Regateos y disfraces

1.

Me llama la atención que tanto cuentistas como diaristas anden siempre a la gresca por definir el espacio, las dimensiones y las características de su modo de escritura.

Pero esto no sucede con la poesía, más viva, eléctrica e informe.

Ni tampoco sucede esto con la novela, igualmente viva, electrica e informe.

Claro que hay quien sigue preguntándose qué es una novela, pero cuestionar su forma, su modo de escritura, no es uno de esos escollos que deba rebasar teóricamente quien la practica, como si parece ser el caso de los diaristas y los cuentistas. Además (pero esto lo dejaremos para otro día) sería fructífero un pormenorizado análisis de esos diletantes (sobre todo argentinos) que llevan, al menos desde hace una década, tratando de proponer una jurisprudencia para la novela. Me refiero a bucear por ver sus razones y aclarar la legitimidad de sus discursos.

Por dejar solo un apunte yo creo que se debe – y gran culpa tiene la soledad del académico- a un intento por socializar el hecho de la crítica, que deviene en un estiramiento gimnástico hacia la teoría. Un intento, por así decir, de buscar una razón compartida, pero que tiene más -en verdad- de compartir fracasos hermenéuticos que no de construir razones, pero en fin.

Pienso también en la tradicional deriva de los poetas hacia la filosofía y de los novelistas hacia el ensayismo, cosa que no se produce -en general, claro que alguna excepción existe- con diaristas y cuentistas, como una de las razones que explicarían lo dicho hasta ahora.

No será necesario profundizar, creo yo, en el hecho de que el cuestionamiento poético suele formar parte de las estrategias discursivas propias de la retórica y el cuestionamiento metaliterario no es sino el ejercicio de estilo para un estética particular.

Cuando hablo del cuestionamiento de su hacer en cuentistas y diaristas hablo, como ya comprenderán, de otra cosa bien diferente y que tiene que ver con la esencia misma de su materia prima.

2.

Cae en mis manos el último libro de Leopoldo María Panero escrito al alimón con Félix J. Caballero. Lleva por título La flor en Llamas  (Ediciones Casus Belli, 2011). El libro es más bien flojo, de circunstancias; como aquel que dice.

Sin embargo, me llaman la atención unos versos, dicen:

“Mi memoria quema y la vida quema

Y arde el mar” (p. 48).

Pensando en ello, veo a ambos poetas recitar poemas de su libro conjunto Apocalipsis de los dos asesinos en un vídeo grabado en 2007 en la cafetería El esdrújulo de Las Palmas de Gran Canaria –aquí-. Y acto seguido continúo con el proyecto de videocreación de Elba Martínez que lleva por título Merienda de Negros y que tiene por protagonista al propio Leopoldo María Panero (parte 1 / parte 2 / parte 3 / parte 4 / parte 5)

Así las cosas, la impresión que se me queda viva en el ánimo es la relación intrínseca de todo lo visto con un pequeño pasaje que he leído estos días en la obra Point Counter Point de Aldous Huxley (Vintage Classics, 2004) y en la que Walter -uno de los protagonistas- habla de Marjorie, su amante, embarazada de un hijo suyo; de esta dice:

“For Marjorie had a retentive memorie and had formed the habit of learning the great thoughts and the purple passages by heart. It had taken Walter some time to discover the heavy, pathetically uncomprehending stupidity that underlay the silence and the quotations. And when he discovered, it was too late” (p. 13)

La estupidez patética y atónita con la que no solo Marjorie sino el propio Leopoldo María Panero mira(n) el mundo y al que trata(n) de impresionar con sus vetustas citas lacanianas o no, ya con jirones y apestosas, en un estruendo de estentóreos fracasos.

3.

Por suerte, se puede ser feliz todos los días.

Sólo hay que proponérselo; cuestión de obstinación. Escoger bien, pasar de puntillas sobre el erróneo sentir del poeta ya consumido (pero dar cuenta, siempre dar cuenta de las cosas funestas que nos ocuparon el tiempo ido) y echar la vista atrás, o hacia otro lado: hacia el lugar mejor de cuantos se nos ofrecen a la mano.

Con ello, consigo además poner en claro mi idea de la que poesía y narrativa más o menos larga (más larga que el relato corto, en cualquier caso) son géneros no sólo híbridos, sino que se complementan a la perfección, sin tener que recurrir a la autojustificación, ni menos al exordio o al arrobo por la osadía de su existencia.

Me viene al pelo con un texto rescatado de 1967-70 del poeta heleno Yannis Ritsos (Monemvasia, 1909 – Atenas, 1990) recién publicado por Acantilado (en edición bilingüe griego/castellano) y traducido muy bellamente (no puedo juzgar su adecuación con el original, pero sí su resultado) por Selma Ancira y que lleva por título Crisótemis.

Crisótemis es el nombre del personaje que habla durante todo el texto (apenas 111 páginas, incluidas las dos versiones), identificada sencillamente como “la anciana Señora” y a la que una joven periodista va a visitar con el pretexto de que le hable de “su libertad pura, silenciosa y solitaria”. Así, pues, el texto en su conjunto (excepción hecha de una breve introducción del narrador y el final igualmente mentado por el narrador, quien nos dice que “el día en que se publicó la entrevista, había muerto la vieja Señora”) toma la forma de un largo monólogo, en el que “la novia sin casar” en su actual estado de no esperar ya nada, nos habla de su vida pretérita, de los pájaros, las espigas, la noche, los cerros y de la “interminable quietud” del silencio; también de su familia, su hermana que temía que las ratas se comieran su cabello, su hermano, su madre o su “maestro”.

“Se fueron todos”, nos dice Crisótemis, “ahora estoy aquí y veo y olvido y recuerdo”, y en su recordar confiesa que no se ha cansado de mirar, pero que, sin embargo, no ha aprendido nada.

Su largo monólogo sirve para dar cuenta de como Crisótemis ha conseguido “la no-esclavitud” a través de la “rendición total”, no dejando entrar la electricidad a la casa, desplazándose para “inmoviliza[rse] en un mismo lugar” y como así ha conseguido ser toda ella silencio y ser, al tiempo, parte del silencio.

Su retraímiento procede de la fortuna de saberse privilegiada, confiesa, y así sabe a su alrededor siempre “una luz ambigua: coronada de luz en mi abandono, / en mi soledad / en mi insignificancia”. Se queja, sin embargo, de la fatigosa reiteración de la vida, lo que al final le ha llevado al silencio, pues: “La / única forma de libertad / sigue siendo el silencio”

Se sabe una persona castigada, Crisótemis, pero eso no le aflige, pues en su opinión “sólo los castigados / crecen correctamente -aunque no lo parezca- / conservando hasta el final / todos los estadios de su desarrollo”.

El mitema (y disculpen el ejercicio libre de extrapolación) de esta suerte de fábula contemporánea, al estilo lírico, sublime y de gran hermosura, queda encerrado en la siguiente reflexión (que sirve al tiempo de poética de Crisótemis):

“La palabra precisa que nosotros pronunciamos

está dirigida sólo a nosotros mismos o,

por lo menos,

sólo nosotros la escuchamos con precisión. Todo lo

demás

no son sino grandes o pequeños pretextos, regateos,

disfraces.”

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