El por qué de la necesidad de tener que imaginar trágicamente la realidad contemporánea


Leo que en sus Cuadernos anónimos (Galaxia Gutenberg, 2011), José  Ángel Valente dice que “La realidad y sus realismos suelen ser el fruto de una imaginación incapaz de imaginar otra cosa” [1].

Entonces pienso en el realismo trágico, en aquel que toma de manera seria y deferente la realidad física del ridículo (la nuestra, la real); un realismo que, ante la obscenidad de una vida risueña, en extremo cómica, no tiene más remedio que aproximarse a ella de un modo necesariamente firme, maduro, inteligente y con determinación.

Pienso que la tragedia radica en tener que representar la esencia de la insustancialidad presente, y eso mírese por dónde se quiera, reclama un grado alto (altísimo) de imaginación.

Y la tragedia de este realismo está en el hecho de saber que, aun en sus mejores sueños, tal realismo no será sino capaz de desvelar apenas el velo que cubre hoy la realidad; mejor dicho, la pantalla contemporánea que nos hace hoy de mundo real, y que su labor no podrá ser sino la de certificar que detrás de ella -de dicha pantalla, de dicho velo- no hay nada (nada más que la transparencia misma de la nada) y que la profundidad de nuestro sentimiento vital es hoy tan honda como la ligera y translúcida hondura de un papelillo de fumar que, ante el mínimo revuelo, agita sus brazos de mariposa frágil, no quebrándose, pero sí desapareciendo grácil e inane en la volatilidad conspicua del viento de una primavera eterna.

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[1] Diario de un poeta, Josep Massot. La Vanguardia. 07-Septiembre-2011. [pág 30]

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