B-17G, de Pierre Bergounioux

En el último libro de Pierre Bergounioux publicado en España, el que lleva por título B-17G (Alfabia, 2011), aparece un postfacio de Pierre Michon en el que éste recalca el disimulo que Bergounioux aplica a su escritura. Tal disimulo sería el de “cambia[r] el ángulo de corte”, pues Bergounioux, al decir de Michon, “escribe lo que otros escritores escribieron antes que él con las palabras justas, de un modo diferente” [pág 69].

Sería así Bergounioux un copista crítico, como quien dice. Aquel que rompe(ría) el hiato del mundo, insuflándole un hipo extraño. Y, convirtiéndose así en hermeneuta privilegiado; pues, ya nos dice él mismo que “las palabras tienen un sentido preciso e inflexible” [pág 14]. Con ellas, Bergounioux,  según opinión de Michon: “esculpe los metales” [pág 67].

El cuerpo de esos metales, sería el cuerpo del libro B-17G y la pluma que los ha escrito, sería el cuerpo del escritor, a decir de Michon.

El escritor, visto así, es quien “tritura la cuchilla segadora”, nos dice Michon y “cambia el ángulo de corte” [pág 69]. Ello nos daría “ese pequeño desajuste” que es la “reticencia que normalmente va unida a la sabiduría” [pág 44]. Y la que en este libro (y en el resto de la obra de Bergounioux) se persigue –y se consigue-.

Es ciertamente una buena imagen esta que nos da Michon para hablar de este libro que trata de esa época que conoció el apogeo del hierro y su declive (la época moderna). Un libro que se suspende en los apenas tres o cuatro segundos que transcurren entre que un Focke-Wulf alemán que se mueve a setecientos cincuenta kilómetros por hora se pone atrás del bombardero norteamericano B-17G, buscándole el ángulo muerto y lo acribilla a balazos, obligándolo a “deslizarse hacia la tierra donde se desintegra en una enorme bola de fuego, fuera de nuestro campo de visión” [pág 62].

Esta imagen, grabada por las cámaras del Focke-Wulf situadas al lado de las ametralladoras, la recuerda Bergounioux de su infancia. Y, para tales segundos confusos, ahora, de anciano, se da a inventar una narración, que venga aderezada con “la sombra de la historia que obsesiona toda acción” [pág 56]; y, ello, en boca del ametrallador de babor del Boeing que Bergounioux bautiza como Butcher shop,  un personaje ficticio llamado Smith (herrero) que maneja una ametralladora 12,7.

En esos tres o cuatro segundos que dura la grabación que Bergounioux guarda en la memoria, el libro se propone crear una realidad “emotiva” y probable de ese tal Smith, el ametrallador de babor del Butcher shop, una realidad que “mientras pulveriza la imagen que nos hemos hecho de ella, nos recuerda su existencia, su realeza y su poder a través de la pérdida y del fracaso” [pág 42].

A ello se le suma la idea del propio escritor (y lo que, de alguna forma, le daría ese tizne de autoficción que tienen todas las obras bergouniouxianas) de que “uno es un hombre construido con dos o tres imágenes a las que se les da vueltas” [pág 40]. Esas imágenes, aquí, para Smith, son las del ruido, el frío, la velocidad ultrasónica y el vértice del cañón de las ametralladoras alemanas que lanzan contra él – y el resto de su nueve compañeros- sus proyectiles asesinos.

B-17G, con ello, es una celebración fúnebre sobre la juventud y la historia (esa que se hace un poco sin pensar), pues “hace falta ser tan joven como lo es el mundo –se nos dice- para entender cuál es su sentido” [pág 41]. Bergounioux aprovecha la narración para exprimir sus recuerdos de niño, su creencia de que “la realidad participaba de las palabras con las que poder evocarla” [pág 39].

El gran hito que consigue en esta obra Bergounioux es el de crear esa sensación de vértigo en la que los pensamientos de los personajes “son siempre recuerdos” [pág 43] y afectos, unos personajes (los diez integrantes del B-17G) a los que, valga decir como único reparo, les habría convenido más en sus parlamentos e impresiones psicológicas la utilización por parte del escritor del tiempo verbal condicional en contra del presente declarativo.

Ese presente que afirma con una brutalidad hemingwayana, un tono “seco desde el principio, brutal, frustrado, muy hábil, tan subjetivo que todo lo que sucede no tiene la menor importancia. Sólo importa una cosa, siempre la misma: el saber si el tipo, siempre el mismo, podrá oponer su voluntad a la adversidad salvaje y rabiosa que lo ha elegido como piedra de toque” [pág 38].

Sirva este párrafo último como ejemplo para el lector de ese estilo metonímico de Bergounioux, quien, como nos dice Michon recordando la célebre novela Moby Dick, cuando dice Bergounioux: “Fulano, supongamos” (en el caso de esta novela “Smith, supongamos”) en realidad quiere decir: ”soy yo. Soy yo cuando era joven. Era yo” [pág 70].

Porque ya lo dijimos al principio, que Bergounioux escribe “lo que otros escritores escribieron antes que él con las palabras justas, de un modo diferente” [pág 69]. Así, este libro, aunque parezca que nos cuente la historia del ametrallador Smith y el resto de sus compañeros del B-17G, en realidad testimonia esos tres o cuatro segundos en los que el niño Pierre Bergounioux abandona para siempre el fértil territorio de la inocencia, el de ese sufrimiento que ya no le concierne y que, hasta entonces había sido su fortaleza.

Un modo tardío de “pasar a limpio todo lo que [me] ha sucedido” [pág 59].

 Pierre Bergounioux. B-17G. Traducción de Paula Cifuentes. Ediciones Alfabia. Barcelona. Junio de 2011.

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