Mujeres que fuman

Tiene razón Paz Balmaceda (Santiago de Chile, 1983) cuando dice en el prólogo al libro La mampara (1946), de la escritora chilena Marta Brunet (1897, 1967), que su escritura:

“no aporta soluciones, sus mujeres no son heroínas ni resuelven sus situaciones”.

Y tiene razón porque eso es exactamente lo que nos encontramos en La mampara (Barataria, 2011): un relato apenas esbozado sobre vagos perfiles de tres mujeres, una madre y sus dos hijas, cuya vida ha sido lastrada por “la súbita muerte del marido” (p. 51), “la repentina muerte del marido” (p. 48).

La novela daría cuenta de ese “después” errático en el que las tres mujeres se hallan tras haber perdido el faro (económico) que -supuestamente- las guiaba.

La mampara simbolizaría –hipotéticamente- la separación (física y emocional) entre las dos hermanas, y así igualmente serviría –hipotéticamente- como metáfora de la vida privada del hogar en el caso de Ignacia Teresa, que vive una “manera tranquila de deslizarse por la niñez y la adolescencia” (p. 51)  y la vida pública (o el recuerdo infausto de esa feliz vida pública) de Carmen, ocupada ahora en la “sorda lucha con que mantiene su posición social” (p. 109). La preocupación de la madre, consecuentemente, se cifra en un adecuado “porvenir para las chicas…” (p. 52).

Esa es la hipótesis, pero lo que de verdad hay en La Mampara no es esa duplicidad simbólica que acabamos de mencionar, sino más bien un desorden extático. Así, a La mampara le ocurre lo que a una de las hermanas, Carmen, pues que:

“No le caben dentro tantas cosas. Parece que fuera a estallar algo en su cerebro” (p. 104).

Y es que la novela peca de esa desmesura de la que ya acusó a la autora Gabriela Mistral, un desenfreno aquí sintáctico, descriptivo y emocional (forzado por un proceder abiertamente sinestésico). La novela entonces, se convierte en un “suspenso  […] resonando en ecos quejumbrosos […] donde repercute todo como en un cuarto desmantelado” (p. 49).

Así, asistimos atónitos a ciertos chispazos de belleza, es cierto, pero también a trazos de desusada galanura en el uso de modismos algo cursis que se envalentonan en una prosa, las más de las veces, si no decorativa sí de semejanza metafórica bastante forzada, trufada de enálages e hipálages servidas no siempre con tino.

Además, tiene Brunet un afán tremendo por buscar la infinidad metafísica en lo trivial, a fuerza de animismos y personificaciones. Y, ello, sin que tenga relación alguna con la trama, la mirada de algún personaje, o el desarrollo de acción particular ninguna. Es decir, sin venir a cuento.

Un par de ejemplos:

“El gato está echado en el suelo, con el vientre contra las losas, apegado a su calor. Se diría que no tiene patas, o que las hubiera guardado dentro de sí, y que sólo fuera una piel de brillante negro, con la cola a la larga extendida. Todo él inmovilizado en la bienaventuranza” (p. 43).

“El gato medita, adherido al piso que no tiene ya el halago de lo caliente, largo a largo extendido, con, el moscardón entre las patitas delanteras, el moscardón inmóvil, haciéndose el muerto, jugando también su juego. El gato medita: llevarse el moscardón arriba es tarea difícil. Quedarse allí con el rumor del agua que lo escalofría, y lo molesto de los golpetazos con que se remueven los mueblas, no resulta grato. ” (p. 46)

En otras palabras, La Mampara tiene hallazgos interesantes (poéticos, sobre todo) que quedan opacados por su afán acaparador y su velocidad desenfrenada. Comienza con un estilo directo que relata el “pequeño drama” (p. 41) de Ignacia Teresa y que consiste en una leve demora en la salida del trabajo y que le imposibilita para llegar a tiempo de almorzar en casa (sic). Se rehúye aquí la confrontación entre los personajes lo que incapacita al lector para que se conmueva, dado que las tragedias mentadas lo son de puro nominal.

