El centenario de la editorial Seix-Barral [un homenaje privado y otro público]

El propósito de todo homenaje debería ser el de revitalizar aquello que -por razones del descuido- teníamos semiolvidado.

Así me ha sucedido a mí estos días con dos títulos señeros de la editorial Seix-Barral y que recordé gracias a la celebración del centenario de la editorial catalana, cuyos fastos tuvieron lugar este pasado 21 de Junio en el Museo de Historia de Catalunya.

Se trata de El invierno en lisboa (Seix Barral, 1987), de Antonio Muñoz Molina y Tiempo de silencio (Seix Barral, 1961) de Luis Martín-Santos.

Ambas novelas me han sorprendido, aunque por razones diferentes.

La novela de Martín-Santos es un espectáculo verbal milagroso, así es “el proyecto de ir más lejos, la pretensión de no ser idéntico a la chata realidad de la ciudad, del país, de la hora” [pág 113].

Con ello, Tiempo de silencio es un festejo piromusical, y no tanto para el intelecto (aunque también) como para la emoción más primitiva. Y es que resulta realmente conmovedor ir apercibiéndose paulatinamente de la novedad de cada una de las palabras, que saltan como grillos de la frase gracias a los constantes calambures; los giros borgianos de la prosa, también, que dotan a la obra de ese aliento poético que rehuye toda convencionalidad de la trama (aunque haberla, hayla; mínima, eso sí, un mero accidente). Aunque no es menos cierto que en determinados pasajes al autor se le va la mano y el texto acaba siendo una mascletá ruidosa y nada más. Pero, bueno, estamos hablando de una primera novela; es disculpable, pues.

El proyecto de Martín-Santos en esta novela es el de comprender que “un hombre es la imagen de una ciudad y una ciudad las vísceras puestas al revés de un hombre, que un hombre encuentra en su ciudad no sólo su determinación como persona y su razón de ser, sino también los impedimentos múltiples y los obstáculos invencibles que le impiden llegar a ser” [pág 18]. Aquí, en Tiempo de silencio la ciudad es Madrid y el hombre Pedro, un joven que investiga sobre una posible curación para el cáncer y que se ve involucrado por causa de su candidez en la muerte de la joven hija de aquel que le provee de cobayas para su investigación.

De la novela resulta interesante su utilización del narrador múltiple, intrasubjetivo, y el estilo como de alegoría, por momentos de caricatura y, en los pasajes más hilarantes: la descarnada pura parodia.

Es una lástima que Martin Santos muriese sin haber cumplido los cuarenta años (publicó Tiempo de silencio con 37 años), pues hubiera sido digna de ver su trayectoria posterior.

La otra novela, la de Muñoz Molina es también un clásico en las letras hispanas. Premio de la Crítica y Premio Nacional, ambos en 1987.

Con Muñoz Molina me pasa que había leído sus Días de diario (Seix Barral, 2007) y Ventanas de Manhattan (Seix Barral, 2004). Y las había disfrutado, qué duda cabe. La primera, por razones de mi querencia hacia el diario de escritor y la segunda por la fascinación que me produce la emblemática ciudad americana.

Pero me había tropezado con su narrativa. Con Carlota Fainberg (Seix Barral, 1999), para ser más precisos.

Y es que no me había parecido desastrosa, sino lo siguiente. Un horror, por tres veces intenté leerla y nunca conseguí sobrepasar las cinco páginas. Es una novela ridícula, paleta, petulante y de una prosa macilenta y no ligera, sino más bien inconstante y fatua. Un auténtico horror.

Por esta razón, la narrativa de Muñoz Molina si no me producía rechazo, sí me producía urticaria su mera presencia en las cercanías. Pero entonces pensaba en Onetti… y me decía que Muñoz Molina siempre ha sido un gran valedor de Onetti, y ha escrito en diferentes ocasiones sobre él. En esto pensaba muchas veces, si le gusta Onetti… pues, supongo que algo se le habrá pegado, ¿no?

Y esta fue mi primera sorpresa al leer El invierno en Lisboa; que sí, que algo de la sordidez onettiana habitaba la obra. Y también un gusto clásico por el símil y una suerte de teoría de la música [pág 96] que prioriza la resonancia sobre la maestría. De esa forma, pues, es como Onetti atraviesa esta obra de Muñoz Molina: como las ondas concéntricas que se dispersan en el lago, desde el centro y hasta sus diferentes vértices y laderas.

