Acciones testamentarias

Hay algunas ocasiones en las que el buen juicio le dice a uno que se ha de hacer testamento.

Pero no por la razón de la dimisión o el abandono, sino justamente por lo contrario.

Es una cuestión de amor.

Lo dice Rilke en su propio El testamento (Alianza, 2003) al afirmar que:

“el arte es la pasión de la totalidad” [1].

Dar pues cuenta del más íntimo posicionamiento respecto a la obra de uno, la verdad del asunto, por decirlo en términos llanos, esa que la prensa cultural se ocupa en desdibujar, perfilar en contornos superficiales o acaso maquillar con los mejores y más efectivos eslóganes de venta.

Decía Julían Marías en un viejo artículo del ABC de diciembre de 1998 [2] que:

“La intelección es lo más parecido a la aprehensión física con las manos”.

Eso, pues: dibujar la propia obra con las manos. Como si fuese una escultura. Un solo homo faber contra la tecnocracia actual del (falso) pensamiento. Llenarse las manos de barro, sufrir las callosidades impuestas por el acero de la escritura.

Eso pienso que debería ser la tarea pendiente. Hoy.

“No parece inteligente vivir por debajo de uno mismo” [3] finalizaba Marías su artículo.

Pero así parece que se nos haya vuelto la realidad, un lugar donde resulta capital que uno no exprese bajo ningún concepto la hondura del pensamiento de su obra, sino que se dedique a la somera delimitación de los contornos de su propuesta.

Por no molestar, se nos dice.

Somos muchos, así que no queda sino un pequeño lema para cada cual, un titular que llene los pocos segundos que quedan entre el anuncio de una caída bursátil y el último desfile de lencería interior para novias modernas.

Pero, sin embargo, nos vemos sobrepasados por la saturada repetición de esos contornos, del perímetro del fracaso que siquiera intentaron los artistas más promocionados y que dejaron en bosquejo de líneas difusas.

Por no molestar.

Así, esos titulares quedan lastrados, aun cuando pretenden ejercer la función mágica de sonido simbólico, y entonces cuando tratan de iluminar nos ciegan. Porque esas dos líneas del titular no nos sirven más que como retahíla de fonemas que trabajan de sonsonete para el recuerdo del autor, del nombre, no de la intensidad sorda de su obra, sino, muy al contrario, para demorarse en la persistencia de un nombre baldío, de naturaleza corporativa y empresarial (siendo el artista portavoz del holding de empresas que es él mismo).

Contestaba ya en 1921 Rainer María Rilke al dilema:

“No puedo desprenderme de mí” [4].

Y así debería ser, no hay nada malo en ello.

Lo contrario, además, es terrible.

Sólo que ese no desprenderse de uno mismo al que se refiere Rilke no es precisamente la consistencia de un nombre y el avance de la publicidad de dos o tres eslóganes disfrazados de ingeniosos aforismos.

Con ello, por el contrario, Rilke se refería al hecho de sublevarse “cada día contra la prepotencia de todos” [5], que el trabajo se convierta en “una apasionada sumisión al objeto que [nos] ocupa” [6] y sentir inevitablemente la peor pérdida, la de “haber perdido algo desconocido, inextricable” [7], no dejarnos mecer por los vaivenes traicioneros de la “vida consolada” [8].

A este respecto, decía Carlos Barral en algún sitio que:

“la posesión de pasado es la única forma posible de apropiación del tiempo” [9].

Ese pasado, que somos nosotros.

Porque, continuaba Barral:

“la llamada vida moderna dispersa los objetos […] disipa la atmósfera de permanencia […] y si bien produce gran cantidad de documentos, fotografías, películas y más raramente escritos, lo hace a un ritmo que no permite atesorarlos y los despoja de solemnidad y vigencia” [10].

El único modo de atajar tal velocidad es a través de la mortaja amatoria, yendo con Rimbaud, en esa acción suicida de:

“lanzarse de una vez contra el lenguaje y sacudirlo con el corazón desenfrenado, hasta que se volviera divinamente “inutilizable” por un momento…. y luego seguir caminando, no mirar atrás, ser un comerciante” [11].

Constituirse, en fin, uno mismo en pasado, y ser así memoria, objeto, y pasar a otra cosa.

Que toda obra aspire necesariamente a ser –de inmediato- pasado, que guarde un cacho muerto del artista.

Sea esa nuestra máxima, para que acudan a los ojos de nuestros lectores lágrimas de gratitud y que dejen evidencia del gozo espiritual que ojalá sintieron.

Hacer de nosotros aquello que Juan Ferraté dijo de Jaime Gil de Biedma, pues que se:

”desolidari[zó] de sus compañeros, para quedarse solo consigo mismo” [12].

Que nuestra obra, a fuerza de matarnos, nos socorra, sirviéndonos de extremaunción y legado, de oración fúnebre final en la que nuestras experiencias cotidianas arruinadas por las sucesivas derrotas queden perfectamente reflejadas.

En fin, que todo nuestro “trabajo [sea] amor” [13], para que –como bien nos dijo Guillermo Carnero– podamos así:

“aprende[r] de la piedad que desciende en la lluvia, / la humedad y el olvido con que arrasa el torrente / la herida de los cauces y el sello de los pasos” [14].

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[1], [4]-[8], [11] & [13] Rainer María Rilke. El testamento. Traducción de Feliú Formosa. Ed. Alianza. Madrid. 2003. [págs 63, 141,  51,  107, 123, 125, 121 & 81]

[2] & [3] Miguel Marías. “Pensar y escribir”. Incluido en Entre dos siglos. Ed. Alianza. Madrid. 2002. [pág 107 & 110]

[9] & [10] Carlos Barral. “La cantidad de pasado”, incluido en Observaciones a la mina de plomo. Ed. Lumen. Barcelona. 2002. [págs 33 & 34].

[12] Juan Ferraté. “A favor de Jaime Gil de Biedma”, incluido en Jaime Gil de Biedma (Cartas y artículos). Ed. Acantilado. Barcelona. 2009. [pág 213].

[14] Guillermo Carnero. “Ojos azules”, incluido en Verano inglés. Ed. Tusquets. Barcelona. 2ª edición. Noviembre de 2000. [pág 43].

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