Entreverado con el relato directo aparece una suerte de perspectivismo (la madre, el gato) que pronto evoluciona a un narrador intradiegético (Carmen) que comienza a soltar nombres en lo que se convierte en una marabunta de personajes apenas referidos (que en su vaguedad confunden al lector) y que provocan que se pierda cualquier tipo de asidero. Ello explota finalmente en una pirotecnia de emociones  loquísima narrada al estilo indirecto libre y que, por momentos, coquetea con el flujo de conciencia à-la-Djuna Barnes.

En mi opinión el valor de La Mampara es testimonial del estilo que Marta Brunet seguiría en la segunda etapa de su carrera, donde aparecerán ya obras de mayor envergadura y calidad, pero aquí la cosa se encuentra de manera embrionaria, vacilante y, como en bruto, siendo la última parte de la novela, la referida al personaje de Carmen, la más interesante y la de mayor calidad literaria (más sugerida que palpable, eso sí).

Me llama la atención que se haya elegido esta novela de Brunet para su publicación en la editorial Barataria, en contra de la novela Humo hacia el sur, libro publicado el mismo año (1946) y que da título a la colección de vanguardia en la que está insertada.

De todos modos, sepan que Humo hacia el Sur, al igual que toda la obra de Marta Brunet se puede leer íntegramente –y de manera gratuita- en Internet gracias a los esfuerzos de la Universidad de Chile, aquí.

Siendo así, uno también se pregunta, ¿no habría que incluir una suerte de estudio crítico para que la publicación tenga un valor añadido?

2.

La otra novedad que nos ofrece la colección de vanguardias latinoamericanas Humo hacia el Sur de la editorial Barataria es Personas en la sala, de la argentina Norah Lange (1905-1972), quien fuese esposa de Oliverio Girondo. De hecho, la obra está dedicada a éste, con las siguientes palabras:

“A Oliverio Girondo, poeta auténtico y entrañable”.

Personas en la sala es una novela basada en algo muy sencillo: una impresionable jovencita de 17 años que mira a la casa de enfrente donde tres rostros yacen incólumes cada tarde, “tres rostros claros que parecían vivir a gusto” (p. 13), tres “mujeres de treinta años” (p. 23), solteras y hermanas y que “fuman incansablemente” (p. 107).

El disparador de la acción, por así decir, es la aparición de un “caballo muerto en medio de la calle” (p. 16), y una noche de tormenta en la que un relámpago hace que la protagonista descubra su reflejo en el cristal y, a través de él, lleguen a ella los rostros hasta entonces desconocidos de sus tres vecinas, que aguardan sentadas en la sala de la casa de enfrente.

A partir de ese momento, la protagonista comienza a interesarse obsesivamente por ellas.

La protagonista, una jovencita soñadora, solitaria y de rica vida interior, que sólo cree “en las vidas inútiles” (p. 96), tiene un hábito que la delata, y es que es una lectora entregada. Así, a la caída de la noche, la protagonista baja a leer a la sala de su casa, pero enseguida se ve vencido su interés lector por la “costumbre de vigilar la casa de enfrente” y es que, nos confiesa: “a cada instante necesitaba levantar la vista para observarla [la casa]” (p. 27)

Tras un largo encierro, decide salir a la calle y en la estafeta de correos se encuentra con sus tres vecinas. El sobresalto sucede cuando al hablar una de ellas con el empleado de correos para las gestiones propias del envío de un misterioso telegrama, se revela su voz “igual que la mía, yo, repetida” (p. 34), nos dice la protagonista de Personas en la sala.

Finalmente llega el momento de cruzar la calle para ver a esas “tres mujeres de blusa blanca que, al atardecer, bebían discretamente una copita de licor” (p. 63). Ya en la casa de las vecinas, su primera sensación es la de que “me pareció que yo no estaba allí sino en mi casa” (p. 70).  No debe pasar por alto el lector esta indicación, pues aquí está ya la clave de la resolución de la novela.

