Competitividad vs Competencia

Franzen & Foster Wallace en la presentación de Infinite Jest (1996)

1.

Leo con una mezcla de melancolía y pena el artículo Just kids que sobre la amistad entre Eugenides, Franzen y Foster Wallace publicaba Evan Hughes en la sección de libros del New York Magazine  el pasado 09 de Octubre –aquí-.

La historia de amistad entre los tres, pero especialmente entre Franzen y Foster Wallace es difícil, una amistad llena de meandros, rencores y malentendidos, pero también de amor y excelencia. Es decir, que competían literariamente -y literalmente- por ser los mejores, por demostrar la máxima competencia literaria.

Es el único modo, pienso, en el que un sistema literario puede prosperar, a través de la envidia y el rencor. Lo que pasa es que en el caso de Wallace y Franzen ese odio potenciaba lo mejor de sus cualidades, fortalecía la vocación de cada cual, apremiándola para que diese lo mejor de sí.

En España, en la segunda década del siglo XXI, nos encontramos con un sistema radicalmente diferente. No en sus modos externos, claro, pues siguen siendo igual el rencor, el odio y la envidia los que mueven a los escritores. Pero sí que hay una disconformidad en los presupuestos de sublimidad y en los que habría de basarse la disputa.

Así lo que tenemos es un sistema en el que los escritores son competencia unos de otros, y ellos lo saben, y se aplican así a pelear al modo de las trifulcas callejeras, no demostrando que son los mejores y que, por ello, merecen figurar en un lugar preeminente, sino que se postulan (sirviéndose del marketing, gracias a los “atentados simbólicos) a los diferentes medios y actores del sistema como dignos (o potenciales) traídores, gente dispuesta a lo que sea por ocupar esas pequeñas parcelas de poder reservadas para ellos por los amos del castillo (editores, medios de comunicación, agentes editoriales, etc).

2.

Y esto, me parece, tiene que ver con otra diferencia añadida que es la que enfrenta a la emoción y al sentimiento.

Tanto en la sentimentalidad posthumanista de Wallace como en el realismo trágico de Franzen, hay una convición y un modo de estar en el mundo, creencias congruentes con la forma en la que la literatura incide -según ellos- en el mundo.

Es decir, que ambos confían en el poder de la literatura.

Quizá el estado de cosas en el sistema literario español se deba a que se ha cedido vilmente al yugo del consumo y, por lo tanto, se manejen los escritores con sus normas. Así, se han rendido a tratar la literatura como objeto de intercambio mercantil y, por lo tanto, le han esquilmado la capacidad para mantener un sentimiento de manera prolongada en el tiempo. En otras palabras: igual que cambiaron competitividad por competencia, han cambiado sentimiento por emoción.

No se trata pues de concebir libros que se mantengan de manera autónoma  y para los que se crea un suerte de “vida espiritual” con la que el lector pueda o no comulgar, al menos dialogar, sino que, al convertir los libros en objetos de la emoción (y, por lo tanto, del impulso) se limita su efecto exclusivamente al momento de la compra.

Así, los escritores no pelean hoy por dar evidencias de que su libro es el mejor de entre todos los que se publican en su lengua y dando a entender que esta deba ser la razón para que su libro sea el elegido por los lectores, sino que pelean por demostrar que los libros de los otros son peores que los suyos y, así, bien a través de la vejación o bien a través del silencio, procuran que no sean los libros de los otros los elegidos por los lectores.

Y eso, a mí me da bastante pena y melancolía, porque pienso que siendo de la otra forma, justo de la manera inversa, no solo saldrían ganando los lectores, sino los mismos escritores.

Tal paradoja, pues, es para mí incomprensible, puesto que preferiría obviar (y tomar por falso) aquello que dice el poeta Jose Antonio Moreno Jurado, pues que:

“Todo es mentira en el mundo de la literatura. Nada significa la creación misma si no hay amistades e intereses que la salven del no conocimiento. Mejor, todo es mediocre, ramplón y vergonzoso” [1].

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[1] José Antonio Moreno Jurado. Aracne. Paréntesis editorial. Alcalá de Guadaíra (Sevilla). 2011. (p. 228)

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