Y es acertada esta imagen puesto que así es también la estructura de la obra, un narrador testigo que, de manera lenticular y tangencial, abre y cierra el relato del protagonista, Santiago Biralbo, un músico de jazz cuya aspiración es la de tocar como Cezanne pinta [pág 186], pues dice éste que hay en las pinturas del artista francés “la posibilidad moral de una extraña e inflexible justicia, un orden casi siempre secreto que modelaba el azar y volvía habitable el mundo y no era de este mundo” [pág 188].

Adentro de estos círculos narrativos o paréntesis que va, poco a poco, distribuyendo el narrador testigo, se insertan pasajes de la vida de Biralbo, relatados en pretérito perfecto, al modo de la secuencia cinematográfica. Y es que, no en vano, la novela es un ferviente homenaje al cine noir (hasta tal punto que ciertas escenas de la novela calcan escenas clásicas del cine). Así, todo discurre como entre penumbras, resultando en la preferencia del escritor por la escena dramática; la atmósfera, más bien, y de este modo escapa al yugo del relato lineal.

Tenemos un músico de jazz, noctámbulo y aficionado a la bebida, una canción dedicada a una ciudad y que funciona como premonición (Lisboa), una mujer fatal que acaba redimiéndose (Lucrecia), un cuadro robado y una intriga criminal con elementos de suspense que provoca la sensación persecutoria de la novela en su conjunto -e inocula en ella cierto arrebato-.

La narración, amén de sobrevolar los parámetros mencionados del cine noir y hacerse eco de sus tópicos más sólidos, encuentra su validez al conseguir en el ánimo del lector la evocación de la “campana de cristal” de Biralbo: “un tiempo únicamente suyo en el interior del tiempo indisciplinado de los otros” [pág 214].  Y ello gracias a la comprensión de éste de que “era mentira el olvido” [pág 177] y que “es mentira la nostalgia” [pág 154]  y que “recordar es mentira” [pág 118]. Biralbo se da cuenta de esto al constatar que “la autobiografía es la perversión más sucia que puede cometer un músico mientras está tocando” [pág 127].
Esta novela, pues, es un alegato en favor de la ficción, y así tiene parte de metarrelato y, al mismo tiempo, de videoclip en blanco y negro, hecho con el susurro -a grandes trazos- de esas palabras tiernas que contradicen siempre la brutal madrugada.

Al igual que la novela de Martín-Santos, aquí el tema de la ciudad es también importante, y se plantea el dilema de cómo huir de una ciudad, “si lo persigue a uno [la ciudad] hasta al fin del mundo” [pág 156]. Si el protagonista de Tiempo de silencio se marcha del pueblo para tratar de construir una vida en Madrid (y fracasa -por culpa de un accidente fatal-), en la novela de Muñoz Molina, Santiago Biralbo, viviendo ahora en Madrid -y habiendo venido de San Sebastian-, (re)construye su personalidad convirtiéndose en Giacomo Dolphin, y ficcionalizándose; así su juventud y su trágico amor por Lucrecia se diluyen en el aprendizaje de que “para quien pasa mucho tiempo solo en una ciudad extranjera no hay nada que no pueda convertirse en el primer indicio de una alucinación” [pág 144].

Esa ciudad extranjera es Madrid para el protagonista de Tiempo de silencio y Lisboa para el protagonista de El invierno en Lisboa.

Así, tanto Pedro, el protagonista de Tiempo de silencio, como Santiago Biralbo (mejor dicho, Giacomo Dolphin), el de El invierno… acaban siendo ilusiones de sí mismos, ambos huyendo en un huidizo misterio de palabras volátiles (la memoria, el recuerdo, la nostalgia) que es con el que concluyen sendas novelas, “como si nunca hubiera[n] existido” [pág 221], nos dice el narrador testigo de El invierno en Lisboa.

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Antonio Muñoz Molina. El invierno en Lisboa. Ed. Seix Barral. Barcelona. Octava impresión, noviembre de 2005.

Luis Martín-Santos. Tiempo de silencio. Ed. Seix Barral. Barcelona. Quincuagésima impresión, enero de 2006.

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BOLA EXTRA:

Carlos Barral en 1965 (la foto pertenece al archivo privado de la familia Barral)

Al hilo de las conmemoraciones seixbarralianas, hemos preparado en Hermano Cerdo un homenaje a la vieja editorial catalana, recordando los libros de su catálogo que, por una u otra razón, han sido importantes para cada uno de los miembros del staff.

Como se trata de una convocatoria abierta, están Vds. invitados a sumarse al homenaje y dejarnos sus impresiones sobre alguno de los libros de la editorial aquí.

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