Días algo tristes

Hay días, no los más tristes, porque esos son puro castigo insoportable, sino aquellos que son apenas ligeramente tristes, lo suficiente como para destartalarte la progresión (des)ordenada, pero saludable y firme del trabajo y volverlo una tarea fabril; un día, pues, así como hoy mismo, que no pueden ser regalados a la lectura de Franzen o Benet, ni menos aún a la diligente contestación de mails o la edición rigurosa de textos pendientes de publicación o a la escritura de ese ensayo especulativo y maldito que me trae en vilo desde las últimas semanas y no sé si alguna vez terminaré.

No, estos días ligeramente tristes, y que encuentran su más vírica continuación en la perfidia sólida de la noche (ahora, en la madrugada), exigen -como mínimo- un verso solemne, más o menos como este que me encuentro -no sin cierto estupor- de Raúl Herrero y que dice: “en las máquinas se prodiga la crueldad”.

No puedes ser más razonable en menos espacio, pienso, le digo -en silencio- a Raúl.

La tecnología de este ordenador en el que escribo, por ejemplo, no hace más que recordarme, con el insidioso ruidito del motor del ventilador, que a pesar de disimularlo, es una máquina perfecta, perfectísima, un modelo de barbaridad inhumana, sistemático y que funciona con la inquebrantable rectitud de un viejo cronógrafo.

La crueldad de su derechura es su rasgo más intolerable, pienso, porque es todo lo contrario a la melancolía. O mejor dicho: su rijosa aquilatación me niega el privilegio de la nostalgia.

Así, en palabras más claras: la tecnología es la enemiga de lo poético. La tecnología, pues, es tristeza sinóptica. La tecnología, pues, en suma, es un puro asco, detestable y malsana. Ya que, sin la equivocación del hombre, no hay mérito posible. Lo dice Herrero: “la soledad siempre viene acompañada / de grafías indelebles, de huecos entre las palabras / de espasmos olvidados que un día fueron voluntarios”.

La soledad, la melancolía, han de ser necesariamente producto de la acción involuntaria del alma, un alma que ahora, por efecto del caluroso mes de julio, andaría más espesa que de costumbre (la mía, seguro), grávida y pesarosa y bien torpe, como ha de ser.

Un alma en caída libre, para la que me gustaría que le sucediera como a esas empresas mismas poéticas de Raúl Herrero, de quien Antonio Férnandez Molina dice que son “de aparente realización imposible”, pero que acaban “resueltas como por milagro”.
Ese milagro necesito yo ahora mismo, Raúl, para sacudirme esta tristeza así tan insignificante, pero de tan terrible adherencia, y que se quede así la tristeza hecha espejo roto y cristal esparcido en el suelo, pues como bien sabes “los cristales rotos no suben montañas” y pueda darme yo -liviano y feliz- a la melancolía fructífera del sueño.

Vale.

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