (no son empleados de la compañía, o free-lances subsidiados, qué va, son “Socios Creativos”).

Y, por supuesto, como parte estrella de toda la parafarnalia publicitaria tenemos el producto que es realmente lo que queremos mostrar.

En el texto breve que acompaña a “El premio increíble” –aquí-, si se fijan, se destaca el concepto “increíble” hasta siete veces (más el adjetivo calificativo del del título del texto, o sea, ocho) [en rojo], contrastando con los conceptos expresados en los cuadrados amarillos en un maridaje imposible.

La hipérbole no sólo ha desplazado a la metáfora, sino que -además- en su insidiosa reiteración, convierte el arte de la comunicación en un tartamudeo.

Como ejemplo, tomemos el colmo ya del paroxismo hiperbólico; el concepto: “Más increíble”.

2.

Defendía con fiereza Juan Benet en su escritura -y particularmente en sus Ensayos de incertidumbre (ed. Lumen, 2011)- el eterno retorno de la metáfora y ese “componente de arbitrariedad de toda creación artística” [1].

Y es verdad que la metáfora existe hoy en ciertas manifestaciones del arte comercial, en el cine, por ejemplo. A este respecto conviene prestar atención a unas declaraciones que hiciese recientemente el director de cine Nacho Vigalondo.

Decía éste que:

“Tengo miedo de que ahora se nos demanda posicionarnos de esa manera y creo que no es positivo en absoluto. Con esta película [se refiere a Extreterrestre] me han preguntado si de alguna manera he querido hablar de la crisis: que si crisis de valores, que si crisis económica… El cine de George A. Romero tiene para mí menos agudeza desde el momento en que a George A. Romero se le exige saber qué metáfora está llevando adelante con cada nueva película de zombis. En el momento en que él es ya consciente de qué metáfora tiene que subyacer en la película, notas que hay un peso que ya le hace cagarla. No sé en qué momento de la historia del cine se empezó a considerar que era bueno que nosotros supiésemos de qué estábamos hablando. Y hemos llegado al punto demencial de que películas comerciales de evasión o el cine de explotación operan desde esa consciencia del tema. Incluso desde la explicitud absoluta: hasta en ‘Batman’ los personajes son ya conscientes de qué parte de la metáfora representan. Debemos relajarnos y dejar que, si lo que hacemos tiene peso, sean las propias películas las que se lo ganen: no los mensajes que vamos incluyendo.” [2] [el subrayado es mío]

La autoconsciencia de la retórica consume, pues, su propio discurso; le ciega.

O, dicho de otro modo: vuelve el mensaje tartamudo, inútil, negándole su propio alcance y radicalidad.

Esto, como se comprenderá fácilmente, es un claro efecto de la sobreinterpretación por parte de la alta cultura académica (o pseudo-académica, más bien) de sub-productos genéricos del mercado del entretenimiento.

Así, lo que hoy llamamos metáforas son más bien hipervínculos que linkean lo representado hasta volverlo (auto)representación e inevitablemente (auto)parodia.

Tal estado de cosas, en mi opinión, tiene que ver con lo que Peio Aguirre llama “capitalismo de ansiedad” y que ha colonizado no sólo al individuo sino a los contenidos de la narrativa del discurso de los individuos dedicados a la creación artística

Dice Aguirre:

“Vivimos en una sociedad donde a pesar de los avances en la información, la comunicación global, se nos exige constantemente que actuemos, se nos pide un acto presencial. Estar allí, desplazarnos a este o aquel lugar para auto-representarnos. Los efectos de esta demanda son corporales, quedan grabados en el cuerpo y en la psique. La misma idea de actividad y trabajo se han visto afectados, no por la falta de trabajo o el desempleo, sino por la búsqueda de sustitutos o ficciones que aparenten ser trabajo y que, en última instancia, nos alivian de la ansiedad de la performance, auto-representación” [3] [el subrayado es mío]

En otras palabras, una de las consecuencias de la post-postmodernidad (para el arte) ha sido la de llevar a los personajes de las creaciones artísticas más allá de la consciencia de quien los ha creado y así, más que al modo de los personajes de Pirandelli o acaso los de Unamuno, que se comportan como personajes errabundos, los personajes de las narrativas contemporáneas fingen -de manera hiperbólica- el trabajo de ser personajes, lo que acaba teniendo unas consecuencias brutales para su descrédito como entes de ficción.

La consecuencia última de lo expresado hasta el momento es que las narrativas literarias actuales están incapacitadas para convocar en su despliegue más que la superficialidad de la propia planicie de la metáfora que quieren representar y, así, tanto las tramas como los personajes, en su entropía hiperbólica retornan -de manera inevitable- a la planicie argumental, psicológica y actal, convirtiéndose en un catálogo descriptivo de nomenclaturas.

– – – – – – – – – – – – – – – – – –  –

[1] “El eterno retorno de la metáfora”. Vicente Molina Foix. Babelia/El País. 17-09-2011.

[2] Nacho Vigalondo en entrevista con Hernán Migoya. “Vigalondo, hasta las trancas”. El Mundo. 15-10-2011.

[3] Peio Aguirre. “Capitalismo de Ansiedad”. Crítica y Metacomentario. 10-04-2011.

– – – – – – – – – – – – – – – – – –  –

FURTHER READING

Un mundo sin metáforas – Divagación primera [20-Agosto-2011]

Un mundo sin metáforas – Divagación segunda [08-Septiembre-2011]

Un mundo sin metáforas – Divagación tercera [14-Septiembre-2011]

Un mundo sin metáforas – Divagación cuarta [05-Octubre-2011]

Anuncios

Comentarios desactivados en Un mundo sin metáforas [Divagación quinta ]

Archivado bajo Un mundo sin metáforas

Los comentarios están cerrados.