Demasiado tarde para volver, de Miguel Á. Hernández-Navarro

Demasiado tarde para volver (Tres Fronteras, 2008), del crítico de arte y escritor Miguel Á. Hernández-Navarro, se compone de una serie de ejercicios que este ensayó por vez primera en su blog No (ha) lugaraquí-, pero que fueron convenientemente retocados, pasados a limpio y ensamblados.

Por ello, la primera tentativa es la considerar el volumen como un conjunto de “ejercicio[s] literario[s]” (p. 46), igual que uno de los textos que allí se incluyen: “Un cuento sin sentido”; uno de los más destacados del volumen, sin embargo.

En “Un cuento sin sentido”  se llama la atención sobre algo que habita el cuento mismo: “algo escondido, algo que clamaba por salir fuera, por ser liberado” (p. 47). Algo a lo que su lector primigenio (para el que este fuese expresamente escrito) no quiso prestar atención, se nos dice, y que por ello, justamente, fue expulsado del cuento.

Ese exilio en el que queda el lector primigenio (su eterno retorno)  de “Un cuento sin sentido” es el mismo que siente el lector del conjunto Demasiado tarde para volver, pero no porque haya sido expulsado del libro, que también, sino porque tiene la sensación de que ya ha estado allí; su exilio sería, por tanto, su desmemoria.

Le pasa al lector como al personaje del cuento” Inmóvil”, pues que “cerraba los ojos intentando recordar su pasado […] pero sólo encontraba un carrusel de imágenes lejanas que se desvanecían” (pág. 24), un personaje que al final consigue fijar en su retina la imagen de un rostro: el suyo propio, que lo tiene ahí “frente a él. Fijo. Eterno. Para siempre” (p. 24), pero cuya contemplación se desbarata por culpa de la intromisión de las veleidades del mundo contemporáneo -y que no desvelaré para no estropear el cuento-.

Todo eso es lo que le sucede al lector del conjunto de textos que conforman Demasiado tarde para volver, pues que siempre está a punto de apresar algo, pero, en el último instante se le escapa. Cierta poética de la fugacidad es entonces la que siembra Hernández-Navarro en su prosa. Así, el lector, prosigue en una errancia interminable, la del prófugo, el que “hace tiempo que [se fue]. Tanto, que ya casi ni lo recuerd[a]”, el que, “de todos modos, a veces regre[a] a buscar[se]” (p. 14).

El libro (apenas 71 páginas), se regiría por el lema que es ese “volver a buscarse” y, con tal propósito, está dividido en tres bloques.

Cada uno de los bloques forma un conjunto autónomo, pero, sin embargo, una serie de temas comunes van y vienen en –casi- todos ellos. Se trata de los estadios liminales que fluctúan de la vida a la muerte y de la vigilia al sueño.

En el primer bloque (Viajar a ninguna parte) sobresale la diégesis metaficcional, y así, nos encontramos con algunas estrategias discursivas autoconscientes, a veces incluso paródicas y sería el motto central el clásico latino de Tempus fugit, al que explícitamente se le dedican dos cuentos (pp. 27 y 28).

En la segunda parte (Poéticas del fango), que tiene” Un cuento sin sentido” como eje central (pp. 46 & 47), cuento que, por otra parte, remite al Italo Calvino de “Si una noche…”, nos encontraríamos con un sutil engranaje que se pregunta por una posible poética interna del libro.

La tercera parte es la más explícitamente “fantástica” y en ella se explora la dificultad de la correcta percepción, a través de diferentes figuras liminales como la del visitante nocturno, el huésped, el zombie, el doppelgänger o el sonámbulo. Igualmente, una serie de temas esencialmente borgianos hacen su aparición de manera explícita: el destino (p. 58), la ceguera (p. 67) o los universos paralelos (p. 69).

En cuanto a su forma, nos encontramos con un conjunto de textos mínimos (de apenas unas líneas, por lo general), que deambulan entre el microrrelato y el (falso) aforismo expresado a la manera metonímica (a veces con cierto regusto de greguería). En todos ellos, el lector percibe una sensación de demora, de un sentido que da la sensación de que se expresase de un modo bastante claro, con palabras sencillas y cristalinas, pero que, sin embargo, cuando el lector intenta definir con claridad el sentido de lo leído, cae en la cuenta de la imposibilidad de su enunciación.

Y es ahí, en ese chispazo de sabiduría donde, a mi parecer, radica el logro mayor de este libro.

Demasiado tarde para volver consigue un objetivo más propio de la prosa poética que de la narrativa y que es el de iluminar un recoveco que invoca en el lector una intuición olvidada. Como si, gracias a las palabras de Hernández-Navarro fuese capaz el lector de desenfocar ligeramente la visión de sí mismo y extrañarse, así sea por un leve y efímero segundo.

Pongamos un ejemplo último (con sorna incluída) para que Vd. lector pueda ser testigo de lo dicho y juzgar por Vd. mismo.

Se trata del (micro)cuento “Me gusta cuando callas” (p. 18).

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Miguel Á. Hernández-Navarro. Demasiado tarde para volver. Ediciones Tres Fronteras. Murcia. 2008

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