Días de diario

En estos días postreros de silencio me he dedicado a leer Días de diario, un menudo librito de Antonio Muñoz Molina y que recoge anotaciones fechadas entre el 10 de Julio y el 11 de Noviembre de 2011, justo cuando éste se hallaba enfrascado en la escritura de su novela El viento de la luna (2006) y sus días se repartían entre Madrid y Nueva York.

El librito es breve (apenas 63 páginas incluido el prólogo de Pere Gimferrer), uno de esos así llamados Únicos que viene sacando la editorial Seix Barral en edición limitada (aunque no numerada, lo que le resta autenticidad al aserto) desde hace ya algunos años.

El que nos ocupa se publicó en marzo de 2007.

El resumen más claro de todo el diario y quizá lo que me ha mantenido a mí más apegado a él en estos días míos también de diario (no de escritura diarística, sino de vida del día a día) es su declaración del 27 de Julio, donde dice con satisfacción y orgullo:

“Vida plena de literatura” [pág 13].

Esa vida es a la que uno aspira, una vida en la que hasta las menudencias más insignificantes sean vistas a la luz de la literatura. Y no solo eso, sino conseguir que nada trabaje en contra de la literatura; o sea, todas esas otras obligaciones que nos apartan del trabajo literario, todos esos penosos trabajos con que la vida trata de jodernos la paciencia…  Aunque después, la felicidad de saberse liberado de tales demandas impuestas por la lógica económica del mundo se vive como un chisporroteo de libertad ganada a pulso, con sudores, calambres y desvelos.

Así me siento yo ya hoy, por fin, igual que Muñoz Molina al abandonar el Instituto Cervantes de Nueva York, cuando dice:

“Viernes por la tarde, cansancio y dulce expectación del fin de semana. La mejor parte del fin de semana es la sensación de tiempo sabroso e intocado que se tiene al salir del trabajo la tarde del viernes” [pág 40].

Así para mi también, ya hoy, después de una semana en la que prácticamente no he tenido un segundo para nada más que para ocuparme de los imperativos de la vida ordinaria.

Entonces, por fin puedo sentarme frente al ordenador, listos los cigarrillos cálidos, humeante el café recién hecho, dispuesto para eso que dice Pere Gimferrer de que se dé

“el cuerpo a cuerpo de un escritor con su texto, y, en él, con su vida” [pág X].

Y mi vida ahora yace en este escritorio, donde no queda otra más que enfrentarse a ese

“momento del miedo, el de empezar a escribir y sentirse sin fuerzas para hacerlo, sin inspiración, con un abatimiento que no parece posible vencer” [pág 60].

Es el momento que hay que salvar siempre, nos dice Muñoz Molina.

Y así lo espero yo también, pues, y que el fin de semana se nos presente fructífero, que sean provechosas las horas y me sea dado asistir a ese magnífico vértigo de ver cómo

“crecen las páginas del libro al mismo ritmo que disminuyen los días que tengo por delante” [pág 23].

Quede dicho, pues.

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 Antonio Muñoz Molina. Días de Diario. Prólogo de Pere Gimferrer. Ed. Seix Barral. Barcelona. Marzo de 2007.

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