A partir de que entabla conocimiento  con sus vecinas, las visitas suceden cada dos o tres días, y la novela zigzaguea en una nebulosa donde más que personajes de carne y hueso, sentimos la presencia de arquetipos literarios, planos y esquivos, que no sirven sino para potenciar las divagaciones de la protagonista, pensamientos que oscilan entre el amor y el odio hacia los sujetos de su curiosidad y estudio y que son, a su vez, proyección de sus propios miedos y debilidades juveniles.

A ello contribuye la inconcreción de los parlamentos de las tres solteronas, que rehúyen los datos, los nombres, las fechas y de las que la protagonista siquiera acaba sabiendo sus nombres.  Otro hecho que ha de alertar al lector para la justa comprensión de la novela es el hábito de las tres solteronas de “referirse a sí mismas” (p. 81); y aún más, una pista ya definitiva, cuando la propia protagonista nos confiesa: “qué raro escribir de noche” (p. 117).

El cuestionamiento vital del personaje que guía la novela ha de verse al calor de la formación del carácter de la protagonista, quien pugna por hacerse una personalidad; así los tres rostros de la casa vecina servirían para el desdoblamiento de la otredad, una excusa que le sirve a Lange para poder “hablar de la muerte, de amores a destiempo, de suicidios, de exasperadas soledades” (p. 88). Al mismo tiempo, contribuye al propósito del cuestionamiento de la desidia femenina, que se vería evidenciada, de un lado, por su encierro en el hogar y, de otro, por los hábitos irrenunciables de las mujeres solas.

Al hilo de esto, nos confiesa en un momento dado la protagonista:

“con frecuencia me asaltaba la idea de que yo también, poco a poco, llegaría a parecerme a esas personas que ocultan algo y que van a todas partes, a veces humildemente, pero casi como aferrándose a ese pequeño y orgulloso consuelo que implica repetirse” (p. 87).

Todo ello provoca que la protagonista sienta que le asaltan una serie de emociones para las que ella cree que “tal vez no estuviese preparada” (p. 50).  La valoración de tales sobresaltos afectivos hace que por momentos la novela se vuelva morosa, pero es inevitable para conseguir el tono de sopor, estancamiento y tedio que viene ensayando desde el comienzo.

Todo ello contribuiría al leit motiv que atraviesa la novela:

“uno se entristece para morir alegremente” (p. 120).

Hacia el final de la novela descubrimos que la protagonista se ha encerrado en su cuarto y que está escribiendo unas “páginas para darme importancia” (p. 124)

Su familia, preocupada, viendo que la tristeza se está adueñando de ella, decide mandarla a Adrogué durante cuatro días para que se recupere. A su vuelta, el lector se encontrará (igual que ella) con una sorpresa que tal vez ya viniese intuyendo. Sorpresa que, obviamente, preferimos no desvelar.

Es cierto que la supuesta anagnórisis última de la protagonista sucede de un modo demasiado fulminante, pero en fin de cuentas se le disculpa por todos los aciertos que tiene el libro, ilustrados con una cadencia como sonámbula, de parasomnia, más bien, que es estilísticamente notable.

A mi parecer tales logros son la indagación sobre el poder de la mirada, el preguntarse sobre el modo a través del cual las cosas vistas, inventadas o soñadas, nos acaban perteneciendo de una manera privada, insoslayable y única y la certidumbre de que tales cosas vistas, inventadas o soñadas pueden ser difícilmente compartidas.

También la reflexión sobre la tendencia humana a darse a la tristeza, a esa parte fantasmagórica –y funesta- que todo ser humano alberga y que, de no ser manejada artísticamente (verbigracia, sublimada), le puede conducir a la muerte.

En fin, dos testimonios pioneros que nos recuerdan el largo y tortuoso camino que ha debido transitar la mujer para poder explorar y hacer pública su subjetividad, y las dificultades literarias que, para tal fin, se han tenido que ir superando, paulatinamente.

 

 

 

 

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Marta Brunet. La mampara. Ed. Barataria. Barcelona. 2011.

Norah Lange. Personas en la sala. Ed. Barataria. Barcelona. 2011.

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