Avanzando por tierras estériles

Leo unas declaraciones del poeta y editor Javier Pérez-Ayala –aquí– en las que este dice que cree que “se ha roto demasiado el arte durante el S.XX y va siendo hora de regresar a las formas puras, al hombre”. Añade Peréz-Ayala que, si confiamos en el rumbo que está trazando la poesía europea (más avanzada que la española), la cosa se dirige hacia un etapa “muy nihilista”, dice.  En su opinión, la poesía actual está mucho más avanzada que su prima la narrativa.

En lo fundamental, estoy de acuerdo con todo lo que opina Pérez-Ayala.

Mientras pienso en ello me encuentro con otras declaraciones del poeta Juan Carlos Reche –aquí– donde dice que se está escribiendo hoy una poesía sin centro, una poesía del yo, “como fogonazos flotantes”, dice, “una especie de oralidad mental”.

Me gusta esa idea de la oralidad mental.

Y me acuerdo de unos versos de M. Rosa Font, del llibro Un lloc a l´ombra (Premi Carles Riba, 2010), que dicen así: “avançar […] tornar a avançar / entre la pols, filtrar-me en una gota d´aigua / i volar fins als núvols, / cosir-me al vent i refluir avançant, / sempre avançant, en terra estèril”.

[Avanzar / volver a avanzar / entre el polvo, filtrarme en una gota de agua / y volar hasta las nubes / coserme a viento y refluir avanzando / siempre avanzando, en tierra estéril]

En este sentido hay un poema de Juan Carlos Reche, algo quevediano y bastante divertido, Poema de amor sin artificio (aparente), se llama, y que dice: “Qué triste sería la vida / si no estuvieras tú /para destrozármela”.

Es esa la sensación ambivalente que tiene uno frente a la escritura, a veces (o al menos es la que tengo yo, estos días -sobre todo-, llenos de páginas malversadas), cuando la literatura juega al retruécano y se nos enreda y las páginas se nos convierten en una ciénaga.

En lo que respecta a la narrativa, uno comienza a escribir alegre y dichoso cuando es joven, pero según avanza en edad, pronto se enfanga en un barrizal y ahí le quedan dos opciones: o abandonar o mantenerse en ese lodazal a la espera de que arribe el aliento poético.

Si uno es paciente, en ciertas ocasiones, por sobre las tierras estériles pasa sobrevolando un avión que anuncia la venturosa salida de la ciénaga, dejando caer desde el cielo sus octavillas informativas.

Y es ahí, justo ahí, cuando las tierras estériles nos dejan ver su nacarado fruto: no exactamente una perla de blanquiazulados contornos, sino más bien miles de tarjetas de embarque de entre las cuales sólo una será la gema, en tanto que las otras serán alhajas de menor valía, destinos vacacionales de menor fuste, como quien dice.

La diferencia entre la narrativa y la poesía sería, pues, que la primera siempre permite desvíos felices, así las decenas de octavillas entre las que elegir e ir tanteando, mientras que la segunda, la poesía, es ese avión señero que sobrevuela el lodazal una única vez y que si el poeta no avista, no avistará ya jamás.

Por eso la poesía es más propia de la juventud, es lozana y nace del individuo siempre atento a la exterioridad de los impulsos y los estímulos, en tanto que la narrativa necesita de cierto tiempo, de dejar que las octavillas falaces vayan llenándose de barro y desdibujándose y que las más nobles vayan macerándose.

La narrativa, pues, es más de avanzar, de búsqueda y de ir avanzando, de no cejar en el empeño, desbrozando los matojos, en tanto que  la poesía es más cosa de andar eufórico y vigilante.

Por eso la poesía se adecua más al yo, y la narrativa es más propia del nosotros.

Releo esta noche Los detectives salvajes de Bolaño y dice Juan García Madero, el protagonista, en las primeras páginas: “Pero la poesía (la verdadera poesía) es así: se deja presentir, se anuncia en el aire”.

Y pienso que Bolaño tenía toda la razón, que los motores de un boeing son siempre audibles desde la lejanía, pero su aviso, como es lógico, no más que asombra a los chicos más jóvenes e inexpertos.

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