Últimas noticias desde la ciudad snob

El dueño de la bodega está relatándole a otro señor (un amigo suyo, o conocido, se supone) la cantidad de dinero que tiene en préstamo y por causa del cual está en la situación de deber dinero a todo el mundo: le debo al banco, dice, le debo a mi cuñado Y, le debo al proveedor X, le debo a…

Y entonces descubre que andamos (Ángela y yo) ya husmeando entre sus botellas (se supone que “en préstamo” por causa de sus deudas) y se acerca raudo, habiendo despedido con premura a su amigo o conocido, con esa actitud que mezcla la servidumbre con la hostilidad de quien cree conocer de sobras el producto adecuado a cada consumidor, preguntando: “¿os puedo ayudar en algo?”

En estos casos uno suele despachar al dependiente con el consabido “sólo estoy mirando”, pero quizá afligido por las penas del dueño de la bodega, o acaso abrumado por su meritoria predisposición, le digo que bueno, “que andábamos buscando una botella de vino blanco”.

Al estar nosotros frente a la estantería de los vinos blancos, pienso que ahí quedará zanjada la forzosa cordial conversación que habría de preceder al pago de la botella. Pero, no, porque el señor sigue allí, a nuestro lado, quieto.

Así que trato de zanjar el tema con una reacción obvia y que cualquier persona inteligente interpreta como una petición de soledad, le digo señalando a la estantería donde no hay más que vinos blancos “¿estos son los vinos blancos, verdad?”.

Y, a pesar de cabecear afirmando mi duda –obvia-, pero no añadir palabra alguna, el dueño se queda a nuestro lado, violentando esa tan preciosa burbuja íntima que uno precisa cuando ha de decidirse por la compra de algún producto.

Pero no se marcha. Y aún más, bisbisea algo que no acabo de entender del todo, dice cosas como “afrutado, denso, con olores, cuerpo, etc”, creo.

Supongo que está tanteándome el gusto, así que me por no ver en entredicho mi snobismo, digo: “chardonnay”, pensando que, con ello, el dueño quedaría satisfecho, convencido de mi conocimiento de vinos y me dejará elegir sin coacciones.

Pero será la propia obstinación personal del dueño o el hostigamiento salvaje de las deudas que provocan que, no solo no se vaya, sino que aproveche impunemente para darse la vuelta y decir –señalando a una estantería vacía-: “tengo éste, bastante bueno” y anunciar más con parsimonia que con pena: “pero se me ha acabado”.

Y entonces noto el comienzo de mi encono, porque antes de que él viniese a nuestro lado, en esos preciosos segundos de mirar furtivo previo a su “marcaje”, me había fijado yo precisamente  en ese chardonnay (y en que valía cinco euros con setenta).

Y es que el caso es que llevamos solo diez euros en efectivo (yo y mi chica); no hemos cogido las tarjetas de crédito. Además, tienen que sobrar al menos cuatro euros para un paquete de tabaco.

En tanto que me devano los sesos en estos pensamientos, el tipo señala la parte alta de la estantería de los vinos blancos y entonces descubro su táctica: todos los vinos de esa zona están por encima de los 15 euros (lo cual me habría dado igual -a lo mejor- caso de llevar la tarjeta de crédito encima o caso de no verme inducido a la compra).

Así que me giro, sin hacerle más caso y pierdo la mirada en las estanterías, rogando porque el dueño se marche de nuestro lado y pueda en soledad y silencio decidirme por una u otra botella.

Pero no, el tipo remolonea y continúa a nuestro lado.

Y allí seguimos mirando las estanterías mientras el dueño nos mira a nosotros. Las decenas de botellas, pizpiretas, nos coquetean; nosotros permanecemos dubitativos, y el dueño no hace más que hostigarnos con su presencia.

Así que estiro el brazo y cojo la primera que encuentro. “Ésta”, digo, señalando y cogiéndola con la mano y trayéndomela hacia el pecho.

Él dueño ahora me mira con incredulidad.

-Es un vino de Alella –increpa.

-Sí, ya lo sé –respondo- comprobando la etiqueta: cierto, dice Marqués de Alella.

-Ah. Pero no es un chardonnay…

-Sí, ya lo sé. Es un Marqués de Alella.

-Ah.

-Lo conozco –afirmo, y pongo los ojos de ese modo como de hipermetropía que solemos utilizar los snobs.

