Azares

Barajo una serie de libros que tengo sobre el escritorio y me doy de bruces contra esto:

“Todo artista tiene una parte oscura. Crear no sólo implica dualidad, sino también duplicidad”

Pertenece al último libro de aforismos de Ramón Andrés Los extremos (Lumen, 2011).

Y sigo barajando entre los libros del escritorio y encuentro todavía más cosas. Un verso que dice así:

“Siento la suavidad de las palabras olvidadas”

Es de Antonio Gamoneda, del Libro del frío (Siruela, 2009).

Y, después de esto, sencillamente me quedo mirando la luz reflectante del flexo y trato de que la vista se me trastorne.

Trato de quedarme olvidado en esa suavidad, en esa duplicidad de mí mismo.

Observando, no más.

Gozando las chiribitas de la luz, deleitándome con el fresco inmóvil que me ofrece la pantalla del ordenador, en esa “telepresencia que deslocaliza el cuerpo” de la que hablaba Paul Virilio.

Trato de dejar de ser cuerpo y desplazarme en el habitar de lo inmenso, en esa instantáneidad que tiende a la disolución de los trayectos, pero la mayor certeza es que me entran ganas de fumar y de ese intento de desaparición vuelvo raudo a mi escritorio, pues me muero de ganas de fumar.

Y fumo, claro.

Enciendo una retrógrada cerrilla y vuelvo al Libro del frío de Gamoneda.

En la página 85 encuentro el siguiente verso:

“ah, la pureza de los cuchillos abandonados”.

Y me enciendo, y no por el dulzor crematístico del cigarrillo ni por la flama fugaz de la cerilla, sino por el ardor del tropo.

Entonces vuelvo al libro de Ramón Andrés, que dice en la página 63:

“Tengámonos en cuenta, pero no seamos el único argumento. Lo contrario es un acto desesperado-y fallido- por salirse del lenguaje”.

Argumentos, pienso, sí.

Y no sé por qué pero me acuerdo de una de esas obras idiotas de Julian Opie.

 

 

Guitarras como argumentos, cuerdas rotas igual que tristes cuchillos abandonados.

No sé, pienso en esto; sin demasiada obstinación, es cierto.

Y ello no me produce ninguna certeza sino aún más dudas.

Así que sigo buscando entre los libros de mi escritorio, por ver qué me trae el azar.

Me fijo en uno de Michael Benton, se llama Literary Biography: an introduction (Wiley-Blackwell, 2009).

Hablando de dualismo, Benton, al referirse a la biografía, dice que ésta es un híbrido, que “consiste en los hechos verificables de la historia atravesados por las convenciones de la narrativa” [pág 35]

Mientras pienso en la mencionada disyuntiva, me doy a mi momento de repudia (mi momento spleen) y canto una melodía que me encandila “I don´t wanna go to the party“, mi canción preferida de Dan Sartain:

 

 

Después de dar unos gritos felices al viento sórdido de la madrugada retorno al libro de Benton, quien en un momento determinado se da a hablar de Joyce.

Y pienso que se habla muy poco de Joyce y demasiado de ingentes tonterías, de mequetrefes, de autores muy muy menores; y quiero hablar de Joyce, leer a Joyce, saber de Joyce.

Al azar, de nuevo, echo el ojo en una página, la 145, y dice Benton:

“One feature which Joyce shares with Woodsworth is the sensory power to evoke childhood experiences […] it is this retrospective play of mind on the formative memories that provides the substance of his autobiographical fiction”

Entonces pienso en los azares de la infancia y en su fatalidad.

Y el libro de Gamoneda da un pequeño brinco en mi escritorio (espoleado por la torpeza de mis manos nerviosas) y así en la página 139 hallo un verso que viene a ponerlo todo en su sitio.

Dice:

“Esto era el destino:

llegar al borde y tener miedo de la quietud del agua”

El miedo a la quietud el agua, pienso… El miedo a la quietud del agua.

El miedo a la quietud del agua, me digo, el temor máximo de todo aquel que quiere dejarse dominar por el azar es ese: el miedo a la quietud del agua, un miedo provecto, sibilino y tan obvio de puro cristalino.

Y me enciendo otro cigarrillo, con una fugaz cerilla punzante y me regodeo en la inacción de los jugos de la madrugada, tan calmos ellos.

No me apena el reposo, reflexiono, sino que más bien calma mi ira.

Y grito, una vez más: I don´t wanna go to the party.

Así que, mejor vayan sabiéndolo, no me esperen, que no voy a ir.

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