El estado ¿crítico? de la crítica literaria

Tenemos que tener en cuenta el descrédito que la crítica académica sufre en los últimos años: por abtrusa y oscura, por escudarse en múltiples fórmulas teóricas huecas y por desatender -algunos arguyen que por una cuestión snob- ciertas tendencias de la literatura contemporánea.

Teniendo esto en mente debemos ver lo que contesta la acémica Sarah Dillon, en una entrevista reciente –aquí– para el Guardian, al hilo de la publicación de su libro sobre ensayos académicos acerca de la obra de escritor David Mitchell.

Sobre la crítica literaria académica dice Dillon:

“It’s a personal thing. There are some people who are happy to use a watch and don’t care to know how it works. How this magical thing tells you the time. I’m one of them. But when it’s a text, I want to know how it works. Perhaps some people feel about texts the way I feel about watches. As long as you have the emotional impact, you don’t want to go further than that, and that’s fine. Some people like to take them apart and understand them more and some people want to leave them whole.”

Relojes y literatura.

La comparación puede parecer vistosa, pero es falaz.

Es decir, que no se trata -exclusivamente- de una cuestión de voluntad, de interés del que busca, por así decir. Porque el interés, tras haber desbrozado unos cuantos bosques, se agota.

No va al centro del asunto, Dillon, me parece.

Pero, bien, escuchemos a ver qué nos dicen desde los periódicos españoles.

En el suplemento Babelia del diario El País del 27 de Agosto en un artículo titulado “Huele a torta de salvado de avena” –aquí– se refería Manuel Rodríguez Rivero a la crítica literaria, y lo hacía en los siguientes términos:

Con la multiplicación de las bitácoras (literarias o no) y la difusión de la opinión personal a través de las redes sociales el espacio del añorado crítico-árbitro (el que servía de referencia a los lectores, se estuviera de acuerdo con él o no) se ha visto todavía más reducido. Y, sin embargo, con tanto ruido, la crítica es hoy más necesaria que nunca.

Rivero no hace sino reflejar la idea del sociólogo húngaro Karl Mannheim (1893-1947) según la cual hay una correlación entre la abstracción de los símbolos que se utilizan en la comunicación y el carácter democrático de la cultura [1].

Es decir, que cuanto más gente hay hablando de algo, más inexacta se vuelve la comprensión de ese algo (los libros, en nuestro caso, o más apropiadamente, el comentario y/o crítica sobre esos libros).

La idea de que la crítica está en crisis, no ya la académica sino la profana, es una idea extendida, extendidísima, de hecho.

Vayamos por último a la web y fijémonos en la conversación publicada por el portal literario Libro de Notas y que lleva por título El estado de la crítica literaria (Parte 1 / Parte 2 / Parte 3) en la cual dos de sus colaboradores, Carlos Acevedo y Jónatan Sark , discuten sobre el particular.

Carlos Acevedo comienza la conversación afirmando que “la inexistencia de la crítica, en prácticamente todas sus formas, tiene que ver con una dinámica cultural determinada por el mercado y por lo que Guillem Martínez llama la CT (Cultura de la Transición): una dinámica que elimina tensiones y aplaza polémicas”, a lo que Sark, replica, que tal vez se deba la culpa a la carencia de una Industria Cultural sólida.

Sobre el asunto de los blogs, Carlos Acevedo opina que “lo que ha sucedido es que el tema emocional se ha llevado al paroxismo, porque ya no se trata de vender las emociones que puedes encontrar en un producto “X”, sino que encima se trata de vender las tuyas propias”. Pornografía emocional, en suma.”Llevar lo de la opinión subjetiva al terreno de la hipérbole”, añade Acevedo.

En la falta de credibilidad de la crítica es donde anida una de las bases de su inutilidad, por la razón de que, como bien dice Sark: “los mismos nombres se repiten en todas partes”. La credibilidad perdida, tal como señala Sark y en lo que estoy absolutamente de acuerdo, sufrió un gran golpe mortal con el asunto Monteagudo, lo dice Sark de una manera mucho más prosaica: “Nada reciente ha hecho tanto daño a la crítica como la entronización de esa hedionda bola de estiercol llamada Fin. La… cosa… de David Monteagudo en Acantilado pareció gustar a los críticos más allá de la masa crítica haciendo que los lectores se lo compraran.”

Así, la crítica hoy, en opinión de Acevedo, se definiría por la “falta de ganas y el exceso de ego”, pero también por el vergonzoso autobombo de escritores que publicitan críticamente (a la manera de la sinécdoque) las obras de sus amigos o la de aquellos que forman parte de su grupo de intereses.

Todo ello imposibilita que se generen “nuevos protocolos de lectura”, como sostiene Acevedo, quien , de manera optimista piensa que tal vez fuese el humor quien pudiera venir a salvar “esa sensación de homilía constante” que asola el medio literario.

Pensando en todo esto, se hacen elocuentes las palabras del prólogo que Jordi Costa escribió para el libro Escritores contra escritores (El Aleph, 2006) de Albert Angelo (se puede leer aquí), cuando decía que “El Escritor vive apretujado en la tensión existente entre la pomposidad y el desamparo” y que  es un ser que vive en “la patética autocompasión y la agresiva soberbia”.

El libro, recoge citas en las que escritores arremeten contra otros escritores. Cosas que antes ocurrían. Pero esto es cosa del pasado, nos advierte Costa, pues ahora se lleva el Escritor Políticamente Correcto, que sustituye “la tollina por la adulación”.

Quizá ahí esté la clave.

Hablan de ello también Acevedo y Sark en su interesantísimo diálogo (que confiamos en que tenga continuación en una cuarta entrega): la cultura [en España] se entiende como una fiesta de pueblo, “donde se conocen todos y todos bailan lo que les pongan porque pa eso han llegado al pueblo, pa bailar lo que les pongan con todos los conocidos”.

En dicho contexto, desgraciadamente, la crítica solamente se puede ejercer sotto voce.

En su libro de memorias, el crítico inglés (americanizado) Christopher Hitchens dice, refiriéndose a los grupos generacionales que:

“sin que yo fuera consciente de ello, me he convertido retrospectivamente en parte de un “grupo” literario o intelectual […] [pero] los grupos no se forman deliberadamente ni se construyen, sino que, como dijo Oscar Wilde, “sencillamente ocurren”” [2].

En España, sin embargo, las generaciones se fabrican.

Y ahí radica su debilidad, y su falsa relevancia y el (des)interés crítico que provocan, creo.

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[1] Citado por Herbert Read en su ensayo “El secreto del éxito” incluído en su libro Al infierno con la cultura (Cátedra, 2011). [p. 193]

[2] Christopher Hitchens, Hitch-22. Ed. Debate. Barcelona. Junio de 2001. [p. 22]

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