¿Es útil el talento individual para los usos del pro-común?

1.

Leo al crítico inglés Herbert Read cuando dice que:

“el talento y las habilidades que adquiera una persona son propiedad suya: la contribución de ésta a la riqueza común. La sociedad debería estar organizada de modo que garantizara la máxima utilización de esta riqueza inherente” [1].

Me parece razonable, lógico, pero no acabo de ver que eso sea lo que sucede en la actualidad.

Sigo leyendo a Read, y éste apostilla entonces:

“en una economía que ya no sea competitiva, en la que los mayores rendimientos de la producción sean distribuidos sabia y equitativamente entre toda la humanidad, la razón sí tendrá su oportunidad” [2].

Debe ser por eso, igual, me digo, que al ser nuestra economía todavía una basada en el lucro y la competición, el talento personal no sirve para la conversación en Internet, especialmente en las redes sociales y en muchos blogs donde -casi- todo es ruido y existe el lucro sentimental (una competición del afecto, si se quiere), y así el talento individual queda como flor bella que yace indolente al borde de la carretera, sin que se le preste atención.

Esto vendría refrendado desde diferentes posturas. Por ejemplo, con la opinión del director de cine Arturo Ripstein –aquí– quien dice que “el amor es una emoción antisocial”. Si vemos esto al calor del concepto isomórfico de habitus de Loic Wacquant y que también trabajará Bordieu, que se presupone que es :

“the way society becomes deposited in persons in the form of lasting dispositions, or trained capacities and structured propensities to think, feel and act in determinant ways, which then guide them”

veremos que va a ser difícil hablar de un lugar donde la razón “tenga su oportunidad”, según Read; pues Internet, como una mala poesía del romanticismo decadente,  da la impresión de estar inflamada por la emoción, de regirse por incansables flujos de contagios emocionales y por la tiranía del efecto instántaneo de una empatía ínfima (e infinitesimal).

2.

Cambio entonces de libro y de temática y me voy a uno de economía política, por ver si se me aclaran un poco las cosas.

Leo a José Luis López Aranguren cuando este dice que:

“El Estado debe limitar -no por la prohibición, sino mediante fuertes gravámenes- los gastos antisociales, la publicidad chocarrera y desencadenada, la dilapidación individual y favorecer, en cambio, las actividades y servicios sociales, la salud pública, la instrucción, la educación para el tiempo libre. En suma, lo que los escolásticos llamaban, con expresión hoy desgastada, el “bien común”, debe prevalecer por encima de las ganancias o beneficios de las “grandes sociedades” y por encima también de un Estado concebido como poder y dominación”   […] también la democracia política -una democracia compatible con un poder ejecutivo eficaz- tiene que ser promovida; es decir, organizada socialmente. Y esto mediante el fomento, a la vez teórico y práctico, de una auténtica educación política y mediante la socialización, sin estratificación centralizadora, de la enseñanza y de los medios de comunicación de masas” [3]

Se diría que la Internet entonces sería una buena arma para instar a los pares a socializar y a que se fomente un relación sin capas, entre iguales, pues, en la que todo se base en el bien común, eso que  Antonio Lafuente –aquí– llama Procomún y define de forma muy sencilla como “los bienes que son de todos y de nadie al mismo tiempo”.

Fomentar usos y modos para que se garanticen de manera universal una serie de cosas que nos pertenecen a todos  (y en las que, fundamentalmente, se basa la cultura) parece buena idea. Pero la pregunta sigue siendo la misma, en una sociedad cuyas bases estructurales para la distribución y validación del talento están siendo demolidas, ¿qué hacemos con el talento individual? ¿cómo conseguimos, en palabras de Read, la “máxima utilización de esa riqueza inherente” en el entorno de Internet?

Y otra pregunta más: ¿puede ser realmente útil el talento individual para los usos del procomún en el ámbito caótico de la web?

3.

Doy un nuevo salto, y trato de buscar una respuesta en la misma Internet.

En el blog del poeta José Manuel Mora Fandos –aquí– habla éste de sus clases de escritura y da cuenta de cómo sus alumnos ratifican que a nadie en este país se le ha enseñado a utilizar las reglas de puntuación.

El problema es entonces que todas esas personas inhábiles al respecto de las reglas de puntuación que escriben en Internet (supuestamente contribuyendo al pro-común) de una manera abúlica y descontrolada, son las que dominan lo que hoy se llama (con cierta fanfarria) “la comunicación global” y serían las creadoras de ese “conocimiento de todos y para todos”, de ese espacio -supuestamente- horizontal donde lo que es de todos se debate, cuestiona, organiza, rehace y optimiza.

Pero, un momento, fíjense en lo que dice Mora Fandos:

“La puntuación, hablando con mayor propiedad, corresponde a la escritura; y alguien que puntúe bien -que se valga de todos los alfileres, agujas finas o esparteras, hilos de seda o de algodón, bolillos y ganchillos para dibujar hilvanes y encajes-  es alguien que razona muy bien. Y muy bellamente.”

Es decir, que los españoles no hemos sido entrenados en las competencias de la puntuación. Por ello, quien no supla tales carencias de manera autónoma y autodidacta o recurriendo al profesorado privado, se vería -en principio- impedido para ser un interlocutor válido, pues siendo sus maneras de escritura débiles, así sería igualmente su pensamiento y sus razones.

Pero, claro, nos encontramos con la realidad de que es ese gran número de personas que escriben en Internet (sin saber de puntuación, sin expresar bellamente sus ideas y peleando competitivamente en la búsqueda de afecto) son quienes se supone que están ya creando activamente eso -sea lo que sea- que llamamos procomún.

Y en este estado de cosas, me sigo preguntando lo mismo que al principio, ¿qué hacemos con el talento individual? En un entorno bullicioso, de constante sedición emocional, ¿cómo garantizamos la continuidad, independencia y crecimiento del talento individual? Y todavía más, ¿cómo garantizamos algún tipo de remuneración (basta con que tal gratificación sea su visibilidad) hacia el pensador original, el escritor de calidad en un entorno regido por las reglas de un pro-común que parece más una suerte de vietnam sentimental que no un lugar para la reflexión cabal y el debate (no la pelea ni el conflicto) constante?

 

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[1] & [2] Herbert Read. “La política de lo no político”, incluído en Al infierno con la cultura. Traducción de Magalí Martínez Solimán. Ed. Cátedra. Madrid. 2011. [pp. 101 y 103].

[3] José Luis López Aranguren. Ética y política. Ed. Biblioteca Nueva. Madrid. 2011.  [p. 207]

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