La falacia de los blogs personales

Pronosticaba Pablo Neruda que la realidad estilística del siglo XXI sería homérica. Un estilo clásico y lleno de la reverberación de las espumosas olas marinas, un estilo griego y universal, suponía Neruda, sería el que atravesaría la prosa literaria del siglo XXI.

Se cumpliría así también-de paso- el deseo d´orsiano, de Junoy y otros, del mediterraneismo (sólo que con un siglo de diferencia).

Tras el aluvión de personajes sigloveinte caracterizados por su “falta de atributos” y que daban cuenta de un siglo trágico, un siglo necesario para la ampliación de todas las libertades (tanto civiles como estilísticas), habría de verse el siglo XXI como la arena en la que la elegancia de ese nuevo estilo viejísimo impondría la armonía profética y dulce de ese mundo epifánico de anagnórisis, con su “mitología de mármol y sus palos de ciego”, al decir de Neruda.

Yo así lo creía –y lo sigo creyendo-.

Ahora  bien, he llegado al convencimiento de que tal bienaventuranza no se dará en la autopista interminable de los blogs personales, con su fárrago de posts inconclusos, precipitados, vagos y –las más de las veces- lerdos.

Creo que con la experiencia de casi una década sería bueno ir aceptando la incontestable evidencia y recapacitar un poco.

Desengañémonos, los blogs no sirven más que como débil soporte publicitario de las actuaciones exteriores del escritor/crítico que se ofrecen en Internet al modo del sucedáneo, como aquello que decía Juan Benet: “esos desechos de la educación burguesa que las clases humildes han de recibir como la ropa usada de los señores”.

Eso es lo que nos ofrecen los blogs personales: ropa usada, sucia, levemente apolillada, vana e inútil (por su desfase en el tiempo de las modas) con la que el escritor de blogs pretende dar de comer a los pobres internautas que no tienen qué comer, que no saben qué disfraz ideológico o intelectual ponerse y aceptan así fácilmente discursos subsidiarios.

La motivación de la lectura de blogs no es más que esa mezcla de oportunismo y morbo con la que se mira las cosas que despreciamos, sencillamente porque no tienen coste alguno.

Es triste tener que aceptarlo, pero hasta que no entre el dinero en la red, la literatura –inédita, no me refiero a (re)publicaciones- seguirá siendo de calidad subterránea; así, también, la crítica –a la crítica inédita, me refiero-.

Y es que la crítica que se realiza en Internet, y pienso en aquella que se ejerce en los blogs y en multitud de revistas sin el menor criterio ya no editorial, sino de mera edición de estilo e incluso orto-tipográfica, no es relevante. Y no lo es porque está afuera del sistema capitalista que es el propio de lo literario hoy (igual que el de cualquier producto de la cultura contemporánea).

En tanto que las publicaciones literarias no se ofrezcan de manera gratuita en la red, la crítica no estará a su altura. Dicho en otras palabras: los blogs personales solamente sirven para publicar aquellos textos que los críticos no han conseguido “colocar” en ningún medio, o bien, para dar publicidad a los ya publicados. Y lo mismo sucede con los textos de creación literaria: si se publican en Internet es porque nadie quiere publicarlos en formato libro (o porque han sido publicados previamente en papel).

En tanto que autores, editores, correctores, diseñadores, impresores, distribuidores y libreros sigan cobrando por su quehacer y no así los críticos, la labor de éstos últimos no tendrá la menor incidencia. Y lo que es peor: no tendrá el menor valor y, así, quedará (como está ahora) en el terreno de la publicidad.

Igual que no resulta ético que autores, editores, correctores, diseñadores, impresores, distribuidores y libreros no perciban una remuneración por su dedicación, tampoco es ético que el crítico realice su labor ad honorem.

O situamos a los críticos en el mismo escalafón aristocrático que autores, editores, correctores, diseñadores, impresores, distribuidores y libreros, cuyo tiempo efectivo de trabajo es remunerado (así sea de manera precaria en algunos casos), o bien establecemos de una vez la tan deseada horizontalidad y, con ello, ofrecemos tanto las obras literarias como su crítica en el formato de creative commons, pero sin atribuciones comerciales.

Esto segundo -sin embargo-  parece poco factible por el momento, por mucho que el capitalismo actual siga siendo de ficción.

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