Estética de lo peor, de José Luis Pardo

Estética de lo peor (Barataria & Pasos Perdidos, 2011), el último libro del pensador y catedrático de la Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid José Luis Pardo, presenta 15 textos entresacados -como al desgaire- de la producción ensayística del autor entre los años 1997-2008.

Los textos (ninguno de ellos inédito) proceden de revistas, periódicos, monográficos de artista, libros colectivos, suplementos de cultura o la lección de un curso universitario de la UNED.

Por esta razón, el lector tiene la sensación impune de hallarse hurgando en el cajón de textos olvidados del estudio del filósofo. Esto es bueno y malo. Es positivo el poder enfrentarse de manera liviana a la provisionalidad del apunte, a la manera sanchezferlosiana (o de rodillo), e ir coleccionando ideas dispersas, pero resulta frustrante enfrentar un mosaico de textos para los cuales uno es incapaz de hallar ningún centro gravitacional (por mucho que los editores se hayan esforzado en reunirlos en supuestos bloques temáticos).

Ello no quita que se puedan trazar ciertas líneas esquemáticas sobre los temas de interés del autor, por supuesto:  el arte contemporáneo como producción reciclable, la fragilidad del cuerpo representada por la bioética y su consecuencia que sería el poder de los débiles, las mutaciones de cuerpo y máquina y las nuevas subjetividades, la necesaria continuación del arte en el plano filosófico (tras el fin de su historia), la obsolescencia del pecado y la blasfemia como –imposible- fuente de transgresión, la ciudad contemporánea como ente disperso y ejemplificación de lo fluido, etc

No se piense que esto demerita el volumen, puesto que la misma falta de consecuencia de un proyecto unitario –a pesar de que haya quien haya querido verlo como proyección divergente [1]- dibuja visualmente la idea del autor de que la fragmentación –la que evidencia el volumen mismo- es algo propio de la persona adulta, aquella que se proyecta al futuro imaginando lo que todavía no es –no existe- a través de la inspiración (de la lectura, aquí).

Claro que se habría de contar con el auspicio de un lector no solo capaz sino dispuesto a investigar, siguiendo aquel dictum de Derrida de que “leer es añadir”.

Para mí, lo más interesante del volumen son dos ideas: de un lado, una que trae como argumento lo que Peter Handke llama “narración sin intriga” y que tendría que ver con la emancipación del sujeto con respecto al relato que define su identidad [pág 223], traída a colación de la serie de novelas sobre Tom Ripley  de Patricia Highsmith y la película de Win Wenders El amigo americano y que se enunciaría así: “toda vida es, afortunadamente, un proceso de demolición de la identidad” [pág 222] y, de otro lado, la idea de que es la sociedad –pero no la sociología como algunos han interpretado erróneamente- la que da la regla al arte, lo que vendría a ratificar los “atentados simbólicos” de Pierre Bourdieu (y, tal vez de aquí proceda el error de análisis de algunos críticos) y aquello que decía Terry Eagleton de que la estética ha venido a ser la ideología de una época sin ideología y que, por lo tanto, sustituiría a la política, por causa de que “el pulso de la historia y el peso de la economía política se han ido desplazando paulatinamente desde el terreno del entendimiento hacia el de la sensibilidad” [pág 102].

En otras palabras, que “la sociedad que da la regla al arte contemporáneo no es la sociedad de los sociólogos […] sino la que los agentes sociales llevamos […] incorporada en nuestra conducta y la que, sin tener conciencia de que lo hacemos, legitimamos con cada uno de nuestros comportamientos” [pág 99].

No son de menor interés, claro, los textos dedicados al artista Amorós Torres, al dibujante El Roto, la pieza sobre la instalación La jaula de los pájaros (2002) de Eva Lootz, el texto sobre Ubay Murillo o, por ejemplo, el panegírico sobre Ramón Gaya, el artista que no siendo (ni queriendo serlo) vanguardista, rompió con la distinción –vanguardista- de arte y vida.

No obstante, vistos así fuera de su contexto, la correcta recepción de estos textos se torna algo dificultosa. Tampoco ayuda la confusión de ver en el índice final anexados diecisiete textos y comprobar que el volumen sólo incluye quince (uno de ellos –éste– incrustado –sin indicación- al final del ensayo “Cómo se llega a ser artista contemporáneo” [págs 93-105], y este otro no presentado como tal en ningún lugar sino como pedazos recauchutados en ensayos como, quizás, “Debilidad y transparencia” [págs 81-93]).

A pesar de (o gracias a) todo ello, igual que la mítica frase que cierra “esa película bastante antipática” [pág 229]  Crash de David Cronemberg (de la que Pardo nos hace un felicísimo análisis) que habla de la falta de la autenticidad irremediable de la vida, se queda este crítico diciendo en alto –sólo para sí- “Quizá la próxima vez”.

Y es que, como bien sabía Spinoza,” la pregunta por el sentido, la finalidad o el propósito de las cosas no tiene fin” [pág 259].

Así este libro: afortunadamente inconcluso.

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 José Luís Pardo. Estética de lo peor. Eds. Barataria & Pasos Perdidos. Barcelona. 2011.

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[1] I. Lech. De lo sólido a lo etéreo. El País / Babelia. 21-05-2011.

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