-¿Ah, sí? –cuestiona el dependiente, con las manos tras la espalda- ¿conoces el vino de Alella?

-Sí –digo con una firmeza que no acabo de creerme, pues mi cultura del vino se reduce a esto: compro las botellas por el atractivo de la etiqueta y, especialmente me produce franca seguridad que el título de marqués venga asociado a su nombre comercial.

Y allí estamos, Ángela y yo de este lado del mostrador y el dueño con sus dedos lustrados por el aceite de la avaricia –o la desesperación- que hace centellear las teclas de la máquina registradora.

Entonces caigo en la cuenta de que no he mirado el precio de la botella del Marqués de Alella.

Le doy al dueño el billete de diez euros –con mi vehemente (aunque precaria) cultura vinícola- antes de que él tenga tiempo de decir el precio (soy yo ahora quien te hostiga, pienso), casi estrujándoselo con mi mano derecha contra la palma de su mano, forzando la desfachatez de mi falsa hipermetropía, y llevándome ya la botella del mostrador con mi mano izquierda, desentendiéndome del cambio (soy yo ahora quien te hostiga, malandrín, pienso, no serás capaz de engañarme).

Estoy en mi proceso de darme la vuelta para girarme y marcharnos cuando el dueño me toquetea el hombro, solícito.

Tiene una sonrisa burlona, de sagacidad vencedora, diría. Se vengará ahora, me temo.

Hay unos segundos de confusión en los que no acierto a dar ninguna respuesta o entender qué es lo que pasa, así que Ángela, adelantándoseme, recoge diligente el cambio, y ¡uf! nos podemos ir impunes.

Satisfecho y vencedor (y liberado de la posibilidad de la vergüenza no sólo de aceptar que no llevábamos encima más que diez euros, sino que mis conocimientos de vino no son tan solo escasos sino -encima- frívolos), le sonrío al dueño moroso de la bodega y lo despido con la mano, para que sepa que yo sé que nos quería engañar y que no lo ha conseguido, y que hemos sido nosotros quienes nos hemos salido con la nuestra.

¡Toma, ya!, pienso.

Ya afuera, en la calle, lejos de los dominios del bodeguero, le digo a Ángela (mientras ella guarda las monedas del cambio en mi bolsillo del vaquero): ah, qué listo he sido, ¡uf! no me he dejado engañar, ¿has visto, eh? El tipo quería que gastásemos más dinero del que estábamos dispuestos… qué caradura, qué desfachatez; pero no, no lo ha conseguido.

Caminamos con una felicidad victoriosa, cogidos de la mano, por la calle Parlamento (la calle más snob –y decadente- del Raval) y llegamos hasta el mítico bar (recientemente renovado) los Tres Tombs, en Sant Antoni.

Mientras le pido al camarero que me enchufe la máquina de tabaco, saco las monedas de mi bolsillo del vaquero y cuento: uno, dos, cincuenta, diez, veinte… total: tres euros con veinte céntimos.

¡Toma ya!

Toqueteo nervioso los botones y compruebo que no hay ninguna marca de tabaco que ande por debajo de los tres euros con sesenta y cinco céntimos.

Busco y rebusco –con disimulo (como si me estuviera rascando) en mi bolsillo izquierdo, y luego en el derecho. Y después en el de atrás, como si sufriese uno de esos espasmos tipo Elvis Costello (o Buddy Holly), y más tarde en el de la izquierda de atrás del pantalón (estilo Poison Ivy).

Y nada. Nada. Nada. ¡Nada!

Entonces le pego una patada a la máquina (con el vértice de mis azules zapatos puntiagudos), no sea cosa que alguien me esté mirando.

Y muevo los brazos airado, con mi mirada snob como de sufrir hipermetropía (aprovechando para otear en todas direcciones sin que se delate mi vergüenza).

Y salgo del bar y decido que, ¡bah!, que fumar está ya pasado de moda.

-Fumar está pa-sa-do-de-mo-da, cariño- le digo a Ángela, arrastrando las sílabas, como con desgana, mientras seguimos caminando felizmente victoriosos, cogidos de la mano, a nuestra casa.

Anuncios

Comentarios desactivados en Últimas noticias desde la ciudad snob

Archivado bajo Harold & Blúm, Vida personal

Los comentarios están cerrados.