Carta (abierta) a un lector desconocido

Ya sabrán algunos de Vds. que desde hace varios meses vengo ocupándome de escribir notas de actualidad para la revista mexicana Hermano Cerdoaquí-, donde reflexionamos brevemente sobre asuntos contemporáneos y hacemos recomendaciones de lectura como complemento a lo que publicamos en la revista, tratando de abrir un mínimo debate intelectual o acaso de satisfacer la curiosidad del lector.

Pues bien, hoy me hago eco –aquí– de la aparición de la nueva revista argentina En ciernes (Epistolarias), una revista que pretende rescatar el modo espistolar como forma válida para la discusión intelectual y el pensamiento.

El procedimiento de la revista, como explican sus editores es el siguiente:

“la trama de En ciernes comienza con un tema y una carta. El destinatario responde, pero a otro, y así sucesivamente hasta que el círculo se cierra y quien envió la primera carta, recibe la última”.

La revista En Ciernes lleva dos números, uno dedicado a los trenes (abril-2011) y otro al extranjero (de próxima aparición).

Yo, por mi parte, me voy a permitir comenzar con una trama nueva mi ficticio número  (nº X, pongamos) que llevará por tema “la indignación”. Como se trata de enviar una primera carta a alguien desconocido, cualquiera que leyese lo escrito, sírvase de continuar la rueda, y así siga enviando cartas a otras personas.

Veremos si el experimento fructifica y acaba llegándome a mí una última carta.

En fin, ahí va la misiva:

 

Barcelona, a 26 de Octubre de 2011

 

A/A Quien corresponda:

Presupongo que no se le habrá pasado por alto, querido lector, este clima hostil y guerrero, batallador y de “cruce de navajas” que parece haberse desatado en el mundillo literario, especialmente en el español, pero no exclusivamente, pues muestras de tal soldadesca furiosa se destacan infames en diferentes puntos de Latinoamérica.

No es necesario, y sería penoso, además, comenzar a dar nombres y ejemplos y llenarlo todo de vínculos, y a fe que –seguro- Vd. atento lector de la contemporaneidad ya tiene si no todos, sí algunos de esos nombres –acaso los más relevantes- bien frescos en la cabeza.

Déjeme decirle que está sucediendo, a mi modo de ver, un espectáculo grotesco y sardónico que encierra una terrible verdad: la intrascendencia del arte literario en el siglo XXI.

Provocaciones gratuitas por parte de diferentes agentes del sistema literario español (escritores, periodistas, editores y críticos) que alientan a la jauría de algunos pocos lectores y otros escritores, periodistas, editores y críticos que aprovechan la impunidad del anonimato para ajustar cuentas pendientes.

En el mejor de los casos, las maquinaciones dicen ser expuestas por el bien de la literatura. Pero esto es una tontería, ya lo sabe Vd. lector, porque todas estas maquinaciones esconden intereses privados, bastante vergonzosos por cierto y que, si Vd. quiere detenerse un momento a evaluar la dimensión en su conjunto, no le pasará desapercibido hacia qué dirección caminan. Son movimientos demasiado obvios, éstos de los de escritores, críticos, periodistas y editores. De eficacia muy marginal, también ha de decirse, pues a nadie más que a otros escritores, críticos, periodistas y editores importa y compete.

Pero algo en particular me gustaría resaltar sobre estos hechos que nos ocupan, querido amigo, y es la estructura misma de estos movimientos estratégicos. Si se fija, ninguno de ellos apela al sentimiento o al razonamiento cabal. Son meras puñaladas rápidas que dejan un reguero copioso de sangre, tras haber sido extraído con celeridad el filo del cuchillo de la carne herida. En términos estrictamente aristotélicos, son puro lance patético, la forma más vil de emocionar al lector/espectador.

Es decir, incluso las malas artes para la calumnia del prójimo en el ámbito literario se producen con una mímesis estructural de los modos audiovisuales, especialmente de la publicidad, que pugna por afectar la impresión inmediata del lector/espectador; así, igual con toda esta retahíla de provocaciones –bastante gratuitas- que venimos viendo en los últimos meses en el sistema literario español, y un poco (menos, es verdad) en el Latinoamericano.

No se discute ya de literatura, como habrá podido comprobar, amigo mío, sino contra la literatura. O más específicamente, contra un tipo particular de literatura, lo cual causa el efecto no deseado de anular la otra literatura, la buena, la que todavía existe escondida en los canales más marginales. Porque, aunque no lo parezca, hay –debe de haber- (¿lo hay?) un gran núcleo silencioso de escritores que siguen peleando duramente con el verbo y la sintaxis, sin dejarse arrastrar por el fulgor de neón del vanidoso teatrillo ambulante de variedades y que, justamente por ello, se quedan sin la atención de los editores, críticos, escritores y lectores.

Supongo (así me gustaría pensarlo, querido amigo) que algo se podría hacer al respecto, así sea pedir clemencia y demandar que no haya más ruido, por favor; comenzar una campaña por la salud acústica en el mundo de la literatura, no sé.

Solamente quería manifestarle mi perplejidad e indignación frente a este hecho molesto que creo que perjudica a todos los agentes del sistema, pero muy especialmente a los lectores serios y a los escritores serios.

Confío, querido amigo, que sabrá Vd. darle algún tipo de resolución a esta incomodidad mía o acaso sabrá disponer mi indignación a alguna autoridad más competente en el asunto y que pueda dar remedio legal o ético a tal estado de cosas.

Sin otro particular, se despide su amigo -no sin mandarle antes un afectuoso saludo.

 

 

J.S. de Montfort

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