Cultura limpia

A comienzos de julio estuve en una visita guiada por los talleres y las diferentes instalaciones del centro de arte barcelonés Hangar, de titularidad privada, pero sostenido –en gran parte- con fondos públicos.

Las competencias son –hasta cierto punto- bastante flexibles y, a veces, incluso incomprensibles para el neófito, pero, en fin, los responsables de la institución parecen gestionar tal indefinición de manera harto eficaz.

Hangar tiene unos diez o doce talleres bajo la fórmula de subvención encubierta en la baratura del alquiler del espacio.

Y menciono esto porque no sé si en tal venturosa indefinición se halla la explicación a la actitud (auto)coercitiva de lo que voy a decir.

Conocía previamente (no personalmente, sino su obra) a algunos de los artistas allí instalados, y varios de ellos tienen obra de un carácter más o menos combativo y/o narcisista –entendido en un contexto del arte moderno-.

Por ello me llamó fuertemente la atención no tanto la limpieza increíble de la gran mayoría de los talleres, ni su orden inquebrantable, como la sensación de hallarme frente a lugares de impostura expositiva, como esas casas en las que da la sensación de que no vive nadie. Con una diferencia, en tales casas, suele haber un pequeño ejército de empleados de limpieza. En Hangar ya les digo yo que no lo hay.

Y esto me llamó mucho la atención, porque no he visto tal pulcritud ni siquiera en las límpidas e impersonales oficinas de algunas grandes corporaciones. Hasta en tales templos del capitalismo voraz se pueden intuir la sombra del eventual desorden debido al trabajo cotidiano.

Yo entiendo que la idea del artista enclaustrado, loco, en su estudio no es adecuada a nuestros tiempos, pero de ahí a que los talleres se conviertan en una suerte de espacios expositivos –pulcros y cuanto más neutros mejor- en sí mismos, va un trecho.

Es decir, que el taller del artista deje de ser un lugar de prueba y trabajo, de búsqueda y reflexión, y que se convierta en algo permanentemente abierto a la ciudadanía, pues mira, que no.

Dice la gente de Hangar: nosotros promovemos que los talleres estén abiertos, para que se produzca una buena interacción entre los artistas. Coño, si quieren interacción, pues que pongan una cantina.

Se diría que la idea marcusiana del arte convertido en “engranajes de una máquina cultural que remodela su contenido” ha hecho mella no en la propia obra de los artistas, que al final casi que parece una excusa, sino en la publicitación de su misma praxis, “limpiándola” de todo tipo de actitud (contra)cultural que implique la reivindicación de la individualidad, el derecho básico a no ser mirado en la intimidad de la creación.

Esta actitud de despachos abiertos no se puede decir que sea tampoco original de los artistas contemporáneos, pues ya los diseñadores gráficos llevan años con sus estudios sin pared (incluso Sigueleyendo ha adoptado esta práctica), con infames cristales translúcidos que dan directamente a la calle, y muestran cómo ellos se dedican a pergeñar sus infantiles dibujitos.

En una reciente crónica (algo umbraliana, pero francamente buena) sobre sus experiencias en Norteamérica, como parte de la gira promocional Granta, que el escritor segoviano Alberto Olmos publicó en la edición del mes de julio de 2011 de la revista Qué Leer, diferenciaba éste entre la literatura y la escritura; decía: “la literatura en nuestro tiempo es todo lo que hace un escritor cuando sale de su casa, es decir, cuando no escribe”.

Ya ha habido algunos intentos de volver la escritura algo social y casi sicalítptico, algo a lo que el público pueda acceder con facilidad. La idea de Hotel Postmoderno de los 7 vampiros, por ejemplo.

No tengo ningún problema con que haya literatos, pues alguien tiene que distraer a los empleados de los institutos cervantes de todo el mundo y a los funcionarios de cultura de los miles de ayuntamientos de este país y distraer asimismo a la muchachada fan de la literatura con retruécanos felices.

Ahora bien, lo del trabajo creativo -serio- es otra cosa.

En fin, no quería ponerlo en estos términos, pero me da la sensación de que se está optando últimamente por una suerte de pornografía de la creación, y por mucho que Beatriz Preciado intente vendernos la moto de que la pornografía es una práctica con afán divulgativo, e instructivo y pertinaz, pues mira, que no. No acaso en el mundo del arte.

El autor verdadero, por mucho que se empeñe todo el mundo, es un ser de lejanías.

Y lo de poner el foco de la cámara tan cerca de lo retratado, no es más que evidencia de la pobreza del que mira.

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